jueves, 7 de marzo de 2013

Hugo Chávez, intelectual de Nuestra América




La desaparición física del Presidente de la República Bolivariana de Venezuela, Hugo Chávez Frías, deja un vacío muy difícil de llenar. Miles de militantes populares latinoamericanos forjados en décadas de luchas, volvieron a entusiasmarse y se sintieron reconvocados en una gesta emancipadora de los nuevos tiempos. Otros tantos, más jóvenes, se sumaron e hicieron sus primeras experiencias con el estímulo de las banderas bolivarianas. En nuestra Argentina, la simpatía hacia esa figura gallarda y disonante con las voces tradicionales del conservadurismo, creció rápidamente. Y el entronque fraterno y fecundo con la experiencia que inicia Néstor Kirchner en 2003 potenció esa simpatía, que pronto se trocó en conciencia latinoamericanista. Hugo Chávez fue digno exponente de la mejor tradición de patriotas y revolucionarios latinoamericanos, allí encontró las fuentes más importantes (aunque no exclusivas) del pensamiento rector de su acción política. Abrió la puerta, sin olvidar la herencia de luchas populares antineoliberales de los años previos, al cambio de época que mentara el Presidente de la hermana República de Ecuador, Rafael Correa. En estas horas aciagas, son muchos los compañeros y compañeras que en los distintos países de Nuestra América y el mundo recuerdan con sus palabras al extraordinario líder que acaba de partir. Se destaca en dichos homenajes su rol fundamental y precursor en la construcción de un escenario posneoliberal sudamericano, su protagonismo junto a Néstor Kirchner en el hundimiento del proyecto neoimperial del ALCA, su mirada estratégica sobre el proceso de integración regional, su liderazgo democrático en su patria de nacimiento, su voluntad de empoderar a los humildes y desposeídos, su oratoria encendida, deslumbrante (e incansable) llena de referencias librescas pero plenas de singular vitalidad y de correspondencia con nuestra hora histórica, la revitalización del ideal socialista que suscitó con su llamado al “Socialismo del Siglo XXI”. Todo esto contribuye al conocimiento del extraordinario político que fue Hugo Chávez Frías. Pero también se rescata en las palabras de varios compañeros que escriben en estos días, la estatura y rol intelectual de Hugo Chávez. Una buena muestra es el excelente artículo que publica el Director de la Biblioteca Nacional, Horacio Gónzalez, en la edición de Página /12 del pasado 6 de marzo. Las líneas que siguen, sin presunción de originalidad y solo como emocionado homenaje al patriota que perdimos, van por esa huella.
Desde que empieza a conocerse la obra de Antonio Gramsci, producida en su penoso cautiverio en la cárcel del fascismo, sabemos que el “intelectual” no es solo el especialista en una determinada rama del saber, sino que es aquel que contribuye a la recreación y difusión de una concepción del mundo, de un horizonte de sentidos que remite (a través de variadas mediaciones) a intereses sociales concretos. El intelectual orgánico representa a un determinado bloque social que busca conservar o transformar un determinado “equilibrio” socialpolítico, que construye una visión con vocación de hegemonía. Por lo tanto, el concepto de intelectual no se agota en la referencia al estamento de los letrados, sino que apunta a un rol social en la crítica de lo existente y en la construcción de nuevos horizontes hegemónicos. En la tradición de patriotas latinoamericanos que Hugo Chávez conocía al dedillo y amaba (empezando por su irremplazable Simón Bolívar) ese rol intelectual emancipador fue encarnado muchas veces por líderes y políticos revolucionarios. Mencionemos solo a José Martí. En una introducción que Roberto Fernández Retamar hace al Nuestra América de Martí, se destaca las múltiples “funciones” y roles que cumplió el héroe cubano José Martí: maestro, periodista, organizador político, luchador alzado en armas, poeta. Todos estos roles se integraban y fundían en una praxis emancipadora (unidad de pensamiento y acción) que guió los pasos de Martí; y justamente el escrito Nuestra América es una acabada expresión de esa tarea intelectual eminentemente política que quería entroncar con actores sociales concretos (populares) mientras cuestionaba radicalmente también muy concretos intereses (oligárquicos y neoimperiales). En esa voluntad libertaria (y también en el estilo expresivo muchas veces) hay una clarísima ligazón entre José Martí y Hugo Chávez. Ligazón cultivada por esmero por Chávez en su afán de lecturas que contuvieran experiencias emancipadoras, en su aporte deliberado y conciente a la construcción de una tradición político-intelectual latinoamericanista, en su respeto sacrosanto, religioso casi, a todos los héroes de la América Latina plebeya, oscura, emancipadora, revolucionaria. Justamente, en ese aporte de Chávez a la reconstrucción de una genealogía del pensamiento nacional-popular latinoamericanista, es claramente apreciable una de las facetas de su rol intelectual. Aquí no se trata tanto de una originalidad de Chávez (esa explícita tradición nacional-popular fue cincelada por muchos otros, empezando por el propio José Martí) como de su insistencia y versatilidad para referir a ella e instalarla como horizonte de sentido, tanto ante audiencias populares como en aquellos foros donde hacía gala de bravura frente a los poderosos del mundo.
Cuánto hizo Chávez para que el paradigma de la integración de resonancias economicistas, se complementase en esa etapa histórica y dejase su “puesto de mando” al paradigma de la unión. Incansable promotor de la integración económica y de la construcción de una infraestructura sudamericana, Chávez defendía empero un ideario en el cual la política, la cultura y el patrimonio de luchas emancipadoras y liberacionistas no eran un factor inerte ni un elemente decorativo del drama histórico, sino factores activos y basamentos de una mirada potencialmente hegemónica. En ese camino, no temía ir más allá, y proponer escenarios audaces de proyección global. En ese punto, martiano finalmente, Chávez sabía y decía que la unión de Nuestra América era una pieza esencial en el “equilibrio aún vacilante del mundo” como dijera Martí en una carta, al referirse a la geopolítica del imperio del Norte y su proyección sobre estas tierras del Sur en los finales del siglo XIX. Apreciamos en Chávez una mirada nacional, en proyección latinoamericanista, y de allí el salto a imaginar una globalidad diferente y superior a la imperialista (coincidiendo con la secuencia pensada por Jauretche para su posición nacional). Hugo Chávez fue ferviente y persuasivo defensor de esa mirada, que si remitía en sus fuentes a la tradición nacional-popular y a la matriz bolivariana de “la Patria es la América”, coincidía y se nutría también de los movimientos sociales y pensamientos contestatarios críticos de la globalización neoliberal contemporánea. También de las experiencias socialistas del siglo XX, especialmente la cubana, de los internacionalismos ligados a ese ideal; y de allí la consigna del Socialismo del Siglo XXI, nacida de meditaciones críticas que se alimentaron de lecturas y seguramente de conversaciones con otro de los héroes de Nuestra América: Fidel Castro.
En esa audacia del pensamiento que quiere ir más allá, que se tensiona y combina (combinación siempre nueva, siempre original y digámoslo siempre azarosa en cada circunstancia) con la apreciación del momento y la coyuntura que siempre distingue a los grandes políticos, Hugo Chávez no temió ser desmedido, como la voz de un profeta. Y si eso podría llevar a pensar en una postura mesiánica, digamos que en Chávez primaba más bien un profundo utopismo: la convicción de que los pueblos eran los grandes protagonistas; “darle poder a los pobres” dijo en alguna oportunidad. Si en su mirada la referencia a los grandes revolucionarios no faltaba nunca, tampoco faltaba la apelación a “los de abajo”, a los humildes, y la voluntad concreta (azarosa también e inevitablemente atravesada por las grandes contradicciones de ésta, nuestra etapa histórica) de estimular formas de poder popular. Allí otra de las herejías políticas e intelectuales de Chávez: la unión de América Latina debía construirse desde abajo. Y si la integración socioeconómica regional no podía desdeñarse (e incluso ser dominante en coyunturas precisas) el horizonte estaba en la política y las culturas de los pueblos. Chávez fue un pensador y un arquitecto de la hegemonía de los pueblos (tomando la expresión de un librito del mexicano Pablo González Casanova de los años ´80). Allí está la médula del rol intelectual del héroe que se nos fue, y una de las claves de la hora que histórica que vivimos apasionadamente.

Germán Ibañez