viernes, 20 de septiembre de 2019

Marx e Irlanda: reflexiones sobre el colonialismo


En fecha reciente, el vicepresidente del Estado boliviano, Álvaro García Linera, presentó un volumen con escritos inéditos de Marx reunidos bajo el título de Colonialismo. El propio García Linera aclaró que, en rigor de verdad, son anotaciones y comentarios de Marx; no se trata de artículos u otros escritos terminados que hubieran quedado sin publicar. Es decir, se trata de un material de interés para los investigadores, y los lectores con curiosidad por conocer un poco más la trastienda del pensamiento de Marx. Lo que sí queda claro es que futuras investigaciones sobre las opiniones de Marx acerca del colonialismo y la llamada “cuestión nacional” podrán sacar provecho del importante cúmulo de escritos suyos que han permanecido inéditos o que tuvieron limitadísima circulación. Con los textos ya publicados y de amplio acceso, se han producido, a lo largo de las décadas, numerosos abordajes, tanto en quienes se acercaron a la obra de Marx con un interés primordialmente intelectual, como por parte de los movimientos políticos inspirados en el ideal socialista. También por referentes de los movimientos de liberación nacional en Asia, África y América Latina.
En las aproximaciones a Marx directamente relacionadas a la política, han incidido los avatares de procesos históricos concretos, especialmente la Revolución Rusa de 1917, que permitió la irradiación posterior del pensamiento de Lenin acerca de la cuestión nacional. Otros enfoques, como el llamado “austro-marxismo” de Otto Bauer, tuvieron una mucha más limitada circulación. Evidentemente, el éxito de un proceso revolucionario es lo que ha condicionado el prestigio de las elaboraciones ideológicas vinculadas a esas historias concretas. No se trata, de todas formas, de una fatalidad insalvable. Piénsese por ejemplo en la operación político-intelectual del comunismo italiano de la inmediata segunda posguerra, que permitió dar a conocer el pensamiento de Antonio Gramsci.
Otra cuestión que ha impactado en los estudios sobre la cuestión colonial en Marx es el desigual acceso a sus escritos a lo largo del tiempo. García Linera reseñó, en su presentación, este problema en lo referido a Latinoamérica en el siglo XX, y la azarosa circulación de ediciones de Marx en castellano. Con el tiempo se fue engrosando la magnitud del material impreso que circulaba a disposición de los lectores, pero, en lo referido al problema del colonialismo y la cuestión nacional, quedaron en pie dos dificultades también mencionadas por García Linera. La primera es que clarísimamente la cuestión del colonialismo no constituyó la preocupación más presente en la obra de Marx, y se hace necesario rastrear las alusiones al tema en diferentes pasajes de los escritos más conocidos, en artículos, en la correspondencia, en referencias incidentales, etc. Cierto es, de todas formas, que las investigaciones acerca de la obra cumbre de Marx, El Capital, fueron poniendo de relieve la importancia que su autor le asignaba a la explotación colonial en el ascenso de la civilización capitalista. 
La otra dificultad es que, evidentemente, a lo largo de la evolución intelectual de Marx, fue cambiando su conocimiento y opiniones sobre el colonialismo y problemas conexos a él. La sacralización del pensamiento de Marx en el siglo XX y el aleatorio acceso a sus escritos condujeron a más de un equívoco. Muy especialmente a “congelar” la mirada de Marx sobre esos problemas en las opiniones laudatorias que él formuló sobre la rapiña estadounidense al territorio mexicano, o sus artículos de la década de 1850 acerca de la colonización británica en la India. En esos artículos justifica la expansión capitalista como una fatalidad necesaria que, al impulsar el desarrollo de las fuerzas productivas, crea las condiciones para un ulterior paso a formas sociales más elevadas. La conquista británica tendría así una función destructora de la vieja sociedad india, con todas las calamidades asociadas a esa destrucción, pero también regeneradora en cuanto impulsaba la transformación capitalista. Sin embargo, no puede decirse que la mirada de Marx haya quedado fijada en esos artículos. Con el tiempo se conocieron sus preocupaciones de los últimos años, acerca de la posibilidad de una transición directa de la comunidad campesina al socialismo en Rusia, sin la necesidad de pasar por el sacrificio social inherente a la transformación capitalista. La reflexión sobre una “periferia” (como era la Rusia del siglo XIX) del área medular del sistema capitalista mundial, y sobre la posibilidad de diferentes vías de evolución social, tiene una evidente relación con la cuestión del colonialismo. Manifiestamente, sobre estos asuntos, resultarán de gran importancia aquellos tramos poco conocidos de la obra de Marx, y la publicación del ingente cuerpo de su escritura inédita. Puesto que su pensamiento estaba en evolución sobre estos tópicos, puede presumirse que se hallarán indicios de ello en lo que permanece no publicado. También parece evidente la necesidad de un relevamiento de los escritos de Engels, dada la estrecha comunión intelectual de ambos pensadores.
Esta referencia a Engels es oportuna para reseñar brevemente una preocupación compartida por Marx: la cuestión de Irlanda. En el análisis de la lucha nacionalista irlandesa puede advertirse, hacia la década de 1870, una maduración de la mirada sobre el colonialismo, contrastante en cierta forma con las opiniones que Marx vertiera en artículos periodísticos de la década de 1850. La importancia de esas referencias a Irlanda, presentes en la Correspondencia de Marx o reproducidas en volúmenes que compilan escritos que aluden al colonialismo (como los publicados por la Editorial Progreso), han sido destacadas, justificadamente, por diversos analistas. Una buena aproximación puede encontrarse en las páginas que le dedica al tema Jorge Enea Spilimbergo en su libro La cuestión nacional en Marx.
Alrededor de 1870, Marx y Engels corrigen y reelaboran sus opiniones sobre la cuestión irlandesa en informes y cartas. El movimiento nacional irlandés era, para cualquier observador europeo atento de aquellos años, un asunto candente. Es importante tener en cuenta que, para Marx, el grado de progresividad histórica que representan las luchas nacionales concretas son la clave de su legitimidad. Es decir, que no hay una valoración universal ni una reivindicación de todos ellos. No estamos aún frente a la legitimación principista de la autodeterminación de las naciones que encontraremos, décadas después, en Lenin. Así, si ciertas luchas merecían su especial atención como era el caso irlandés o el de Polonia, no sucedía lo mismo con otras. Funcionaba para Marx y Engels el “principio del umbral” que Eric Hobsbawm reseñaría al estudiar el movimiento de las nacionalidades decimonónico (Naciones y nacionalismo desde 1780). Evidentemente, la cuestión nacional y colonial asumía relevancia a los ojos de Marx y Engels en relación a la expansión capitalista y no a la afirmación culturalista o identitaria.
 Pero lo interesante de su análisis de la experiencia irlandesa está en la vinculación entre la lucha anticolonialista y las perspectivas emancipatorias en los centros capitalistas. Por eso dijimos que estas reflexiones parecen la contracara de los artículos sobre la colonización británica en la India. Si en esps artículos el despliegue inclemente de la expansión capitalista de los centros sobre las periferias habilita el progreso histórico, en las referencias posteriores a la cuestión irlandesa es la revolución nacional y anticolonial la que incide en el desbloqueo del cambio social en las metrópolis. Está aquí en germen la perspectiva luego desarrollada por Lenin del eslabón débil del sistema.
En un informe de 1870, Marx señala que Irlanda es el baluarte del “landlordismo” inglés, piedra angular de la dominación capitalista británica, y que allí hay que buscar la explicación del quietismo social en Inglaterra. Por el contrario, la lucha es potencialmente más revolucionaria en Irlanda por la concentración de la propiedad de la tierra y por la existencia de una cuestión nacional. Es decir, por la sujeción a Inglaterra, cada vez más cuestionada por importantes contingentes de la población irlandesa. En tanto que la estabilidad en Inglaterra está dada por la explotación sobre la economía irlandesa y por la propia división de la clase obrera residente en la isla británica. Con la inmigración de trabajadores irlandeses, la burguesía británica se provee de mano de obra barata y además divide a la clase obrera en dos facciones “nacionales” hostiles. El obrero inglés por un lado, que ve en el inmigrante irlandés a un competidor desleal que baja su salario. El trabajador irlandés por el otro, que percibe en el proletario inglés a un cómplice de la opresión nacional sobre su país de origen. Al mismo tiempo, la agitación independentista irlandesa es utilizada por los británicos como pretexto para mantener un gran ejército permanente.
Ahora bien, la dominación sobre la periferia es también la inhibición de las fuerzas transformadoras en la propia metrópoli: “El pueblo que subyuga a otro pueblo forja sus propias cadenas”. Parece resonar el alegato del Inca Yupanqui en las Cortes convocadas en España en 1812: “un pueblo que oprime a otro no merece ser libre”. A su turno, José Martí formulará expresiones parecidas. Pero Marx se refiere más específicamente a la división en la clase obrera en la metrópoli, y la necesidad de subsanar esa cuestión. Por eso, a su juicio, el programa de la Asociación Internacional debía asumir la causa de la libertad de Irlanda: golpear el reaseguro de la burguesía británica como condición imprescindible para la liberación de la clase obrera inglesa.
Insistirá de diversos modos en esa idea. En carta a Sigfrido Meyer y a Augusto Vogt en abril de 1870 afirmará que la caída de la dominación inglesa en Irlanda creará las condiciones simultáneas para la revolución campesina irlandesa y la lucha obrera en Inglaterra. Esto pone de relieve al problema agrario y la lucha campesina como forma primordial de la cuestión social en Irlanda. Queda ahí latente una vía de reflexión sobre las luchas campesinas, a las que tanto Marx como Engels prestaron atención en otros escritos (en su momento habían criticado a los fenianos irlandeses por las formas “conspirativas” de lucha y no recurrir a la lucha de masas). Irlanda es la periferia rural y al mismo tiempo, provee de mano de obra barata a la industria metropolitana. Inglaterra era, a ojos de Marx, el centro indudable del capitalismo, y por lo tanto donde podían verificarse las tendencias transformadoras más profundas. Pero para acelerar la revolución en ella, no había otra alternativa que la revolución en la periferia. En este caso: la independencia de Irlanda. De acuerdo con ese diagnóstico, la revolución irlandesa era relevante en términos estratégicos, más allá de simpatías o solidaridades: “La tarea especial del Concejo Central de Londres [de la Internacional] es despertar en la clase obrera inglesa la conciencia de que la emancipación nacional de Irlanda no es para ella una cuestión abstracta de justicia o filantropía sino la primera condición de su propia emancipación social”.
Esos pasajes sobre la revolución irlandesa son claros indicios de los matices y dimensiones que en el pensamiento de Marx asumía la cuestión del colonialismo. Y de una búsqueda que no había cesado. Hay que correlacionarlos con escritos más tempranos, con su análisis de la acumulación primitiva del capital y la expoliación colonial, con sus indagaciones acerca de diversas vías de evolución de las sociedades. Aquello de su escritura que aún permanece inédito en castellano, o es de difícil acceso, puede contribuir a echar luz sobre estos temas.

Germán Ibañez

martes, 10 de septiembre de 2019

El nacionalismo democrático popular de Manuel Ortiz Pereyra


Se recuerda en ocasiones al dirigente yrigoyenista Manuel Ortiz Pereyra como uno de los precursores de FORJA, el agrupamiento antiimperialista de la década de 1930 liderado por Arturo Jauretche. Una excelente aproximación a su pensamiento es el libro que le dedica Norberto Galasso, Testimonios del precursor de FORJA: Manuel Ortiz Pereyra, editado originalmente por el CEAL en los años ‘80 (hay edición más reciente de Edulp, 2006). En efecto, hay una clara afinidad entre los postulados de Ortiz Pereyra, y las ideas luego desarrolladas por Arturo Jauretche, cimentadas en la común militancia yrigoyenista y en una posición que aunaba nacionalismo con democracia y justicia social. Son esos ejes político-ideológicos los que permiten recortar nítidamente los contornos de un nacionalismo popular en la Argentina de las primeras décadas del siglo XX, contrapuesto a otras vertientes también denominadas nacionalistas, pero caracterizadas por un contenido claramente conservador. Juan José Hernández Arregui se ocupa de esos nacionalismos de derecha en un capítulo entero de su libro La formación de la conciencia nacional, deslindándolo del nacionalismo popular forjista, aunque les reconoce aportes relevantes en campos como el revisionismo histórico, especialmente a partir de 1933. Por otra parte, el acercamiento entre socialismo y nación, como el que promovía por aquellos mismos años Manuel Ugarte, nos da otra pista de preocupaciones similares a las que animaban al incipiente nacionalismo popular.
Una rápida ojeada al contexto latinoamericano de la época nos muestra la progresiva eclosión del fenómeno del nacionalismo popular, muy especialmente en México desde la Revolución de 1910. Tampoco pueden olvidarse los cruces entre marxismo y nacionalismo, como los que se verificarían con la polémica político-intelectual que sostuvieron en los años ‘20 los peruanos José Carlos Mariátegui y Víctor Raúl Haya de la Torre, o entre éste último y el cubano Julio Mella. Las aleaciones ideológicas eran variadas como diferentes las circunstancias nacionales de aquellos países: indigenismo, socialismo, agrarismo. Pero hay rasgos que comienzan a caracterizar al conjunto, hacia las décadas de 1920-1930: la centralidad de la economía, el filo antiimperialismo, la presencia del “pueblo” como sujeto. En esas coordenadas hay que ubicar el pensamiento de Manuel Ortiz Pereyra.
Cuando se señala la filiación yrigoyenista de Ortiz Pereyra y de Jauretche, queda en evidencia una raíz del nacionalismo popular argentino: el liberalismo nacional, vertiente claramente diferenciada de la corriente hegemónica del liberalismo argentino, de cuño oligárquico. Esa contraposición no resultaba inadvertida para los protagonistas, y otra figura eminente, Raúl Scalabrini Ortiz, quiso dar cuenta de ella con la fórmula de “las dos rutas de Mayo”. Una vía es encarnada por Bernardino Rivadavia, y desemboca en los constructores del Estado oligárquico; la otra vía es la del liberalismo jacobino de Mariano Moreno, que Scalabrini Ortiz reconoce como antecedente del nacionalismo popular. De manera más inmediata, la raíz yrigoyenista vinculaba a ese nacionalismo con el ascenso democrático de las masas; es decir con la experiencia de los movimientos nacionales que, de una manera u otra, cuestionaban el orden oligárquico.
El movimiento nacional de las primeras décadas del siglo XX no dejaba de estar atravesado por profundas contradicciones (muy especialmente su escasa comprensión de la cuestión obrera o incluso de la importancia de impulsar el crecimiento industrial), pero había contribuido a sentar ciertas bases que habrían de perdurar. Entre ellas: la idea de democracia como soberanía popular, en oposición al republicanismo formal de liberalismo oligárquico; un rol más activo del Estado en la economía; la propiedad pública sobre los recursos estratégicos (YPF); una mayor sensibilidad social, aunque insistimos que en este punto el yrigoyenismo desnudó sus más severas inconsistencias.
En el seno de ese movimiento nacional plebeyo pero aún enfrascado en las claves del liberalismo nacional decimonónico, se destaca por su modernidad antiimperialista Manuel Ortiz Pereyra. Él profundizará en los ejes más arriba señalados, y también compartirá inevitablemente alguna de las inconsistencias del radicalismo de su época
Un elemento clave es su reivindicación de la soberanía popular como una conquista “revolucionaria”, ganada por el radicalismo en los episodios insurreccionales de 1893 y 1905). Es decir, la democracia no desciende de los cielos, legada por los padres fundadores del Estado oligárquico (que no dudaban de la conveniencia de “postergar” la participación ciudadana como establece la formula alberdiana de la República posible). El pueblo es el sujeto de su propia “redención”, término este último caro al radicalismo de entonces, pero que devela una raíz posible del “solo el pueblo salvará al pueblo” de décadas posteriores.
El protagonismo popular no es solo aquel del inmediato presente, sino una recurrente de la historia argentina, piensa Ortiz Pereyra. Pero el estudio de esa historia, le revela otro protagonista, solo que esta vez antagónico a sus ideales de redención nacional: el colonialismo. Manuel Ortiz Pereyra alerta sobre una línea histórica de colonialismo, a contrapelo de una historia “oficial” que establecía la independencia del país, de una vez y para siempre, en 1816. El colonialismo resultó más pertinaz que la simple sujeción a la Corona ibérica: la independencia de España no se tradujo en la emancipación económica y cultural del país. En El SOS de mi pueblo dirá: “Por una circunstancia ocasional de la Historia de Europa, nuestra emancipación política fue un acontecimiento improvisado. La idea y la acción libertadoras surgieron en virtud de que la madre patria zozobraba entre el peligro de ser conquistada por Francia y el desfallecimiento de su reyecía corrupta y sin capacidad para el gobierno de América… Los Gobiernos de la Gran Bretaña nos brindaron el honor de su amistad, ayudándonos a independizarnos de España y asegurándonos nuestra emancipación de cualquier tutela que no fuera la suya, en lo económico”. La subordinación económica a Inglaterra fue desde entonces una realidad, que continuó en la era de la organización nacional y del “progreso” de finales del siglo XIX. Anticipando a Scalabrini Ortiz, Manuel Ortiz Pereyra sindica a los británicos como los verdaderos directores de la vida económica nacional, que orientan en función de sus intereses.
Sin dejar de destacar esa centralidad del fenómeno colonialista en su faceta económica, Ortiz Pereyra llama la atención sobre otra arista del problema: el colonialismo cultural. La economía se asienta en la cultura, y ambas son coloniales. Para denunciar ese colonialismo cultural, Ortiz Pereyra recurre a una prosa popular que es antecesora de la escritura jauretcheana. Así desarrolla la fórmula de los “aforismos sin sentido”, de notoria afinidad con las zonceras criticadas por Jauretche años después. Algunos es esos axiomas eran: “América para la humanidad”, “Debemos ahorrar sobre el hambre y la sed de los argentinos”, “Comprar a quien nos compra”, “El Estado es mal administrador”. Este último se ha resistido a abandonar el imaginario de los argentinos; era tan funesto entonces como ahora.
El desafío de encarar la emancipación económica y cultural suponía atender, simultáneamente, a las dos dimensiones del fenómeno colonialista. Puntualmente, la independencia económica es postulada por Ortiz Pereyra como una “tercera emancipación”. La primera fue la independencia de España; la segunda la democratización del Estado con el yrigoyenismo; la tercera deberá ser la plena emancipación económica del país. Desde ese mirador, el nacionalismo no pasa por la liturgia patriótica, sino por la conquista de la autodeterminación nacional. En su prédica, Ortiz Pereyra denuncia los nudos estratégicos controlados por el capital extranjero: los transportes y la comercialización. A través de esos nudos, el capital extranjero se apropia de una parte del excedente creado por los productores locales. Cuando Ortiz Pereyra piensa en esos productores, identifica a segmentos como los chacareros o incluso los trabajadores, pero no aparece la burguesía industrial. Como sucedía en general con la UCR de esa época, no hay en Ortiz Pereyra una reflexión sistemática sobre la industrialización.
Para cuestionar el colonialismo económico, Ortiz Pereyra recurre en ocasiones a los aforismos sin sentido y al humor, como en la anécdota del “chico de la bicicleta”, que informaba las cotizaciones bursátiles y desnudaba la fachada de solvencia informativa imparcial construida por la prensa de entonces. Y es que el plano de la construcción de sentidos, del imaginario, de la cultura, resultaba esencial. Aquí Ortiz Pereyra propone una verdadera batalla: por un pensamiento científico y una idea “activa” en la construcción del conocimiento. Se trata de una crítica al pensamiento especulativo y a la tradicional cultura de la imitación de cuño oligárquico. El colonialismo cultural se caracterizaba por la aceptación de todo lo europeo como superior a lo americano, y su corolario: el calco y la copia.
En esa lucha, es fundamental el aporte de los artistas e intelectuales. El verdadero artista cumple una alta función social, más allá del simple entretenimiento. En la lucha anticolonial se requiere un intelectual comprometido, y va aquí otra configuración cultural perdurable, que eclosionaría con fuerza mucho después. Dirá: “Cuando la patria se ve invadida por ideas y por capitalistas extranjeros que la sojuzgan, esos intelectuales deben empuñar sus más bruñidas armas para repeler tan enorme agresión. La patria debe gobernarse por si misma en lo económico y en lo cultural, como se gobierna libremente en lo político”. El país colonial, con sus límites, no ofrece, por otro lado, plenas oportunidades de realización para los artistas y escritores, salvo una minoría que logra integrar la superestructura. En ese sentido, hay una identidad sustancial entre desarrollo nacional y cultura nacional. Las alternativas eran de hierro: la inacción (el intelectual como peso muerto) o la vocación política: “En tales condiciones, esos literatos, a secas, resultan un peso muerto para la sociedad. No hacen política a pesar de que la política en una democracia incipiente como la nuestra, sería la más justa aplicación de las nobles actividades de los idealistas”. Más duras son sus palabras para con los intelectuales oligárquicos. A ellos los llama los “descuidistas del pensamiento”: distraen la atención de las personas mientras las empresas extranjeras les vacían los bolsillos.
Tal vez lo más sugerente de esa filiación del nacionalismo popular en la matriz de los grandes movimientos nacionales sea la mirada hacia el propio interior, para echar luz sobre las tensiones internas, las contradicciones. Ortiz Pereyra reconoce la naturaleza socio-histórica del personalismo yrigoyenista: también indaga sobre sus límites. Lejos de la diatriba histórica de la oligarquía contra el “caudillismo”, presunta expresión de la barbarie de las masas, Ortiz Pereyra se pregunta acerca del fenómeno del liderazgo. Sostendrá que: “El pueblo es personalista, no porque la persona de Yrigoyen le agrade o le desagrade, ya que apenas la conoce, sino porque esa persona es una Idea, la Idea misma de la Reparación, alzada por Yrigoyen hasta las alturas de un verdadero apostolado”. Hay una relación entre liderazgo y capacidad de presentar una perspectiva a la vez utópica y asequible, de interpelar intereses e ideales. El liderazgo personalista expresa demandas sociales profundas, por lo tanto, no está fuera de la historia, y muta. Con cierta capacidad profética, Ortiz Pereyra dirá: “Para reemplazar a Yrigoyen como ídolo popular será preciso que aparezca en el escenario de la República un argentino capaz de redimir al pueblo de su esclavitud económica, como él fue capaz de redimirlo de la esclavatura política y como la Revolución de Mayo lo redimió de España”. La construcción del liderazgo no es capricho, ni tampoco el resultado lineal de las dotes personales de un dirigente político; es expresión de hondas necesidades históricas y sociales. Ello explica su perdurabilidad una vez que cristaliza, pero no está salvo por ello del “vendaval de la historia”. Ortiz Pereyra pensaba en la autocrítica política e ideológica, no para liquidar la herencia sino para ir más allá. Aquí está su más fina contribución a la tradición del nacionalismo democrático y popular.

Germán Ibañez

jueves, 29 de agosto de 2019

Historiadores sin vocación ni honestidad intelectual


En momentos dramáticos para el país, el ministro Hernán Lacunza optó por hacer una curiosa referencia, sin dar demasiados detalles tampoco, a 91 años de historia. En su caprichosa interpretación, el rasgo destacable de esos 91 años sería el de gobiernos no peronistas que no culminan su mandato. Las dictaduras cívico-militares y las restauraciones oligárquicas no merecieron mención en sus escuetas reflexiones. Los desvaríos de Hernán Lacunza en materia de historia no constituyen empero una completa sorpresa, pues si siendo Ministro de Hacienda no pone empeño el resolver los problemas del pueblo, menos podemos esperar que se aplique al estudio del pasado nacional. Tal vez haya encontrado inspiración en el presidente Mauricio Macri, que tiempo atrás aludió a 70 años de debacle nacional, sin advertir en apariencia que ese período incluye también el del crecimiento exponencial de su grupo empresarial. Pero la honestidad intelectual ha brillado por su ausencia en estos años de gobierno oligárquico, tanto en la Casa Rosada como en el edificio de Hacienda.
De todas formas, no resulta ocioso detenerse en interpretar qué quisieron decir estos improvisados historiadores, pues sus escuetas y falaces afirmaciones son consistentes con una construcción de sentido de más largo aliento. Que Hernán Lacunza diga lo que dijo, así como “al pasar”, con inocultable desdén, no deja de ser expresivo. Lo que se quiere poner en el banquillo de los acusados es la experiencia histórica de los movimientos populares y democratizadores, que han “interferido” con los designios del “mercado”. En la cosmovisión burguesa, especialmente en su variante neoliberal, la democracia real (soberanía popular) en la medida se asocia a derechos sociales y garantías de autodeterminación, se constituye en un obstáculo a la maximización de la ganancia. La lógica desatada del mercado (los actores económicos más concentrados) no puede convivir con la organización popular. Lo que se “desvía” de la acumulación privatista de los más ricos para irrigar otras porciones de la sociedad es una aberración que es necesario erradicar y que, en todo caso, es explicación suficiente para el fracaso nacional. Claro que aquí debemos leer fracaso nacional como fracaso oligárquico.
En esa interpretación, el Estado amenazado por la marea populista es de naturaleza oligárquica. Es decir, un Estado patrimonialista, cooptado al 100 por ciento por los representantes del poder económico más concentrado. De modo tal que los fracasos que lamentan el Presidente y su ministro no son los de una modernidad frustrada, sino los de un régimen patrimonialista de raíz señorial que los movimientos políticos como el peronismo y el kirchnerismo impugnaron haciéndose eco de las demandas populares. La oligarquía argentina, experta golpista, no lamenta per se las interrupciones gubernamentales, lo que deplora es la “interferencia” popular en sus designios. Por ello, el reciente triunfo popular en las PASO es sindicado como causante de la inestabilidad económica. Las referencias al pasado y al presente del presidente Macri son inequívocas, más allá de su pobreza conceptual. Y lo formulado por el Ministro Lacunza es enteramente coherente con ese paradigma. El antagonismo entre democracia real (soberanía popular) y mercado (intereses financieros trasnacionales) es postulado por las derechas en todas partes. El matiz que ha querido añadirle el macrismo a este asunto, para no ser menos, es el ofuscamiento señorial del patrón de estancia ante los peones que se le plantan. Por eso, algunos personeros de tercera línea plantean comprar los votos de sus empleados, mientras suspiran por “los viejos buenos tiempos…”

Germán Ibañez

miércoles, 28 de agosto de 2019

La articulación nacional-popular


El escenario político actual muestra un gobierno en descomposición, pero con la voluntad de continuar en un plan de saqueo de la economía nacional. Ese rumbo solo puede aumentar un descalabro ya terminal, sin chances de reflotar la cohesión gubernamental o de favorecer las expectativas reeleccionistas de Macri. Por ello, el problema político más delicado no es la supervivencia del gobierno oligárquico, sino el reacomodamiento de las fuerzas sociales que lo sustentaron hasta aquí, especialmente los intereses vinculados al capital financiero internacional. Esos intereses intentan condicionar al próximo gobierno de signo nacional-popular, y para ello la amenaza cada vez más cercana de una debacle general “a lo 2001”, parece la herramienta principal. No cabe esperar piedad de los saqueadores. La anti utopía del macrismo se esfuma, y se queda, cara a cara, con los intereses orgánicos del imperialismo, representados en el FMI. El descrédito relativo del FMI, por su evidente corresponsabilidad en el derrumbe argentino, no debe llevarnos a subestimar su poder.
En tal cuadro de situación, parece claro que la posibilidad de éxito (más allá de lo electoral) del proyecto nacional-popular depende de la convergencia de una adecuada orientación política, muy atenta a la contingencia pero con mirada estratégica, y una amplia base social asentada en los intereses mercado internistas. Estos elementos son contrastantes con la situación política y social del pueblo argentino en el año 2001. Aun así, debe observarse el profundo daño que ha sufrido y seguirá sufriendo un tiempo más el conglomerado productivo nacional y los sectores populares. Por ello, el “castigo” se aplicará allí, al tiempo que continúa la campaña de demonización del kirchnerismo y el peronismo.
En un escenario así, la articulación entre la orientación política y la coalición social pasa a ser fundamental. Nos referimos a los hombres y mujeres concretos, a los militantes, referentes y dirigentes. Ese nexo es el que puede asegurar un enraizamiento profundo del proyecto nacional-popular, y de esa manera resistir la embestida dirigida a continuar disgregando el tejido social popular. Allí se encarna la memoria viva del movimiento nacional, en repertorios de organización y lucha, en experiencias de comunicación popular, en una cultura polemista que se afina cada vez más y desafía el discurso único del neoliberalismo. Ese patrimonio del pueblo argentino no estuvo ausente en el año 2001. Pero ahora tiene otra densidad, amasada en una década efectivamente ganada. Hay que hacerlo valer.

Germán Ibañez

lunes, 12 de agosto de 2019

Sigue siendo revolución y contrarrevolución…


La corrida cambiaria desatada tras el triunfo popular de la fórmula Alberto Fernández /Cristina Fernández de Kirchner pone sobre aviso acerca de las maniobras desestabilizadoras que aún nos esperan. El máximo responsable es el gobierno oligárquico de Mauricio Macri. Pero detrás de él se manifiesta un complejo conglomerado de intereses rentistas “nacionales” y del capital financiero internacional. Son los beneficiarios del saqueo a la economía argentina de los últimos tres años y medio, causantes de la caída del empleo y del ingreso de los trabajadores, del industricidio y del demencial endeudamiento externo. Se resistirán a perder sus privilegios, buscando, de mínima, concretar los últimos despojos a la riqueza nacional, pero eventualmente también obtener lo máximo posible del gobierno de Macri al que no dudarán en abandonar a su suerte, y especialmente condicionar a un próximo gobierno nacional-popular.
Una de las claves del triunfo del Frente de Todos, es su decisión de interpelar y representar al bloque de intereses del país productivo, de las pequeñas y medianas empresas, de los trabajadores y aquellos que dependen de un ingreso fijo, de los actores profesionales, intelectuales y académicos que se identifican con el desarrollo nacional, científico y cultural. La solidez de tal convergencia social es lo que fortalece una coalición político-electoral, dándole posibilidades de transformarse en opción de gobierno. Sobre todo, constituyendo la raíz social, económica y cultural del despliegue del proyecto nacional, sin la cual los acuerdos políticos no pueden ser sino circunstanciales.
De modo que se enfrentan, en un terreno que excede lo electoral, bloques de clases con articulaciones internacionales y proyecciones de alianzas divergentes y aún opuestas. El bloque “globalizante” conserva todavía sólidas posiciones (para empezar, está en el gobierno hasta diciembre), especialmente a la hora de desestabilizar las principales variables económicas. Pero también para incidir en la agenda política del día a día, construir sentidos, y escarbar en los más oscuros valores y creencias del imaginario social.  El bloque de los “productores nacionales” por su parte remonta una cuesta de deterioro económico y desencuentros políticos. Su fortaleza material se asienta en las reales condiciones para un autodesarrollo nacional, que se verifican cada vez que la orientación estatal acompaña esos intereses (Perón, Néstor, Cristina). Pero la economía “no lo es todo”. La riqueza y la vivacidad de las tradiciones políticas populares, las estrategias de resistencia y supervivencia “creativa” de los agredidos por el saqueo oligárquico, y el cúmulo de valores solidarios, igualitaristas y democráticos que son la mejor parte de nuestra tradición nacional, constituyen el activo más importante del despliegue del proyecto nacional. Tan importante es, que puede advertirse en la comunicación monopólico el modo en que constantemente tal tradición es devaluada o tergiversada. Y finalmente, hay que referirse la calidad de los liderazgos políticos. Sin liderazgo, sin acertar en política, no se termina de consolidad nunca un proyecto nacional, no termina de erigirse un poder político democrático fuerte. Cristina Fernández de Kirchner es altísima manifestación de tradición de liderazgos populares. La tenemos nosotros.
Si se mira la historia nacional, se verá que esta configuración del conflicto político, económico y cultural, no es completamente inédita. Avances y retrocesos, “revolución y contrarrevolución”, se han manifestado una y otra vez en nuestra historia. Hace muchos años, Jorge Abelardo Ramos le dio el título de Revolución y contrarrevolución en la Argentina a uno de sus trabajos emblemáticos. Mucha agua ha corrido bajo el puente, los contextos son diversos. También es relevante la necesidad de incorporar nuevas referencias intelectuales. Pero lo medular de ese movimiento entre el avance popular y la petrificación oligárquica tan bien captado en ese libro, sigue allí. Que sea Revolución.

Germán Ibañez

viernes, 26 de julio de 2019

Cristina y la burguesía nacional


De la reivindicación de Gelbard a “pindonga” y “cuchuflito”, pasando por la acusación al gobierno de Macri de ser “anticapitalista”, la ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner ensaya distintos abordajes acerca de la debacle económica actual y la necesidad de recomponer un horizonte de autodesarrollo nacional. Es realmente una cuestión menor si tal cual expresión en sus declaraciones es más lograda o menos lograda. La destrucción del entramado productivo, la pauperización colectiva, el endeudamiento del país, la pérdida de soberanía, el crecimiento de la desocupación, todas consecuencias gravosas de la política oligárquica enseñoreada actualmente en el Estado argentino revisten dramatismo suficiente como para concentrar toda nuestra atención. Resulta insólito atribularse por “pindonga” en un país donde se asesina por la espalda a jóvenes como Rafael Nahuel. El lenguaje polémico y combativo de la mejor tradición argentina tolera a “cuchuflito” y mucho más, porque tuvo que enfrentar a la verba siniestra de los secuestradores y torturadores y dar testimonio, como quiso Rodolfo Walsh.
El meollo de la cuestión es muy otro: el ataque concertado al bloque de productores nacionales, empresarios pequeños y medianos, cooperativas, trabajadores y emprendimientos productivos populares. También al sistema de Ciencia y Técnica, a las Universidades y a toda área del Estado que pueda incidir en el desarrollo de un capitalismo productivo nacional o en una eficiente fiscalización de la actividad económica de los más poderosos. Ese es el sentido profundo de la crítica al macrismo por “anticapitalista”: la política oligárquica impide el autodesarrollo nacional. En otros tiempos, Jorge Abelardo Ramos había expresado algo parecido, al señalar que la oligarquía argentina era capitalista, pero “antiburguesa”, incapaz de conducir un proceso de construcción nacional. La recordación de Gelbard en boca de Cristina es una apuesta azarosa sin duda, pero necesaria en lo que implica: la convergencia de distintos sectores sociales para relanzar un rumbo productivo e industrialista. Para ello es imperioso detener la destrucción de segmentos intermedios de la sociedad argentina, que son aquellos que pueden apuntalar inicialmente una recuperación productiva, con el auxilio de una política económica adecuada.
Esos segmentos intermedios pueden ser caracterizados sociológicamente de diversos modos, pero en el realineamiento de fuerzas sociales, políticas y culturales que promueve el movimiento nacional, son la burguesía nacional. Cristina apela a ellos, con conciencia histórica y sin perder el tiempo en frases de cortesía.
Germán Ibañez

jueves, 20 de junio de 2019

Burguesía y movimiento nacional en la mirada de Jorge Abelardo Ramos


En el marco del mundo contemporáneo sigue siendo una cuestión fundamental la posibilidad de un desarrollo autónomo de los países y de un diseño propio de las estrategias de inserción internacional. Es decir, de una política de autodeterminación nacional. En las antípodas de esa discusión, se encuentra la ideología neoliberal que expresa los intereses del capital financiero mundializado y la vocación imperial de los Estados metropolitanos. Históricamente, una herramienta del neoliberalismo ha sido “velar” a los actores sociales concretos y a los intereses en juego, proponiendo la fantasmagoría de un mercado impersonal como fuerza motriz de la mundialización. Pero siempre tuvo en claro a los jugadores reales, llevando a cabo verdaderas guerras económicas, culturales (y de las tradicionales también) contra los emergentes de los procesos de desarrollo o liberación de los países periféricos.  En esa puja, se han dividido históricamente las clases poseedoras de las regiones dependientes, entre aquellas fracciones que se enlazaron a esquemas de asociación asimétrica y subordinada (las burguesías “compradoras”) con el capital extranjero, y los segmentos productivos y comerciales vinculados a los mercados internos y el consumo popular. Esa fractura no es estática, sino que cambia con los avatares de la economía nacional e internacional, con la presión de los Estados metropolitanos y sus estrategias de colonización. También con el mismo éxito de los procesos de desarrollo nacional que vuelven a repartir las cartas entre los jugadores locales y a veces generan el resultado, paradójico en apariencia, de un empresariado beneficiado por el marco nacional-popular que buscar romper lo que interpreta como un constreñimiento social a la maximización de sus ganancias y vira hacia estrategias de inserción en la mundialización imperialista.
Es esto, entre otras cosas, lo que ha dificultado históricamente sostener el compromiso nacional popular, y aún identificar una burguesía con “vocación” nacional. Por eso, el debate acerca de la “burguesía nacional” fue intenso en el nacionalismo popular y la izquierda nacional del siglo XX. Y por cierto, se trata aún de una discusión nada ociosa, aunque lógicamente no pueda ser llevada adelante exactamente en los mismos términos de décadas atrás. De allí que resulte útil la recuperación de parte de esas polémicas, para repensarlas en los nuevos escenarios en los que se busca nuevamente establecer un compromiso nacional-popular, para sacar al país del marasmo neoliberal. Nos referiremos concretamente a la posición sostenida por Jorge Abelardo Ramos en torno a la relación entre burguesía y movimiento nacional.
En la tradición de la izquierda nacional de los años 1940, de la cual Ramos se transformaría en el principal exponente, se tomaba nota de la división de las clases dominantes argentinas entre los sectores tradicionales vinculados a la así llamada “oligarquía” y la moderna burguesía industrial que se expresaría en el país peronista. Los paradigmas ideológicos librecambista y proteccionista corresponderían a esa fractura (“Bases económicas de la política burguesa argentina, Frente Obrero N° 1). Sin embargo, se sostiene que, pese a la divergencia de intereses entre los sectores vinculados al mercado mundial y aquellos dependientes del consumo popular, la mentalidad burguesa argentina estaba enfeudada en bloque al imperialismo y a los mitos del viejo país agropecuario. Lo cual ponía serios límites a una hegemonía capitalista nacional que impulsara el desarrollo industrial. Y, al mismo tiempo, que tal política solo era posible sobre la base de una audaz movilización de las masas populares, lo cual estimulaba los peores temores de la propia burguesía nacional. Allí estaba el dilema: una clase que era empujada al movimiento nacional por las propias contradicciones del autodesarrollo capitalista nacional frente a la subordinación unilateral al capital imperialista que le disputa el mercado interno, pero que retrocede ante el ascenso de los sectores populares sin cuyo concurso es imposible una política de autodeterminación nacional. En ese marco la burguesía industrial no podía constituirse en la clase dirigente de la liberación nacional.
Sobre la base de ese diagnóstico, Jorge Abelardo Ramos sustentará en sus escritos tempranos (América Latina: un país; 1949) una interpretación en la cual la potencialidad de la burguesía industrial argentina no estaba empero totalmente obturada. Son los años ascensionales del peronismo, y no estaban claras todavía las dificultades económicas que se revelarían en la primera mitad de la década de 1950. Sus camaradas de Frente Obrero le reprocharán de todas formas lo que entendían constituía una apología de la burguesía nacional. En los años posteriores, especialmente desde el derrocamiento de Perón, Ramos modificará esa lectura por otra más crítica de los límites del empresariado industrial como clase potencialmente hegemónica del movimiento nacional.
Lo que seguirá siendo un eje constante en el pensamiento de Ramos de todas formas será su interpretación del drama argentino como resultado del antagonismo insalvable entre la vieja Argentina agropecuaria (oligárquica) y el país industrial (burgués). En los años 1970 todavía dirá: “…la Argentina está a medio camino entre el capitalismo avanzado tal cual se dio en Europa y Estados Unidos y una estructura petrificada, puramente agraria, comercial y pastoril, típica de una semicolonia disfrazada con un barniz superficial de modernidad. La vieja oligarquía no deja avanzar hacia el capitalismo y la débil burguesía es incapaz de eliminar a la oligarquía” (Adiós al coronel, 1982). De acuerdo a lo anterior, interpretará que la política de la dictadura de 1976 será no solamente antiobrera, sino también antiburguesa.
Pero ese antagonismo no se expresaba “transparentemente” protagonizado por sendas fracciones de las clases propietarias. Podía resultar ocioso buscar, lámpara en mano, a la burguesía arrogante que, sin mediaciones, encabezara la lucha por la emancipación nacional. El terreno de la disputa era el movimiento nacional. Pasajes relevantes de la obra de Ramos a tal respecto pueden encontrarse en su polémica con la interpretación política e histórica de Milcíades Peña. En ese contexto dirá que las burguesías coloniales se forman al compás de las crisis del sistema imperialista mundial, que abren brechas en él. Pero no pueden emanciparse del todo de su gigantesco poder, y continúan reverenciando su sistema de valores. ¿Cómo se procesan entonces sus contradicciones con el capital imperialista? A través de los movimientos nacionales (“La cuestión nacional y el marxismo”, en La lucha por un partido revolucionario). Por eso no es dable esperar ver actuar a la burguesía nacional de modo “transparente” como un actor socio-político plenamente recortado y con total conciencia de sus intereses y fines. De allí que la retórica antiburguesa de intelectuales como Milcíades Peña escondiera su hostilidad concreta a los movimientos nacionales como el yrigoyenismo y el peronismo.
La suerte del desarrollo nacional y de la liberación se desplazan por tanto al campo de acción del movimiento nacional, no pueden escapar a su centro de gravedad. Y le daban al antagonismo entre imperialismo y liberación nacional el carácter de contradicción principal. En el decurso de ese formidable y secular conflicto no podía presumirse de una vez y para siempre el rol de la burguesía industrial: no es inmutable. Las inconsecuencias de esa clase no podían llevar a negar la existencia del nacionalismo burgués, como reprocha Ramos a Peña, posición cuyo corolario excéntrico era negar el aporte del peronismo al desarrollo industrial del país.
Tampoco podía agotarse la mirada sobre las potencialidades del autodesarrollo capitalista nacional en el seguimiento de los grandes intereses y las grandes empresas (nacionales y extranjeras). Había que prestar atención al inmenso y estadísticamente sub representado universo de pequeñas y medianas empresas, agentes de la transformación capitalista interna. Y también a la propiedad pública y al rol del Estado. En un país periférico, el Estado es el gran núcleo del desarrollo nacional.
Existía entonces una compleja y contradictoria relación entre burguesía y movimiento nacional. La primera no alcanzaba al alzarse al nivel de una clase hegemónica, y Ramos dirá que era una “burguesía en sí” más que una “clase para sí” (Historia de la Nación Latinoamericana, 1968). Pero el segundo no es solamente el vehículo de realización de una inconsistente burguesía: es también el ancho cauce en que se manifiesta la movilización popular. El antagonismo entre autodesarrollo nacional e imperialismo es la contradicción principal al nivel de la formación social, pero al interior del movimiento nacional se procesan otras contradicciones entre las clases que lo integran.
Mucha agua ha corrido bajo el puente, pero la relectura crítica y atenta de la tradición del pensamiento nacional, en este caso de la escritura de Jorge Abelardo Ramos, puede brindar más de una pista, en momentos en que se torna imperioso coaligar nuevamente distintos estamentos sociales, y retomar una senda de autodeterminación con democracia y justicia social.

Germán Ibañez