lunes, 16 de enero de 2012

--- LA TOMA DEL “LISANDRO DE LA TORRE”

Por Germán Ibáñez

En enero de 1959 se produce en la ciudad de Buenos Aires, concretamente en el barrio de Mataderos, una de las más importantes huelgas obreras de aquel período, por su contenido simbólico y político: la toma del Frigorífico Municipal “Lisandro de la Torre”.

El conflicto terminó involucrando no sólo a los trabajadores del establecimiento, sino a los vecinos y la comunidad de Mataderos que se sumaron a la protesta a raíz de la represión y protagonizaron una auténtica insurrección urbana.

Gobernaba desde el año anterior el presidente Arturo Frondizi, por la Unión Cívica Radical Intransigente (UCRI) en el marco de la proscripción política del peronismo y del poder de veto permanente de las FFAA. Aunque había obtenido gran parte de sus votos del peronismo (acuerdo con Perón mediante) muy pronto se aleja de las garantías propuestas de una política económica nacionalista y comienza la negociación con el FMI, así como el acercamiento a los EEUU.

Tales lineamientos constituían una necesidad para la estrategia económica del frondicismo, que buscaba impulsar el desarrollo industrial del país a través de la promoción de la inversión extranjera.

En su preparación de la primera visita oficial a Estados Unidos, Frondizi necesitaba demostrar la decisión de su gobierno de avanzar por tales rumbos, de la misma manera que su absoluto control de la situación política y social del país.

En ese contexto se jugará la suerte del Frigorífico Municipal “Lisandro de la Torre”. El gobierno nacional planteará la privatización del establecimiento aduciendo, entre otras razones, se balance deficitario. El comprador preferencial era la Corporación Argentina de Productores (CAP), con la cual el gobierno de Frondizi buscaba una alianza.

Por su parte, los trabajadores del frigorífico no sólo manifestaron su oposición al proyecto de privatización, sino que elaboraron alternativas que buscaron acercar al gobierno nacional.

El gremio estaba encabezado por Sebastián Borro, quien acababa de ganar las elecciones de la mano de una lista peronista.

Las prácticas sindicales impulsadas por Borro y sus compañeros eran notablemente democráticas, incluyendo el funcionamiento regular del cuerpo de delegados y la convocatoria a Asamblea para los temas de relieve. El total de trabajadores del frigorífico era de 9000 personas.

En los primeros días de enero de 1959 el presidente Frondizi envía al Congreso el proyecto de ley que incluía la privatización del “Lisandro de la Torre”. La UCRI tenía mayoría en el Parlamento, por lo cual el proyecto se aprobó rápidamente.

Los obreros se movilizan antes con consignas que aludían a la defensa del patrimonio nacional. Una de ellas, “Señores diputados, no me entreguen; quiero ser nacional”. Piden también una reunión con Frondizi, que recién obtienen cuando el proyecto ya está aprobado. No llegan a un acuerdo con el presidente y quedan expuestas dos concepciones del desarrollo nacional.

El 14 de enero se convoca a una asamblea general en el Frigorífico, y los obreros ya permanecen en el edificio en la noche del 15 de enero. Comienza la toma del establecimiento, con una cuidadosa organización y el apoyo del barrio.

El gobierno de Frondizi moviliza una enorme fuerza policial y militar para desalojar el establecimiento. Esa movilización represiva incluyó tanques de guerra Sherman; uno de ellos arrolla los portones del Frigorífico y comienza el desalojo con intensos enfrentamientos que acaban con 95 detenidos y varios heridos.

El gremialismo nacional decreta la huelga nacional en solidaridad pero los principales dirigentes son detenidos. Será en el barrio de Mataderos donde continúe el conflicto por varios días: levantamiento de barricadas, cortes de luz, quema de tranvías.

Familiares, amigos y vecinos de los trabajadores pelean infructuosamente contra la represión y el proyecto gubernamental y sólo al cabo de varios días comienza a normalizarse la situación.

El proyecto frondicista pasará, sin embargo la huelga del Lisandro de la Torre formalmente nunca será “levantada” y quedará como testimonio político de la resistencia obrera a la entrega del patrimonio nacional.

Publicado por Telam
15 de enero de 2012

miércoles, 11 de enero de 2012

Los límites, los distraídos y la política

El gobernador Scioli se manifestó sorprendido ante los análisis que se formularon, por supuesto de naturaleza política, respecto del picadito de casados contra casados que jugó con Mauricio Macri. 
Diez días bastaron para pensar que 2012 puede ser, en la Argentina, y por qué no en el planeta Tierra todo, el año de las perplejidades. Durante ese inicial y breve primer período del calendario recién estrenado, el buque insignia de la corporación mediática concentrada, es decir el diario Clarín, y varios de los hablantes dizque opositores –resulta difícil calificarlos así, a secas– no pudieron ocultar su decepción y tristeza ante la feliz noticia de que la presidenta de los argentinos no padece cáncer; el gobernador de la provincia de Buenos Aires, con todo el peso específico que esa jurisdicción tiene sobre el escenario nacional, se manifestó sorprendido ante los análisis que se formularon, por supuesto de naturaleza política, respecto del picadito de casados contra casados que jugó con Mauricio Macri, intendente capitalino y parece ser que esperanza blanca del espectro oligárquico restaurador, que en principio prefiere desplazarse por fuera, a diferencia de sus pares que se mueven por dentro (¿se entiende, no?); y como comencé incluyendo al planeta Tierra, como sinónimo de espacio global, por ahí pudieron verlo y escucharlo a mister Barack Obama, congratulándose por la disminución, en los Estados Unidos, de los índices de desocupación y trabajo precario, en medio de un maremoto crítico en todas las economías centrales, las que, al decir reciente de algunas cabezas corporativas del Reino Unido, deberían estar preparadas para la implosión del euro. ¿La alianza Atlántica entre Londres y Washington como constante?
La agencia de noticias bonaerense AgePeBa, en su habitual sección sobre medios de comunicación, desmenuzó días pasados los mecanismos discursivos de Clarín a la hora de desinformar a la sociedad sobre los episodios de diagnóstico, intervención y conclusiones que envolvieron al estado de salud de Cristina Fernández de Kirchner. El periodista Nicolás Wiñazki había sostenido el domingo último, muy suelto de cuerpo, que la presidenta “fue dada de alta ayer, tres días después de que fuera operada por un cáncer en la glándula tiroides, un diagnóstico que, ahora se sabe, era errado”.
Y sostuvo el informe de AgePeBa: “Las suspicacias quedaron a cargo de Susana Viau, quien arranca su artículo de opinión (del mismo domingo) de la siguiente forma: ‘Ninguno de los partes referidos a la salud de Cristina Fernández llevó la firma del equipo tratante. Fueron los integrantes de la unidad médica presidencial quienes, invocando la palabra del cirujano Pedro Saco y del jefe del servicio de medicina interna Daniel Grassi, se ocuparon de transmitir las alternativas de la intervención quirúrgica y el desarrollo del período post operatorio. (…). Por fin, junto con la comunicación del alta, Alfredo Scoccimarro, su vocero, informó que la paciente no tiene cáncer’.”
El lunes, Tiempo Argentino se encargó de desmentir semejante despropósito desinformativo, con toda la documentación médica del caso; y ayer, al hablar ante los micrófonos de la emisoras Del Plata y Continental, el secretario general de la Presidencia, Oscar Parrilli, fue contundente: “Cuando se dio toda la información, y cuando felizmente no tenía (la presidenta) lo que se le había diagnosticado, se rebelan (los medios del grupo que conduce Héctor Magnetto) contra la realidad, y como la realidad no está de acuerdo a sus intereses económicos y políticos, intentan tergiversarla”.
Por otra parte, basta revisar las cuentas Twitter de muchas de las caras visibles de la oposición – no voy a aburrir al lector con la lista de nombres-, para constatar que las manifestaciones de casi todas ellas transmitían con claridad un principio que, desgraciadamente, tiene un patético antecedente en la historia de los discursos políticos de nuestro país, sólo que esta vez no se atrevieron a escribir “Viva el cáncer”, como sí lo hicieron en tiempos de Eva Perón: las pintadas callejeras podían ser anónimas, los registros digitales dejan huellas, pero no hace falta escarbar mucho entre la mugre de las conciencias de la Argentina gorila para descubrir que esos dirigentes políticos se entristecieron porque Cristina no está al borde de la muerte. Cruzaron un límite.
No todas las perplejidades de las que hablamos pertenecen a la misma dimensión moral; aunque se registraron otras, no dejan de llamar la atención.
El gobernador Scioli tiene razón cuando dice que el tiempo que lleva dentro del espacio de gobierno inaugurado en mayo de 2003 lo exime de tener que dar constantes explicaciones. Sin embargo, y sin perjuicio de que no todos los que están son ni los que son están, un político tan avezado como él no puede desconocer, digamos que la completud simbólica de sus actos; a la vida pública de la Argentina debe tenerle sin cuidado la longitud en el tiempo de las amistades personales de sus gobernantes; sí les debe interesar el carácter político de las relaciones que ellos, amigos íntimos o no, tengan entre sí.
Por ejemplo, si en vez de jugar un picadito con Macri, un gobernante de alcaidía que dice y hace todo exactamente al revés de lo que dice y hace el espacio nacional al que Scioli asegura pertenecer, este hubiese compartido un asado o un partido de truco con la ministra Nilda Garré, quien impulsa políticas públicas de seguridad democráticas y transformadoras, claramente enfrentadas a las del ministro bonaerense Ricardo Casal, las interpretaciones necesariamente políticas de la agenda deportiva del gobernador hubiesen sido de otro tenor.
En ese sentido, su vice, Gabriel Mariotto, tal vez hubiese podido conversar de política y no de fútbol cuando los periodistas lo interrogaron acerca de su opinión sobre la imagen de Scioli y Macri en cortos y con botines de goleadores. En cambio, tuvo que resaltar algo que resulta obvio, que ninguno de los dos está en condiciones de jugar en primera división; o alguien en su sano juicio puede creer que Mauricio tenga chance de ser convocado por Julio Falcioni para remplazar a Román, y que Sicoli esté a punto de recibir una llamada telefónica de Matías Almeyda para sumarse a River a su desesperado intento por salir de la segunda letra del abecedario. No, de ninguna manera, un político tan avezado como el jefe administrativo de la provincia de Buenos Aires seguro sabe muy pero muy bien que ni una ni otra posibilidad pertenece al mundo del ser; cómo no quedarse perplejo ante semejante distracción o mirar para el otro lado, simulando sorpresa por la derivaciones necesarias de las acciones propias, casi en tono de destino.
Estos primeros diez días del año transcurrieron entonces de forma tal que resulta imposible conciliar el sueño sin pensar antes, aunque sea un rato, en algunas infamias y ciertas extrañezas: entre las primeras, el orden semántico de Clarín ante la enfermedad de Cristina Fernández de Kirchner y los deseos de enfermedad y muerte de los opositores twitteros; entre las segundas, la cercanía cromática entre los colores naranja y amarillo.
Fuente: Tiempo Argentino
Publicado el 11 de Enero de 2012

jueves, 29 de diciembre de 2011

“Ley 26.522: Hacia un nuevo paradigma en comunicación audiovisual”

Un libro insoslayable para comprender en profundidad la naturaleza y los alcances de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual. Analizado para AgePeBA por una de las autoras comprometidas con su texto.

Por Mariana Baranchuk | En la introducción, y antes de adentrarnos para analizar el corazón de la ley, se hace un “racconto” de lo que ha sido la batalla por su promulgación desde la recuperación del Estado de Derecho hasta el presente, incluido el comienzo de lo que la Presidenta ha dado en llamar el auge del “derecho cautelar”. Allí también se encuentra, descripto minuciosamente, el aporte que la sociedad realizó al texto definitivo de la normativa a través de las sugerencias realizadas en el debate abierto, entre la presentación del anteproyecto el 18 de marzo de 2009 en el Teatro Argentino de La Plata y su ingreso en el Congreso de la Nación el 27 de agosto del mismo año.
Luego, el libro continúa con el análisis de los pilares en los que se asienta toda la normativa: Libertad de expresión; Pluralismo y Diversidad, y Participación. Este segmento estuvo a cargo de Damián Loreti, Diego de Charras y Gustavo Bulla respectivamente.
Loreti centra su artículo en la amalgama existente entre los estándares internacionales establecidos en torno a la libertad de expresión y el texto de la Ley, y sostiene que “los cuestionamientos a la ley no surgieron por violación a la libertad de expresión presente o presunta. Surgieron por afectación a intereses monopólicos u oligopólicos…”. Por su parte, De Charras apunta a los dispositivos que la ley implementa a fin de preservar, estimular y habilitar el pluralismo y la diversidad, sosteniendo que: “Si se considera que los medios conforman un espacio privilegiado de constitución del significado de lo público, donde la disputa por el sentido conforma la percepción de la realidad social y política y desde donde se jerarquiza la agenda pública de necesidades a ser atendidas, la preocupación por la pluralidad de voces se torna un eje imprescindible”. Cerrando la sección, Bulla analiza la representación de los distintos actores en los diversos dispositivos de control, seguimiento y asesoría que la nueva Ley establece,  afirmando que “desde su concepción hasta las instancias que incluye en su articulado es, por lejos, la política pública en la actual etapa democrática con mayor intervención ciudadana que se recuerde…”.
Una nueva sección se centra en analizar “Las nuevas voces. Las voces recuperadas, resignificadas, potenciadas. Después de décadas en que la única voz audible en los medios era la de los grandes prestadores con finalidad comercial, la nueva normativa sentó las bases para una profunda transformación en marcha”. Allí, Alejandro Verano analiza el fortalecimiento de los medios públicos, mientras Eduardo Seminara realiza lo propio con los universitarios. Claudia Villamayor da cuenta de la preponderancia y el reconocimiento que la normativa otorga a los derechos a la comunicación y la cultura con identidad que sostienen nuestros pueblos originarios. Ernesto Lamas examina los aportes de los medios comunitarios a la nueva normativa y el proceso de autotransformación en ciernes: legitimidad y legalidad corriendo por el mismo carril. Cerrando el capítulo, Gustavo Granero da cuenta de la participación del sector del trabajo en la lucha por una normativa democrática y cómo la ley reconoce el lugar de los trabajadores de los medios.
Pero así como se pone la mira sobre las nuevas voces que podrán hacerse oír, también se focaliza en aquellas audiencias que el Estado considera debe proteger especialmente. Susana Vellegia y Myriam Pelazas en sus respectivos trabajos señalan que los artículos destinados a crear protecciones especiales están en sintonía con los protocolos internacionales en materia de derechos humanos.
Por último, el libro cierra con la mirada internacional: por un lado, la europea aportada por Manuel Chaparro y, por el otro, la latinoamericana a cargo de Dênis de Moraes. Mientras que Chaparro sostiene que “Europa tiene poco que decir porque hace rato que perdió su brújula”, de Moraes afirma que la legislación argentina conforma una real “fuente de inspiración de medidas antimonopólicas al alcance de los demás gobiernos progresistas latinoamericanos”.
He cumplido, de modo más descriptivo que crítico, tal vez dado el involucramiento personal con el texto del que se me pide dar cuenta. Sí creo, honestamente, que la lectura de este volumen permite comprender los ejes centrales de la Ley 26.522 y aprehender porqué es el piso que nos permite avanzar hacia “un nuevo paradigma en comunicación audiovisual”. Ahora sólo resta continuar en esa senda.
Fuente: Agepeba
http://www.agepeba.org/ 

jueves, 22 de diciembre de 2011

La derecha no necesita invitación

Está ahí, agazapada, apunta y apela a todos los recursos. Tiene a sus escribientes orgánicos, como el editorialista del Grupo Clarín, Eduardo van der Kooy, e intentará utilizar a quienes se confundieron pese a que nunca debieron haberlo hecho; ese es el caso, quiero creer que involuntario, confuso, para decirlo una vez más, del jefe de la CGT, Hugo Moyano. La expulsión de la policía del Senado provincial, una decisión histórica.
Por Víctor Ego Ducrot (*) | El líder camionero (Moyano) tuvo palabras de desprecio –“chicos bien”, dijo en forma irónica– para la juventud militante que se reincorporó a la política a partir del modelo creíble que instaló Néstor Kirchner en 2003; a la vez que el operador de Héctor Magnetto (van der Kooy), quien supo ser un joven destacado, pero por el dictador Jorge Rafael Videla, en su columna del domingo último escribió “el copamiento K de puestos clave en la Legislatura”, para referirse a la configuración política que allí quedó registrada, tras las elecciones del 23 de octubre, un acto de soberanía popular por si hacía falta aclararlo. Y la palabra “copamiento” no es casual, es la misma que con una frecuencia espeluznante utilizaban aquellos que lo premiaron.
Porque ocultan o porque enuncian, las palabras pueden convertirse en arma peligrosa, construyen sentido y hasta desatan furias contenidas; y no será la primera vez que, desde formulaciones de derecha, más allá de las intenciones de quienes las pronuncian, ellas, las palabras, son usadas para estigmatizar a la juventud: “El delito de ser joven”, recuerdo que denunciaban algunas pintadas callejeras durante la dictadura militar, la que se ensañó en forma especial, con asesinatos, torturas y desapariciones forzadas, contra trabajadores y muchachada casi por partes iguales. Los editorialistas de turno saben de qué se trata y usan ese lenguaje en forma deliberada, al fin de cuentas lo aprendieron y aprehendieron tan bien que por ello fueron galardonados. Moyano, en cambio, simplemente debería tener más cuidado.
Es esperable, y deseable, que negociadores de la Rosada y de la CGT, en ambas partes los hay y de los buenos, se sienten a dialogar para que los sindicatos organizados no dejen de estar en el lugar que tienen que estar, como uno de los sujetos centrales del proyecto de transformaciones que encabeza la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, a partir de un eje político y cultural claro y preciso, el peronismo en sus distintos matices e instancias, siendo que a ninguna de ellas se la puede calificar de “cáscara vacía”, a menos que se admita la miopía intelectual como acto de virtud; la misma que entre las huestes gremiales levanta erupciones cuando por fuera del movimiento obrero se dice que liderazgos como los de Moyano sólo son consecuencias de la falta de democracia sindical. Dos apreciaciones erróneas que en nada aportan a la sociedad de los argentinos.
Lo afirmado en cuanto a la necesidad de negociar con madurez no impide que algunos puntos y diferencias deban ser enunciados; las palabras claras son principio para toda negociación.
Así se equivoca Facundo Moyano de la Juventud Sindical, cuando en su Twitter el domingo pasado dice que el sindicato que conduce el “Momo” Venegas no es responsable del trabajo informal que aún castiga a los trabajadores rurales; Venegas y sus socios de la patronal sojera y la oligarquía reformada son los principales hacedores de esa y otras tantas tropelías contra los obreros.
Así aciertan el vicegobernador de Buenos Aires, Gabriel Mariotto, y las nuevas generaciones incorporadas a la política bonaerense activa, entre ella los militantes y dirigentes de La Cámpora, cuando frenan, el lunes de la semana pasada y en forma contundente, la escalada de ciertas bandas policiales ostensiblemente protegidas desde “la seguridad” provincial, que a título “de prueba” se atrevieron a golpear a mansalva a un grupo de jóvenes que querían estar presentes en el acto de asunción de autoridades. La reacción de Mariotto fue la justa y ajustada a Derecho: condena e investigación de los hechos y expulsión de una policía poco confiable de las dependencias del Senado; una decisión histórica a la que antes de ayer se sumó la Cámara de Diputados.
Vuelvo a traer a cuento algo que escribí la semana pasada, sobre lo meritorio que resulta tanto debate sobre nuestra Historia. Pero ya que estamos, dice la expresión popular, por qué no aprendemos (y aprehendemos) algo de ella. Entonces, las organizaciones sindicales y sus dirigentes que se reconozcan parte del modelo que encarna en la conducción de Cristina, podrán discutir y plantar reivindicaciones justas para la clase obrera ante el poder político; actitud necesaria, por otra parte, para profundizar al propio modelo, sin tener que incurrir por ello en el despropósito de cuestionarle poder y representatividad a quien legítimamente cuenta con esos atributos, y no porque lo digamos quienes concientemente acompañamos a la presidenta, sino porque así lo proclamaron las urnas de octubre.
El peronismo triunfante entre el ’46 y el golpe de Estado del ’55, e incluso el de marzo del ’73, pese a las convulsiones de aquella etapa, y todas las experiencias transformadoras en sentido popular y democrático que se intentaron durante el siglo XX y en lo que va del presente, deberían ser ejemplos suficientes para entender de una vez por todas aquello en lo que sus líderes tanto insistieron: no es cuestión entonces desempolvar el peronómetro, como lo hizo Moyano en Huracán y en forma más cuidadosa Julio Piumato el lunes a la noche por TV, al justificar el paro que a esas horas anunciaban los judiciales, sino reparar en que el principio de unidad es estrategia para la causa de las grandes mayorías; desde la unidad los proyectos transformadores se consolidan y avanzan, sin ella las oligarquías recuperan posiciones y, lo que es peor, provocan retrocesos de las cuales siempre resulta difícil recuperarse.
Para finalizar, permítanme volver a los hechos en la Legislatura, el día de la asunción de Daniel Scioli para su segundo mandato, y a los posteriores, con el acuartelamiento de la Guardia de Infantería bonaerense; una operación idéntica a las sistematizadas por las academias de inteligencia, sobre todos las estadounidenses, que vienen trabajando sobre el tema con fina atención, impulsando espíritus supuestamente sindicales entre los institutos armados; todo un capítulo en los manuales para la guerra de baja intensidad.
Esas operaciones siempre requieren, al menos, dos vectores: un estado de descomposición facciosa en el cuerpo armado que desobedece o se revela, y una cuota de apoyo político e institucional, en lo posible oculta pero sensible. Aquel lunes, en La Plata, elementos de la Policía Bonaerense –otra vez la Bonaerense– quisieron mostrar sus garras, advertir. Por suerte, la respuesta fue contundente: que queden fuera del recinto donde se expresan los representantes del pueblo, y que los órganos competentes de la propia policía y la justicia investiguen; hasta las últimas consecuencias.
(*) Columna publicada hoy por Tiempo Argentino.
Fuente: Agepeba
http://www.agepeba.org/

martes, 20 de diciembre de 2011

Mariotto "con fuerza de ley" en la provincia

Mariotto “con fuerza de ley” en la provincia
La Corriente Justicia Social organiza un encuentro de participación popular en políticas públicas en La Plata, donde se realizará un acto de “bienvenida” al vicegobernador Gabriel Mariotto. “Queremos sumarnos propositivamente a esta construcción colectiva” aseguró la dirigente Martha Arriola quien conduce esta agrupación.
Martha Arriola, actual funcionaria del ministerio de Seguridad de Nación y ex subsecretaria de Participación Comunitaria de la provincia bajo la conducción del doctor León Arslanian, en declaraciones a AgePeBa, explicó que, “desde nuestra historia, la Corriente Justicia Social quiere hacer un aporte militante al imperativo de la hora que nos señaló la presidenta Cristina Fernández de Kirchner: ´organizar para profundizar´, organización popular, participación popular en las políticas públicas”. Y agregó: “ahora, con el compañero Mariotto en la vice gobernación de la Provincia, se profundiza este camino”.
La Corriente Nacional Justicia Social convoca a un “encuentro militante de participación popular en políticas públicas” el día jueves 22 de diciembre en el Club Reconquista de la ciudad de La Plata.
Está previsto que la jornada arranque a las 15.00 con la apertura de un panel de debate y trabajo en grupos, cuyos ejes centrales son: participación comunitaria en seguridad, comunicación popular, economía social y microcrédito. Según informaron desde la Corriente, los tres ejes se basan en experiencias de gestión concretas y en los marcos legales que posibilitaron su desarrollo: los Foros de participación comunitaria en Seguridad impulsados en la provincia durante la gestión de Arslanian en el marco de la Ley 12.154; la reciente ley de Servicios Audiovisuales; y el Banco Popular de la Buena Fe, experiencia que nació en La Plata al impulsó militante de agrupaciones de base para proyectarse luego a todo el país como Programa Nacional de Microcrédito.
“Queremos convocar con amplitud a todos los sectores que crean que la participación popular organizada es uno de los aportes significativos para la construcción de una Argentina ´más justa, equitativa y solidaria´”, señaló Arriola a esta agencia. Y concluyó: “queremos sumarnos propositivamente a esta construcción colectiva: la participación popular ´con fuerza de ley´ en la provincia”.
La puesta en común de las conclusiones de los grupos está prevista para las 19:30, en el marco de un acto de “bienvenida al compañero vice gobernador Gabriel Mariotto”, según informa un comunicado difundido por la Corriente.
El encuentro promete para las 20.30 un cierre de “fiesta popular”, con Ignacio Copani como invitado.
Fuente: Agepeba

martes, 13 de diciembre de 2011

Artículo Mario Rapoport

Domingo, 11 de diciembre de 2011
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Todo es....

Por Mario Rapoport*
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Mario Rapoport: “La historia política y la historia económica y social están profundamente entrelazadas”.
En un libro de lectura indispensable para nuestros intelectuales, incluidos los historiadores, Gustav Flaubert recorre irónicamente, a través de dos personajes inolvidables, Bouvard e Pécuchet, dos ignorantes que reciben una herencia y pretenden transformarse en sabios, los límites de la historia. “Un profesor al que van a ver para que les brinde sus conocimientos les confiesa que estaba desconcertado en cuanto a historia. –cambia todos los días, ¡se ataca a Belisario, a Guillermo Tell y hasta al Cid, convertido, merced a los últimos descubrimientos, en un simple bandido–. Es de desear que no se hagan más descubrimientos y el mismo Instituto debería establecer una especie de canon que prescribiera lo que hay que creer... La mayor parte de los historiadores trabajaron para servir a una causa especial, una religión, un nación, un partido, un sistema o para reprender a los reyes, aconsejar al pueblo u ofrecer ejemplos morales. Los otros, los que sólo pretenden narrar, no valen más, pues no puede decirse todo, siempre hay que elegir. Pero en la selección de documentos no podrá dejar de actuar un cierto criterio y como este varía según las condiciones del escritor, la historia nunca será fijada.”
La historia, sin embargo, puede servir para ilustrar sobre nuestro pasado y poner mejor los pies sobre el presente, siempre que se tengan en cuenta algunos de sus principios epistemológicos. Y voy a hacer referencia aquí más explícitamente a la historia económica y social, porque los hombres que la protagonizan o protagonizaron están inmersos en ella, en el contexto en que viven o vivieron. Al igual que aquellos que la pretenden estudiar.
“El historiador es prisionero de su tiempo” dijo René Girault, uno de los principales historiadores europeos. Las preguntas que nos hacemos tienen que ver con nuestra propia vida personal, con la problemática de la sociedad en la que estamos inmersos. No es casual que en nuestras interrogaciones de hoy día miremos al pasado para preguntarnos sobre la naturaleza de las crisis económicas o sobre las distintas formas de dominación imperial o de dependencia económica, procurando extraer de ese pasado algunas lecciones, o al menos señales, para poder guiarnos mejor en los laberintos del presente. Las tendencias historiográficas no son neutras, responden a las ideologías y a las presiones de la época. La exaltación de la globalización, el pretendido triunfo del neoliberalismo, llevó a muchos a soñar que éramos de nuevo una especie de colonia informal próspera del mundo civilizado, como alguna vez lo habíamos sido, y a creer que nuestro destino manifiesto era el de ser un foco cultural y material europeo (ahora americanizado) en medio de la barbarie de nuestro continente.
Esto se reflejó en numerosos libros y artículos donde se glorificaba la época del modelo agroexportador y del conservadurismo preindustrial y prepopulista. En ese marco se inscribieron las llamadas teorías “de la decadencia nacional” y del “realismo periférico”, no por casualidad basadas en el análisis histórico. Así quisieron convencernos de que la Argentina se hundió cuando pretendió transformarse en una sociedad industrializada, cuando sectores medios y bajos lograron acceder a derechos políticos y sociales que antes se les habían negado (a través del populismo yrigoyenista o peronista) o cuando algunos gobiernos trataron de tener posiciones más autónomas y dignas en el escenario internacional.
Todo lo que suponía la defensa de intereses nacionales era atacado, bajo el supuesto de que ese había sido el pecado por el cual nos habían presuntamente excluido del mundo. La historia nos enseñaba, según estos corifeos, que tratar de imitar el camino de los poderosos era inútil y peligroso pero, sobre todo, no era funcional a las elites de poder internas, de cultura económica rentística y nada afectas a convertirse en empresarios innovadores ni a repartir los frutos del crecimiento.
Ahora, que hace pocos años vivimos la peor crisis de nuestra historia, nos damos cuenta de que no sólo nos habían vendido un presente falso sino también un pasado falso. La Argentina pudo haber tenido en algún momento un Producto Bruto Interno mayor que el de algunos países europeos, o pudo haberse parecido a Canadá o Australia, pero si esos países progresaron o crecieron mucho más que el nuestro fue porque hicieron lo que nosotros no hicimos: transformarse plenamente en sociedades modernas e industrializadas, con un más justo reparto de los ingresos, al menos hasta la actual crisis mundial.
En cambio, se creyó volver a la gloria de un supuesto pasado de país rico, que amparado en un sistema internacional favorable a los intereses agroexportadores exhibió un aceptable crecimiento pero a costa de crisis económicas y notorias desigualdades sociales. Así, nos terminaron por convertir en un país pobre para la mayoría de los ciudadanos, en un inédito “granero del mundo” que no pudo alimentar a todos sus habitantes y que pasó de ser un “niño mimado” de los organismos internacionales a un marginado de la comunidad mundial. Esto como resultado, en parte, del peligroso uso de la historia para explicar o justificar las políticas presentes.
Desde vertientes diferentes y en distinto grado, historiadores y analistas en el mundo y en la Argentina empezaron a plantearse hacia las décadas de 1930 y 1940, y no es casual porque coincide con la caída del imperio británico, la Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial, formas diferentes de encarar la historia. Manifestaban, sobre todo, que la historia política y la historia económica y social estaban profundamente entrelazadas; que la sociedad tiene diversos niveles de análisis estructurales y supraestructurales (en los que interactúan el Estado y las clases sociales); que los factores internos y externos en un capitalismo globalizado se hallan cada vez más vinculados y aparecen nuevos actores no estatales con los que hay que negociar, como los organismos financieros internacionales; y que los tiempos históricos también juegan para explicar nuestra sociedad actual. Por ejemplo, que la coyuntura se explica no sólo por las circunstancias del momento sino por factores que vienen de lejos, de mediana o larga duración, como señala Braudel. Por último, que no pueden separarse los fenómenos políticos, económicos y sociales ni ignorarse los contextos históricos. Tampoco soslayar el rol decisivo de las personalidades o del azar.
Es posible y necesario, por la vastedad de los temas y conocimientos que se abordan, privilegiar algún aspecto: una biografía, un período determinado, una temática institucional, hasta una novela histórica, pero siempre articulando el conjunto de aspectos estructurales y coyunturales y teniendo en cuenta críticamente las principales corrientes de ideas que los explican.
Un ejemplo propio, el del endeudamiento externo, nos viene al caso. Qué duda cabe de que estamos hablando aquí de un aspecto fundamental de nuestra historia económica; que al mismo tiempo revela una manera dramática de vincularse con el mundo, o sea que forma parte de la historia de nuestras relaciones internacionales. Pero también tuvo que ver con decisiones de nuestros gobernantes y corresponde a la historia política, mientras que sus efectos negativos sobre nuestra sociedad lo hacen objeto de estudio de nuestra historia social. No se discute tampoco el rol que tuvo el Estado, en sus distintas instancias, ni la presión de intereses económicos y políticos de turno internos y externos. Hubo así responsables y corresponsables de ese endeudamiento.
Existieron, por otro lado, coyunturas decisivas. La primera de ellas estuvo vinculada al Golpe de Estado militar de marzo de 1976, que se planteó arrasar con las estructuras productivas y políticas existentes y construir otro tipo de país con predominio de los sectores financieros, mientras se violaban groseramente todos los derechos humanos y las libertades públicas. Y personajes nefastos que implementaron esas políticas y arrastraban sus propias historias de vida y de los sectores sociales a los que pertenecían. La “perversa deuda externa”, como se la llegó a llamar, surgió del interés de economistas neoliberales que creían en la “magia” de las finanzas para engrosar sus fortunas personales, dañando el funcionamiento del aparato productivo y comprometiendo a generaciones presentes y futuras.
Una segunda coyuntura fue la conjunción de la hiperinflación del ’89, el predominio ideológico del Consenso de Washington y la caída del Muro de Berlín. Aquí, otro gobierno, vestido con un ropaje populista del que se desembarazó rápidamente mostrando seductores contornos neoliberales, aprovechó a fondo la incertidumbre de nuestra sociedad para completar el trabajo de los militares. El endeudamiento tuvo el agravante ahora de que fue acompañado de una trasnochada convertibilidad, una irresponsable venta de nuestros activos públicos y una política exterior vergonzosa, basada en presuntas “relaciones carnales” que se revelaron inocuas a la hora en que la Argentina entró en la vorágine de la crisis.
Sin embargo, no todo se explica por las coyunturas. El largo plazo también juega. Por algo se intentó volver a revalorizar el modelo agroexportador que se había basado también, en gran medida, en el endeudamiento externo. Si hasta hubo presidentes que, hacia fines del siglo XIX, frente a las primeras crisis financieras de magnitud, juraban que millones de argentinos “economizarían hasta sobre su hambre y su sed” para responder a los compromisos externos de la deuda pública; si por algo desde más lejos aún nos resuenan los ecos del inútil empréstito Baring de 1824, que terminó de pagarse casi un siglo más tarde. ¿Cuánto del despilfarro y de la corrupción que vivimos recientemente estaba inscripto así en esas etapas de nuestra vida pública?
Un filósofo, Edgard Morin, señala: “A fenómenos simples les corresponde una teoría simple; pero no se debe aplicar una teoría simple a fenómenos complicados, ambiguos, inciertos, porque haríamos una simplificación... hay que tener en cuenta que lo simple excluye a lo complicado, a lo incierto, a lo ambiguo, a lo contradictorio”. Esto vale para el análisis histórico.
En todo caso, es necesario poder realizar múltiples lecturas de ese complejo pasado, que no tiene dueño. Todos quieren construir una historia oficial y utilizan para ello el poder del conocimiento, que es un poder como los otros; como el poder político o el económico. Lo que importa es que el saber histórico no es neutro, ni para los que lo escriben ni para los que lo leen. La política se cimenta en él. La historia de cada nación fue construida con ese fin
* Economista e historiador.
Fuente: Página /12, Suplemento Cash
11 de diciembre de 2011

sábado, 10 de diciembre de 2011

La necesidad de revisar la Historia

Publicado el 9 de Diciembre de 2011

Dejo en claro que apoyamos la preocupación del gobierno por recuperar la conciencia nacional, por superar la interpretación liberal-conservadora de la Historia Oficial y la saludamos como una nueva expresión de la política que se viene realizando en distintos ámbitos.
  La creación del Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Argentino e Iberoamericano Manuel Dorrego, incorporado a la Secretaría de Cultura de la Nación, continúa promoviendo polémicas que provocan gran confusión, no sólo en el lector común sino incluso en la militancia del campo popular. Justamente en estos momentos de profundos cambios, cuando necesitamos mayor claridad y transparencia, nos encontramos con declaraciones contradictorias, posiciones vagas, calificativos insólitos, etcétera. Y esto debe aclararse porque, en el fondo, no estamos discutiendo cuestiones historiográficas sino políticas ya que, como sabemos, “la historia es la política pasada y la política es la historia presente”. Como las confusiones no ayudan sino dañan, voy a intentar resumir los aspectos más importantes que estimo deben aclararse.
Tanto personalmente como en mi carácter de integrante de la Corriente Política Enrique Santos Discépolo considero que la “Historia Social” no impugna a la vieja Historia Oficial –cuyos “héroes” predominan aún en los institutos de enseñanza, los carteles de las calles, las estatuas, los cuadros de los colegios, los nombres de las plazas, etcétera–, sino, como reconoce Halperín Donghi: “Trata de ilustrar y enriquecer pero no poner en crisis, con sus aportes, a la línea tradicional”, pues “el país debe enriquecer pero también reivindicar la tradición política-ideológica legada por el siglo XIX”, es decir, el liberalismo conservador sustentado por el mitrismo. Asimismo, después de largos años de rendir culto al supuesto “rigor científico”, el mismo profesor ha confesado últimamente que no hay historia neutra, al referirse a su obra: “Lo que no hice, y eso evidentemente es muy objetable, pero es inevitable, es justificar la selección. Mi selección está hecha con mi criterio, es decir, lo que me parece importante. Ahora tengo una especie de adversario, el historiador nacionalista Norberto Galasso, que explica que para hacer historia hay una etapa en que se junta todo y otra en la que, desde una perspectiva militante, se explica la versión que a uno le gusta. Es una manera un poco tosca de decir lo que todos hacemos.” Y agrega: “Cuando hago una reconstrucción histórica de alguna manera, lo que es un poco desleal, es que eso lo tengo adentro, pero no lo muestro” (La Nación, suplemento Enfoques, 13/9/2008). Después de explicarle que no soy nacionalista sino que adhiero a la Izquierda Nacional, le contesté que celebraba su confesión porque, hasta ahora, “ellos, los historiadores profesionales”, eran “científicos” y nosotros, “curanderos”, y de allí en adelante, resulta que inevitablemente todos somos “curanderos”, es decir tendenciosos. (También le agregué que su referencia a mi estilo “tosco”, se entiende porque en la militancia sólo se puede ser “tosco”, y si Agustín, mejor). Pero, La Nación rindiendo culto a “su” libertad de prensa, no publicó mi respuesta.  
Dejo, pues, en claro que apoyamos la preocupación del gobierno por recuperar la conciencia nacional, por superar la interpretación liberal-conservadora de la Historia Oficial y la saludamos como una nueva expresión de la política que se viene realizando en distintos ámbitos, como el científico tecnológico, la unión latinoamericana, etcétera.
Esta aclaración resulta necesaria pues amigos y compañeros me han preguntado últimamente cuál es la razón por la cual no nos incorporamos al Instituto de Revisionismo Histórico Manuel Dorrego, atacado por los llamados “historiadores profesionales”, académicos y grandes grupos mediáticos. La causa reside en que desde el Centro Cultural Discépolo venimos trabajando desde hace muchos años en defensa de “La Otra Historia” (sobre la cual publicamos 30 cuadernillos allá por 1997 y diez DVD, últimamente, en coproducción con el INCAA) y hemos venido sosteniendo charlas-debate, polémicas y ciclos (como en el ND Ateneo, con 600 concurrentes) y que últimamente ha llevado a nuestro grupo a hacer capacitación en la Cancillería por invitación de ese excelente historiador que es Carlos Piñeiro Iñiguez, en agrupaciones militantes del campo nacional, en organizaciones sindicales, congresos docentes, etcétera. Asimismo, hemos publicado cuatro tomos titulados Los Malditos, a partir del 2005, gracias al apoyo de Hebe Bonafini, en su editorial de Madres de Plaza de Mayo (y probablemente pronto lancemos un quinto tomo) donde recuperamos aproximadamente 500 argentinos silenciados por la clase dominante. El mismo grupo lleva ya tres años dando seminarios de Historia Argentina en el ámbito universitario y ha publicado, por encargo del director de Escuelas de la provincia de Buenos Aires, profesor Mario Oporto, El Cronista del Bicentenario, que va por el número 6, destinado a las escuelas bonaerenses. De toda esta labor surgió, desde hace ya mucho tiempo, el proyecto de constituirnos en Centro de Estudios Históricos, Políticos y Sociales Felipe Varela, en una línea de interpretación histórica que calificamos de federal-provinciana, latinoamericana o socialista nacional. Este Centro de Estudios se fue demorando pero últimamente avanzamos en su concreción y se lanzará el próximo viernes 16 de diciembre, en Rivarola 154, a las 19:30 horas.
Resulta obvio que después de trabajar en equipo durante más de una década, carecía de sentido disolvernos para incorporarnos al nuevo Instituto, en el cual se advierte un espectro de posiciones muy amplio. Con él no tenemos problemas en trabajar conjuntamente –aun cuando algunos de sus miembros colaboren en La Nación y Clarín, lo cual no resulta de nuestro agrado, pero en la tolerancia propia de la vida democrática no impediría acciones en común siempre y cuando quede en claro que el propósito no es conciliar con la historia mitrista ni con la Historia Social, sino polemizar profundamente, oxigenando el ámbito de nuestra enseñanza, con las ventanas abiertas para que ingresen los vientos populares, pues tanto la historia como la política no sólo se hacen con documentos y declaraciones sino con la vida misma a través de la militancia (Nosotros salimos tres o cuatro veces por semana, durante los últimos años, a dar charlas en el Conurbano, donde estimamos hay más receptividad para nuestras ideas que, sin ánimo de molestar a nadie, en una universidad privada de ciencias o en las academias. Sólo de ese modo, llegando al pueblo, la historia cumple la función, como la poesía, de “ser un arma cargada de futuro”).
Por esta razón, preferimos continuar trabajando con el mismo criterio con que lo venimos haciendo, lanzando tozudamente libros y debates, desde el Felipe Varela, que funcionará como una colateral de la Corriente Política Enrique Discépolo, cuyo apoyo al gobierno nacional –desde una perspectiva independiente– es público a través de nuestro mensuario Señales Populares y de todas las intervenciones radiales y televisivas a las que concurrimos.
De modo tal, resumiendo, que los campos están claramente delimitados. El mitrismo y sus descendientes, la Historia Social, los autodenominados “historiadores profesionales”, entre los cuales hay algunos valiosos, pero que en general no se caracterizan por importantes investigaciones, están en la vereda de enfrente a la nuestra. El nuevo Instituto Dorrego, en la medida que integra la Secretaría de Cultura de un gobierno nacional y popular como el que preside Cristina Fernández de Kirchner se colocará, a través de sus publicaciones y actos, en la misma vereda nuestra, aunque en muchas cuestiones tendremos interpretaciones no coincidentes (por ejemplo: Moreno-Saavedra; Rosas–el Chacho y Felipe Varela, etcétera).
Si no fuera porque algunos todavía son temerosos de recurrir a ciertas figuras peligrosas diríamos que lo deseable y esperable es que ambos institutos “golpeemos juntos, pero marchando separados” para poner fin a las fábulas que todavía hoy confunden a los estudiantes, ya sea las provenientes del nacionalismo clerical, del pretendido neutralismo científico o de la “izquierda abstracta”. Ello ayudaría seguramente a la profundización del modelo en los próximos años.
Fuente: Tiempo Argentino
9 de diciembre de 2011