lunes, 20 de febrero de 2012

El retorno de Malvinas

 Artículo para Aluvión Popular

En torno al histórico reclamo de la soberanía argentina sobre las islas Malvinas se anudan una serie de cuestiones de la máxima importancia. Aunque dicho reclamo nunca desapareció del todo, sí es cierto que existió una fuerte y perdurable campaña de “desmalvinización”, que tendió a asociar guerra, dictatura y Malvinas. En el reciente acto encabezado por la Presidenta Cristina Fernández de Kirchner ese núcleo duro de la construcción hegemónica conservadora fue desmenuzado. La Presidenta anudó claramente soberanía con democracia, en un horizonte general de memoria, verdad y justicia. Con ello se le quita sustento a la burda operación imperial que busca deslegitimar permanentemente el reclamo argentino con la referencia a la última dictadura militar. Y sobre todo, se recrean las banderas históricas del movimiento nacional (que engloba por supuesto a la causa Malvinas) con las resonancias de las tareas pendientes y los desafíos siempre renovados de construir un país justo, libre y soberano. El pueblo es el sujeto de la soberanía política y la soberanía nacional, por eso no podrá ya disociarse el eje democracia /soberanía.
Por cierto, la causa Malvinas no involucra solamente a nuestro país como damnificado por el colonialismo británico. Es un problema de soberanía y seguridad para toda la región. Y ésta cuestión resulta cada vez más clara para ciudadanías y gobiernos latinoamericanos. El apoyo activo de otros Estados de la región no es solo plataforma diplomática en la puja con el Reino Unido, sino una de las facetas del actual proceso de integración y unidad latinoamericanas. No es casual que esas muestras activas de solidaridad (que conocen antecedentes importantes de todos modos) se manifiesten en una época histórica marcada por la construcción de UNASUR y la constitución de la CELAC. Por cierto, este es camino complejo, azaroso y a largo plazo. Como lo será nuestra lucha por la reivindicación de la soberanía territorial y por una descolonización integral. Por eso, hoy más que nunca, Malvinas es una causa Latinoamericana.
Ha quedado establecido claramente también, en las palabras de la Presidenta y en el curso de acción del Estado argentino, el carácter predominantemente diplomático en la concreción del reclamo argentino. Es parte de la apuesta sudamericana para la construcción de una región de democracia y paz, como una de las razones de ser de UNASUR. Es también una crítica al belicismo inmanente al neocolonialismo global, como se evidencia en Medio Oriente y otras regiones del mundo en las cuales “intervienen” los países metropolitanos, especialmente EEUU (por cierto, Inglaterra suele participar en esas “aventuras” asociada al gigante del Norte). La opción por la democracia y la paz en nuestra región latinoamericana no solo expresa el anhelo común de los pueblos, sino una acción inteligente y realista de defensa soberana. El conflicto armado abierto, la lucha “antiterrorista”, la guerra de baja intensidad y otras formas igualmente bélicas son una de las herramientas fundamentales del neocolonialismo global para “quebrar” las resistencias de los países periféricos, asegurar la preeminencia del Norte en una etapa caracterizada por la crisis económica global, y sustentar la anti utopía de un mundo gestionado como un “mercado” (lo que requiere un “gendarme” por supuesto). La mayor influencia estadounidense en la región (como vemos en el caso de Colombia y ahora también de México) está asociada a una fuerte conflictividad interna, que desmadra en violencia armada. No es casualidad.
Pero la lucha contra el colonialismo y por la paz no es solo algo que involucra a esta región, sino que, como mencionamos antes al aludir a la intervención metropolitana en Medio Oriente y los países árabes, es una problemática global. Por eso recibimos el apoyo de otros países como China. Por eso también nuestra Presidenta reseñó la cantidad de enclaves coloniales desparramados por el mundo (con un importante “protagonismo” británico). Por supuesto, todo esto debe enlazarse en un horizonte general de la búsqueda de un orden mundial más igualitario, pues se sabe que un enclave con ocupación militar directa no es la única forma de colonialismo. Nuestro país, de la mano de la actual administración nacional, ha tenido una presencia destacada en los foros internacionales poniendo de relieve la necesidad de disminuir las asimetrías internacionales y reivindicando el derecho de los pueblos del Sur a un orden más justo. Por lo tanto, no puede llamar la atención este posicionamiento del Estado argentino en la cuestión Malvinas, ni la importancia que adquiere en el llamamiento gubernamental. No es recurso amañado de último momento, ni cobertura para otras cuestiones como parecen insinuar las usinas de operaciones mediático-políticas de los grandes monopolios de la comunicación. Las empresas mediáticas que fueron cómplices de la dictadura genocida no parecen las plataformas más adecuadas para las referencias manipuladoras a Galtieri. Falta honestidad intelectual en sus operadores, y también patriotismo. El viejo Jauretche tenía reservada una palabra para estos exponentes de la Argentina colonial.
Más serias intentan presentarse las alusiones a la “autodeterminación de los pueblos”, curiosas en la boca del imperio británico y de algunos “comunicadores” argentinos. Indudablemente, la autodeterminación de los pueblos es una de las nociones centrales de las luchas liberacionistas y antiimperialistas del siglo XX. Y debe ser hoy también uno de los pilares necesarios de un orden mundial más justo e igualitario. La autodeterminación de los pueblos no es amenazada ni violada por países como Argentina, sino por el club de los poderosos del mundo. Las patéticas expresiones del gobierno inglés al respecto moverían a risa si no hubiera algún despistado local también. La autodeterminación de los pueblos está vinculada a las luchas de los pueblos y naciones sometidos por diversos colonialismos históricos, a la reivindicación de un Estado propio por aquellas comunidades identificadas que no solo carecen de autogobierno y control de los territorios en los que están asentadas, sino que son sometidos a formas de dominación política, violencia y explotación por nacionalidades dominantes que sí controlan un propio aparato estatal. Esa dominación sobre distintas poblaciones a lo largo y ancho del mundo es herencia de la expansión capitalista-moderna a partir del siglo XVI, y se sustentó en diversas formas de estigmatización étnico-racial, de infravaloración cultural, y de explotación económica. Nada de eso se presenta en la población “kelper”. Los kelper no son una comunidad originaria sojuzgada en el ciclo moderno de la expansión colonial. Tampoco son una población que reivindica su soberanía estatal frente al poder político-estatal-militar-económico efectivamente dominante en el territorio que ocupan (¡que no es Argentina sino el Gran Bretaña!), sino que se reivindica parte del Reino Unido, súbditos de la Corona, y base del poder naval-nuclear del imperio. Es decir, nada que ver con la autodeterminación de los pueblos. Todo esto, no va en desmedro del respeto como personas de la población kelper. Pero sí va dirección a la justa aclaración de los términos y de la precisión de las cuestiones que están en juego: la actual población isleña no puede definirse como una etnia, un pueblo o una nacionalidad oprimida, sino que es parte de la población colonizadora y se reivindica súbdito de  la Corona. Aclarar la discusión es parte de la secular lucha por la soberanía territorial de nuestra Argentina.


Germán Ibañez  

sábado, 11 de febrero de 2012

El “ajuste” y los usos del lenguaje

El lenguaje, ese misterio que nos atraviesa de lado a lado, construye nuestra relación con el mundo y define los núcleos esenciales de nuestra vida social. Las palabras configuran, como si fueran la materia prima de un caleidoscopio, la espesura de una realidad que no se deja decir de una sola manera, del mismo modo en que cada letra o cada signo del lenguaje guarda, en su interior enigmático, lo diverso y caudaloso, aquello que impide la unilateralidad o el monolingüismo que se cree portador de la única manera de decir el mundo. Por eso el idioma ha sido un extraordinario campo de querellas, litigios y disputas allí donde la configuración del “sentido” de las cosas otorga un poder siempre anhelado. El lenguaje, entonces, como lo que brota de los rincones más recónditos de la psique humana entrelazándose con los ejercicios que habilitan los vínculos intersubjetivos y les dan forma a los distintos mecanismos sociales de los que emanan las más diversas estructuras del dominio, la fraternidad, la violencia, la sospecha, la esperanza, el odio y el amor. Sin el entrelazamiento fabuloso de las palabras que dan lugar al habla no habría, sencillamente, ninguna de todas estas vivencias sin las cuales nada de lo humano siquiera podría comprenderse.
Por eso, y dicho una vez más, el lenguaje imprime sentido a nuestra manera de entender la realidad, pero no lo hace de una manera neutra y objetiva, como si fuera un acto virtuoso en el que cada uno de los hablantes sólo dice, a través de la palabra pronunciada, la verdad del mundo. El lenguaje, que nos toma de sorpresa cuando rompe las barreras de la conciencia a través de la irrupción del fallido, es esa alquimia de memoria inconsciente, habla materna, arquitectura espontánea de nuestro estar en el mundo, belleza poética y violencia que brota de su exigencia de ordenar y controlar la pluralidad de lo que es. Pero también es ideología, instrumento de dominio y de sometimiento, velo y manipulación que contribuyen a perpetuar hegemonías y poderes que, desde antiguo, saben de la inconmensurable potencia de las palabras para suscitar adhesión, miedo y aceptación pasiva. Y, a la inversa, en su interior profundo también chisporrotean las palabras de la rebeldía, del sueño utópico, de la emancipación y de la esperanza sin las cuales todo sería infinitamente más oscuro.
Lo sabemos sin necesidad de ser semiólogos, lingüistas o lectores del diccionario del uso del español de la inconmensurable María Moliner que parece haberles seguido la pista y las huellas a todas las palabras de nuestra lengua: más allá del sentido literal cada palabra guarda no sólo un plus siempre enigmático y una ambigüedad que vuelve fascinante la multiplicidad de sentidos que puede contener y que hace más rica la existencia de los seres humanos habilitando también el territorio de la literatura y la poesía que muestra la fecundidad inagotable del idioma, sino que, también y fundamentalmente, responde, la circulación del lenguaje, a los usos políticos, culturales, mediáticos e ideológicos que le imprimen, casi siempre, su espesor y el modo como impactan en la vida de una sociedad. Nunca, y eso también lo sabemos, el lenguaje es puro e inocente ni se asemeja a las aguas cristalinas de un arroyo de montaña; a medida que va recorriendo las formas laberínticas de la comunicación su densidad y su opacidad se le agregan como si fuera una segunda naturaleza y cada una de las palabras va siguiendo un camino que se escinde de su sentido original abriendo nuevas significaciones que se relacionan directamente con las mutaciones de la propia realidad. Lo que, en todo caso, el lenguaje o el idioma nunca deja de guardar son las sedimentaciones que su uso va dejando en la memoria cultural. Lo sepamos o no somos en la medida en que el habla nos atraviesa dejando sus marcas y abriendo continuamente un doble horizonte: el que nos hace viajar hacia el pasado trayéndonos las connotaciones que se esconden en el interior de una palabra que regresa sobre nuestra cotidianidad y aquel otro que le da forma a nuestro hacer transformador haciéndonos girar, también, alrededor de las mutaciones del propio lenguaje con el que construimos nuestro mundo. Una misma palabra, eso también lo sabemos o lo intuimos, tiene diferentes impactos allí donde cada momento histórico le otorga sus propias cualidades.
En una época atravesada de lado a lado por los lenguajes de la comunicación y de la información y en la que hay una relación estrecha y decisiva entre empresas massmediáticas y disputa por el sentido, resulta de una ingenuidad algo más que sospechosa creer que el uso y abuso de ciertos términos es el resultado de un juego espontáneo en el que la propia lógica de la comunicación social hace rodar palabras y conceptos que ocupan fuertemente la escena pública sin que tengan otra connotación que la mera casualidad o el juego azaroso a través del cual circulan las diferentes expresiones o, incluso, imaginar un espacio público armonioso en el que la comunidad de hablantes se relacionan a través de reglas de juego claras y racionales que hacen posible una comunicación amplia y democrática sin tomar en cuenta las presiones, las posiciones dominantes, los mecanismos opacos y los ruidos de toda trama comunicacional que, por supuesto, también incluye a la violencia. Nada de eso. La circulación de determinadas palabras se relaciona directamente con ciertas “operaciones” que suelen ofrecerle, al lector crítico y atento de eso que llamamos “realidad”, las pistas como para descifrar qué se suele esconder detrás de la proliferación de tal o cual término repentinamente puesto de moda y repetido hasta el hartazgo por los grandes medios de comunicación en sus diferentes versiones gráficas o audiovisuales. Y así como la lengua guarda en su interior una fuerza emancipatoria y un espíritu libertario que, pese a manipulaciones, censuras y represiones, persiste, también es portadora de envilecimientos y caídas en abismo (como escribía George Steiner refiriéndose al idioma de Goethe, el uso que de él hizo el nazismo lo contaminó profunda y decididamente volviéndolo cómplice de la barbarie). Rescatar a una sociedad del horror dictatorial es, también, rescatar su idioma poniéndolo, de nuevo, al servicio de la libertad. Algo de eso sucedió entre nosotros durante los años de la dictadura y sus consecuencias en el habla de los argentinos se continuaron por mucho tiempo. Un sistema de opresión económico-social, como lo es el capitalismo neoliberal, también actúa a través de la manipulación del lenguaje y de condicionar al propio sentido común. El lenguaje puede ser una tremenda correa de transmisión de terror y disciplinamiento social, político y económico.
Una de esas palabras que adquieren un determinado uso que va más allá de su sentido literal es “ajuste” (no deja de tener cierto interés, y de nuevo un modo de comprobar los cambios de sentido o de uso de acuerdo a las mutaciones históricas, que cuando María Moliner compuso su diccionario, allá por 1966, la bendita palabra remitía a muchas cosas menos al uso que hoy tiene en el terreno económico y a su inmediata connotación ideológica). Su sola mención abre una pequeña o gran conmoción en quien la escucha o en quien la pronuncia remitiendo, al receptor o al emisor, a experiencias ya vividas o absorbiendo, entre consciente e inconscientemente, un significado que, por ejemplo entre los argentinos, nos envía hacia un déjà-vu que no deja de erizarnos la piel allí donde nos recuerda su uso a destajo para avanzar, cada vez más, hacia una política devoradora de derechos, de conquistas sociales, de trabajo y hasta de dignidad en nombre de necesidades mayores y grandezas futuras que, en el mientras tanto, no hicieron otra cosa que dejar un tendal de daños y dañados que abarcaron la casi totalidad de la sociedad.
La palabra “ajuste”, que hoy regresa brutalmente en la sociedad europea, a nosotros nos remite al ultraliberalismo del viejo Alsogaray con su metáfora tan elocuente de “ajustarse el cinturón” para “pasar el invierno” y, más cerca en el tiempo, al corazón de las políticas neoliberales que hegemonizaron el sentido común durante la década del ’90 (“Achicar –sinónimo en este caso de “ajustar”– el Estado es agrandar la Nación”, expresaba a los cuatro vientos un famoso constructor de opinión pública y un aventajado publicista de las necesidades del poder económico que se ocupó, durante mucho tiempo, de martillar sobre el uso del lenguaje sabiendo que allí se encontraba el centro de la disputa y la posibilidad de reproducir un sentido común capturado por la retórica del neoliberalismo). Una palabra, por otro lado, que quiere ser aséptica allí donde busca, vía la lógica del eufemismo, esconder el impacto de una determinada política que suele descargar todo el peso del “sacrificio” sobre las mayorías populares mientras sostiene a rajatablas el interés de los poderosos. Más difícil que encontrar una aguja en un pajar resulta encontrar algún momento político-social en el que el uso del término “ajuste” no haya ido en detrimento de esas mayorías. Su sola mención eriza la piel y nos pone a la defensiva (sería interesante preguntarles a griegos, italianos y españoles qué sienten al escuchar, una y otra vez, que sus dirigencias políticas la pronuncian con tanta asiduidad y liviandad).
Lo paradójico del “retorno” de la palabra “ajuste” entre nosotros es que los que no se cansan de pronunciarla, a la hora de hablar de las actuales políticas económicas del gobierno de Cristina, son los mismos que sostuvieron, en los años del verdadero y brutal ajuste, todas aquellas acciones, desde Menem y Cavallo en adelante y que condujeron a la peor crisis social de nuestra historia, que recién comenzaron a ser revertidas cuando, de un modo inesperado, Néstor Kirchner llegó a la presidencia del país y comenzó un nuevo ciclo histórico que tuvo como norte orientador cambiar de raíz la lógica neoliberal. Y cambiar algo de raíz, es decir someterla a la crítica, supone también modificar el sentido común y la persistencia de un idioma capturado por los engranajes discursivos y prácticos de un sistema, en este caso el neoliberal, que se encargó no sólo de transformar la estructura económica sino que también buscó alterar radicalmente la visión del mundo de la sociedad modificando, a su vez, la manera de decir y de relatar ese nuevo tiempo social, político y económico. De ahí el esfuerzo de dar una batalla por el relato que no se quedara en la simple constatación de las diferencias entre aquel modelo estructurado alrededor de la valorización financiera y este proyecto que intenta avanzar hacia otro modelo de acumulación que tenga en cuanta una más equitativa distribución de la riqueza.
Lo que la corporación mediática, centro neurálgico de la verdadera oposición, busca al reintroducir la palabra “ajuste”, como un modo de “sincerar” la “sintonía fina” de la que viene hablando Cristina como característica de la actual etapa, es vaciar de contenido político-ideológico al kirchnerismo denunciando su esencial “impostura” allí donde una cosa sería su retórica y otra sus acciones de gobierno. Según la oposición mediática (a la que ahora parece unírsele, creemos que por una falsa interpretación de la realidad y por una errónea política de disputa de liderazgo, un Hugo Moyano que parece haber “descubierto” que el kirchnerismo es igual al menemismo y que no hace otra cosa, finalmente, que equivocar el camino poniendo en entredicho los intereses y conquistas de los trabajadores a los que dice representar, intereses y conquistas que se multiplicaron en ocho años de una interesante alianza que nunca dejó de estar exenta de tensiones y contradicciones como parte de la complejidad de la vida democrática y de los difíciles equilibrios entre los intereses particulares y los intereses generales) estaríamos delante del final “del viento de cola” y, por lo tanto, del gran simulacro para regresar, aunque el Gobierno no lo diga, a las tradicionales políticas de ajuste.
No eludir la disputa por el sentido implica, en este caso, desarmar la operación de la corporación mediática que intenta dañar al Gobierno apelando a lo que supuestamente sería un “giro a la derecha”, y una manera de hacerlo, de desarmar esa intención, es darle contenido histórico y densidad política al uso, nuevamente, de ciertas palabras en contraposición a otras. Oponer la palabra “igualdad”, que Cristina ha vuelto a poner en el centro de la escena, a la palabra “ajuste” implica, una vez más, estrechar las relaciones entre el lenguaje y los grandes cambios de la vida social. Y eso, estimado lector, siempre lo supo la derecha que buscó ser la dueña del sentido común.
Por otro lado, la palabra “ajuste” moviliza inmediatamente en el inconsciente colectivo la memoria de épocas de vacas flacas y de pasividad social en las que los inescrutables dioses del mercado determinaban a su antojo la vida de los insignificantes ciudadanos de a pie que no podían hacer otra cosa que rezar para que la tormenta no se descargara sobre ellos con toda su violencia. Durante los años ’90 el uso y abuso de determinadas palabras y conceptos por los economistas del establishment tuvieron la función de disciplinar y aterrorizar a una sociedad que no sabía de qué manera salir del atolladero a que esos mismos economistas ideológicamente serviles al poder concentrado condujeron, en alianza con sectores políticos travestidos, a un país desencajado e inmovilizado. El retorno oportunista de la palabra “ajuste”, una y otra vez replicada por periodistas y analistas de los medios de comunicación concentrados, apunta, como el famoso “viento de cola”, a confundir a la población haciéndole creer que, como tantas veces en el pasado, en la Argentina siempre acaba sucediendo lo mismo: las mayorías pagan el dispendio y el exceso de gasto de gobiernos demagógicos y populistas. Desmontar esta estrategia supone dar la pelea en el terreno del lenguaje. No hacerlo es dejarse absorber por una retórica que sabe de qué manera crear las condiciones para influir sobre la opinión pública y el sentido común.

lunes, 16 de enero de 2012

--- LA TOMA DEL “LISANDRO DE LA TORRE”

Por Germán Ibáñez

En enero de 1959 se produce en la ciudad de Buenos Aires, concretamente en el barrio de Mataderos, una de las más importantes huelgas obreras de aquel período, por su contenido simbólico y político: la toma del Frigorífico Municipal “Lisandro de la Torre”.

El conflicto terminó involucrando no sólo a los trabajadores del establecimiento, sino a los vecinos y la comunidad de Mataderos que se sumaron a la protesta a raíz de la represión y protagonizaron una auténtica insurrección urbana.

Gobernaba desde el año anterior el presidente Arturo Frondizi, por la Unión Cívica Radical Intransigente (UCRI) en el marco de la proscripción política del peronismo y del poder de veto permanente de las FFAA. Aunque había obtenido gran parte de sus votos del peronismo (acuerdo con Perón mediante) muy pronto se aleja de las garantías propuestas de una política económica nacionalista y comienza la negociación con el FMI, así como el acercamiento a los EEUU.

Tales lineamientos constituían una necesidad para la estrategia económica del frondicismo, que buscaba impulsar el desarrollo industrial del país a través de la promoción de la inversión extranjera.

En su preparación de la primera visita oficial a Estados Unidos, Frondizi necesitaba demostrar la decisión de su gobierno de avanzar por tales rumbos, de la misma manera que su absoluto control de la situación política y social del país.

En ese contexto se jugará la suerte del Frigorífico Municipal “Lisandro de la Torre”. El gobierno nacional planteará la privatización del establecimiento aduciendo, entre otras razones, se balance deficitario. El comprador preferencial era la Corporación Argentina de Productores (CAP), con la cual el gobierno de Frondizi buscaba una alianza.

Por su parte, los trabajadores del frigorífico no sólo manifestaron su oposición al proyecto de privatización, sino que elaboraron alternativas que buscaron acercar al gobierno nacional.

El gremio estaba encabezado por Sebastián Borro, quien acababa de ganar las elecciones de la mano de una lista peronista.

Las prácticas sindicales impulsadas por Borro y sus compañeros eran notablemente democráticas, incluyendo el funcionamiento regular del cuerpo de delegados y la convocatoria a Asamblea para los temas de relieve. El total de trabajadores del frigorífico era de 9000 personas.

En los primeros días de enero de 1959 el presidente Frondizi envía al Congreso el proyecto de ley que incluía la privatización del “Lisandro de la Torre”. La UCRI tenía mayoría en el Parlamento, por lo cual el proyecto se aprobó rápidamente.

Los obreros se movilizan antes con consignas que aludían a la defensa del patrimonio nacional. Una de ellas, “Señores diputados, no me entreguen; quiero ser nacional”. Piden también una reunión con Frondizi, que recién obtienen cuando el proyecto ya está aprobado. No llegan a un acuerdo con el presidente y quedan expuestas dos concepciones del desarrollo nacional.

El 14 de enero se convoca a una asamblea general en el Frigorífico, y los obreros ya permanecen en el edificio en la noche del 15 de enero. Comienza la toma del establecimiento, con una cuidadosa organización y el apoyo del barrio.

El gobierno de Frondizi moviliza una enorme fuerza policial y militar para desalojar el establecimiento. Esa movilización represiva incluyó tanques de guerra Sherman; uno de ellos arrolla los portones del Frigorífico y comienza el desalojo con intensos enfrentamientos que acaban con 95 detenidos y varios heridos.

El gremialismo nacional decreta la huelga nacional en solidaridad pero los principales dirigentes son detenidos. Será en el barrio de Mataderos donde continúe el conflicto por varios días: levantamiento de barricadas, cortes de luz, quema de tranvías.

Familiares, amigos y vecinos de los trabajadores pelean infructuosamente contra la represión y el proyecto gubernamental y sólo al cabo de varios días comienza a normalizarse la situación.

El proyecto frondicista pasará, sin embargo la huelga del Lisandro de la Torre formalmente nunca será “levantada” y quedará como testimonio político de la resistencia obrera a la entrega del patrimonio nacional.

Publicado por Telam
15 de enero de 2012

miércoles, 11 de enero de 2012

Los límites, los distraídos y la política

El gobernador Scioli se manifestó sorprendido ante los análisis que se formularon, por supuesto de naturaleza política, respecto del picadito de casados contra casados que jugó con Mauricio Macri. 
Diez días bastaron para pensar que 2012 puede ser, en la Argentina, y por qué no en el planeta Tierra todo, el año de las perplejidades. Durante ese inicial y breve primer período del calendario recién estrenado, el buque insignia de la corporación mediática concentrada, es decir el diario Clarín, y varios de los hablantes dizque opositores –resulta difícil calificarlos así, a secas– no pudieron ocultar su decepción y tristeza ante la feliz noticia de que la presidenta de los argentinos no padece cáncer; el gobernador de la provincia de Buenos Aires, con todo el peso específico que esa jurisdicción tiene sobre el escenario nacional, se manifestó sorprendido ante los análisis que se formularon, por supuesto de naturaleza política, respecto del picadito de casados contra casados que jugó con Mauricio Macri, intendente capitalino y parece ser que esperanza blanca del espectro oligárquico restaurador, que en principio prefiere desplazarse por fuera, a diferencia de sus pares que se mueven por dentro (¿se entiende, no?); y como comencé incluyendo al planeta Tierra, como sinónimo de espacio global, por ahí pudieron verlo y escucharlo a mister Barack Obama, congratulándose por la disminución, en los Estados Unidos, de los índices de desocupación y trabajo precario, en medio de un maremoto crítico en todas las economías centrales, las que, al decir reciente de algunas cabezas corporativas del Reino Unido, deberían estar preparadas para la implosión del euro. ¿La alianza Atlántica entre Londres y Washington como constante?
La agencia de noticias bonaerense AgePeBa, en su habitual sección sobre medios de comunicación, desmenuzó días pasados los mecanismos discursivos de Clarín a la hora de desinformar a la sociedad sobre los episodios de diagnóstico, intervención y conclusiones que envolvieron al estado de salud de Cristina Fernández de Kirchner. El periodista Nicolás Wiñazki había sostenido el domingo último, muy suelto de cuerpo, que la presidenta “fue dada de alta ayer, tres días después de que fuera operada por un cáncer en la glándula tiroides, un diagnóstico que, ahora se sabe, era errado”.
Y sostuvo el informe de AgePeBa: “Las suspicacias quedaron a cargo de Susana Viau, quien arranca su artículo de opinión (del mismo domingo) de la siguiente forma: ‘Ninguno de los partes referidos a la salud de Cristina Fernández llevó la firma del equipo tratante. Fueron los integrantes de la unidad médica presidencial quienes, invocando la palabra del cirujano Pedro Saco y del jefe del servicio de medicina interna Daniel Grassi, se ocuparon de transmitir las alternativas de la intervención quirúrgica y el desarrollo del período post operatorio. (…). Por fin, junto con la comunicación del alta, Alfredo Scoccimarro, su vocero, informó que la paciente no tiene cáncer’.”
El lunes, Tiempo Argentino se encargó de desmentir semejante despropósito desinformativo, con toda la documentación médica del caso; y ayer, al hablar ante los micrófonos de la emisoras Del Plata y Continental, el secretario general de la Presidencia, Oscar Parrilli, fue contundente: “Cuando se dio toda la información, y cuando felizmente no tenía (la presidenta) lo que se le había diagnosticado, se rebelan (los medios del grupo que conduce Héctor Magnetto) contra la realidad, y como la realidad no está de acuerdo a sus intereses económicos y políticos, intentan tergiversarla”.
Por otra parte, basta revisar las cuentas Twitter de muchas de las caras visibles de la oposición – no voy a aburrir al lector con la lista de nombres-, para constatar que las manifestaciones de casi todas ellas transmitían con claridad un principio que, desgraciadamente, tiene un patético antecedente en la historia de los discursos políticos de nuestro país, sólo que esta vez no se atrevieron a escribir “Viva el cáncer”, como sí lo hicieron en tiempos de Eva Perón: las pintadas callejeras podían ser anónimas, los registros digitales dejan huellas, pero no hace falta escarbar mucho entre la mugre de las conciencias de la Argentina gorila para descubrir que esos dirigentes políticos se entristecieron porque Cristina no está al borde de la muerte. Cruzaron un límite.
No todas las perplejidades de las que hablamos pertenecen a la misma dimensión moral; aunque se registraron otras, no dejan de llamar la atención.
El gobernador Scioli tiene razón cuando dice que el tiempo que lleva dentro del espacio de gobierno inaugurado en mayo de 2003 lo exime de tener que dar constantes explicaciones. Sin embargo, y sin perjuicio de que no todos los que están son ni los que son están, un político tan avezado como él no puede desconocer, digamos que la completud simbólica de sus actos; a la vida pública de la Argentina debe tenerle sin cuidado la longitud en el tiempo de las amistades personales de sus gobernantes; sí les debe interesar el carácter político de las relaciones que ellos, amigos íntimos o no, tengan entre sí.
Por ejemplo, si en vez de jugar un picadito con Macri, un gobernante de alcaidía que dice y hace todo exactamente al revés de lo que dice y hace el espacio nacional al que Scioli asegura pertenecer, este hubiese compartido un asado o un partido de truco con la ministra Nilda Garré, quien impulsa políticas públicas de seguridad democráticas y transformadoras, claramente enfrentadas a las del ministro bonaerense Ricardo Casal, las interpretaciones necesariamente políticas de la agenda deportiva del gobernador hubiesen sido de otro tenor.
En ese sentido, su vice, Gabriel Mariotto, tal vez hubiese podido conversar de política y no de fútbol cuando los periodistas lo interrogaron acerca de su opinión sobre la imagen de Scioli y Macri en cortos y con botines de goleadores. En cambio, tuvo que resaltar algo que resulta obvio, que ninguno de los dos está en condiciones de jugar en primera división; o alguien en su sano juicio puede creer que Mauricio tenga chance de ser convocado por Julio Falcioni para remplazar a Román, y que Sicoli esté a punto de recibir una llamada telefónica de Matías Almeyda para sumarse a River a su desesperado intento por salir de la segunda letra del abecedario. No, de ninguna manera, un político tan avezado como el jefe administrativo de la provincia de Buenos Aires seguro sabe muy pero muy bien que ni una ni otra posibilidad pertenece al mundo del ser; cómo no quedarse perplejo ante semejante distracción o mirar para el otro lado, simulando sorpresa por la derivaciones necesarias de las acciones propias, casi en tono de destino.
Estos primeros diez días del año transcurrieron entonces de forma tal que resulta imposible conciliar el sueño sin pensar antes, aunque sea un rato, en algunas infamias y ciertas extrañezas: entre las primeras, el orden semántico de Clarín ante la enfermedad de Cristina Fernández de Kirchner y los deseos de enfermedad y muerte de los opositores twitteros; entre las segundas, la cercanía cromática entre los colores naranja y amarillo.
Fuente: Tiempo Argentino
Publicado el 11 de Enero de 2012

jueves, 29 de diciembre de 2011

“Ley 26.522: Hacia un nuevo paradigma en comunicación audiovisual”

Un libro insoslayable para comprender en profundidad la naturaleza y los alcances de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual. Analizado para AgePeBA por una de las autoras comprometidas con su texto.

Por Mariana Baranchuk | En la introducción, y antes de adentrarnos para analizar el corazón de la ley, se hace un “racconto” de lo que ha sido la batalla por su promulgación desde la recuperación del Estado de Derecho hasta el presente, incluido el comienzo de lo que la Presidenta ha dado en llamar el auge del “derecho cautelar”. Allí también se encuentra, descripto minuciosamente, el aporte que la sociedad realizó al texto definitivo de la normativa a través de las sugerencias realizadas en el debate abierto, entre la presentación del anteproyecto el 18 de marzo de 2009 en el Teatro Argentino de La Plata y su ingreso en el Congreso de la Nación el 27 de agosto del mismo año.
Luego, el libro continúa con el análisis de los pilares en los que se asienta toda la normativa: Libertad de expresión; Pluralismo y Diversidad, y Participación. Este segmento estuvo a cargo de Damián Loreti, Diego de Charras y Gustavo Bulla respectivamente.
Loreti centra su artículo en la amalgama existente entre los estándares internacionales establecidos en torno a la libertad de expresión y el texto de la Ley, y sostiene que “los cuestionamientos a la ley no surgieron por violación a la libertad de expresión presente o presunta. Surgieron por afectación a intereses monopólicos u oligopólicos…”. Por su parte, De Charras apunta a los dispositivos que la ley implementa a fin de preservar, estimular y habilitar el pluralismo y la diversidad, sosteniendo que: “Si se considera que los medios conforman un espacio privilegiado de constitución del significado de lo público, donde la disputa por el sentido conforma la percepción de la realidad social y política y desde donde se jerarquiza la agenda pública de necesidades a ser atendidas, la preocupación por la pluralidad de voces se torna un eje imprescindible”. Cerrando la sección, Bulla analiza la representación de los distintos actores en los diversos dispositivos de control, seguimiento y asesoría que la nueva Ley establece,  afirmando que “desde su concepción hasta las instancias que incluye en su articulado es, por lejos, la política pública en la actual etapa democrática con mayor intervención ciudadana que se recuerde…”.
Una nueva sección se centra en analizar “Las nuevas voces. Las voces recuperadas, resignificadas, potenciadas. Después de décadas en que la única voz audible en los medios era la de los grandes prestadores con finalidad comercial, la nueva normativa sentó las bases para una profunda transformación en marcha”. Allí, Alejandro Verano analiza el fortalecimiento de los medios públicos, mientras Eduardo Seminara realiza lo propio con los universitarios. Claudia Villamayor da cuenta de la preponderancia y el reconocimiento que la normativa otorga a los derechos a la comunicación y la cultura con identidad que sostienen nuestros pueblos originarios. Ernesto Lamas examina los aportes de los medios comunitarios a la nueva normativa y el proceso de autotransformación en ciernes: legitimidad y legalidad corriendo por el mismo carril. Cerrando el capítulo, Gustavo Granero da cuenta de la participación del sector del trabajo en la lucha por una normativa democrática y cómo la ley reconoce el lugar de los trabajadores de los medios.
Pero así como se pone la mira sobre las nuevas voces que podrán hacerse oír, también se focaliza en aquellas audiencias que el Estado considera debe proteger especialmente. Susana Vellegia y Myriam Pelazas en sus respectivos trabajos señalan que los artículos destinados a crear protecciones especiales están en sintonía con los protocolos internacionales en materia de derechos humanos.
Por último, el libro cierra con la mirada internacional: por un lado, la europea aportada por Manuel Chaparro y, por el otro, la latinoamericana a cargo de Dênis de Moraes. Mientras que Chaparro sostiene que “Europa tiene poco que decir porque hace rato que perdió su brújula”, de Moraes afirma que la legislación argentina conforma una real “fuente de inspiración de medidas antimonopólicas al alcance de los demás gobiernos progresistas latinoamericanos”.
He cumplido, de modo más descriptivo que crítico, tal vez dado el involucramiento personal con el texto del que se me pide dar cuenta. Sí creo, honestamente, que la lectura de este volumen permite comprender los ejes centrales de la Ley 26.522 y aprehender porqué es el piso que nos permite avanzar hacia “un nuevo paradigma en comunicación audiovisual”. Ahora sólo resta continuar en esa senda.
Fuente: Agepeba
http://www.agepeba.org/ 

jueves, 22 de diciembre de 2011

La derecha no necesita invitación

Está ahí, agazapada, apunta y apela a todos los recursos. Tiene a sus escribientes orgánicos, como el editorialista del Grupo Clarín, Eduardo van der Kooy, e intentará utilizar a quienes se confundieron pese a que nunca debieron haberlo hecho; ese es el caso, quiero creer que involuntario, confuso, para decirlo una vez más, del jefe de la CGT, Hugo Moyano. La expulsión de la policía del Senado provincial, una decisión histórica.
Por Víctor Ego Ducrot (*) | El líder camionero (Moyano) tuvo palabras de desprecio –“chicos bien”, dijo en forma irónica– para la juventud militante que se reincorporó a la política a partir del modelo creíble que instaló Néstor Kirchner en 2003; a la vez que el operador de Héctor Magnetto (van der Kooy), quien supo ser un joven destacado, pero por el dictador Jorge Rafael Videla, en su columna del domingo último escribió “el copamiento K de puestos clave en la Legislatura”, para referirse a la configuración política que allí quedó registrada, tras las elecciones del 23 de octubre, un acto de soberanía popular por si hacía falta aclararlo. Y la palabra “copamiento” no es casual, es la misma que con una frecuencia espeluznante utilizaban aquellos que lo premiaron.
Porque ocultan o porque enuncian, las palabras pueden convertirse en arma peligrosa, construyen sentido y hasta desatan furias contenidas; y no será la primera vez que, desde formulaciones de derecha, más allá de las intenciones de quienes las pronuncian, ellas, las palabras, son usadas para estigmatizar a la juventud: “El delito de ser joven”, recuerdo que denunciaban algunas pintadas callejeras durante la dictadura militar, la que se ensañó en forma especial, con asesinatos, torturas y desapariciones forzadas, contra trabajadores y muchachada casi por partes iguales. Los editorialistas de turno saben de qué se trata y usan ese lenguaje en forma deliberada, al fin de cuentas lo aprendieron y aprehendieron tan bien que por ello fueron galardonados. Moyano, en cambio, simplemente debería tener más cuidado.
Es esperable, y deseable, que negociadores de la Rosada y de la CGT, en ambas partes los hay y de los buenos, se sienten a dialogar para que los sindicatos organizados no dejen de estar en el lugar que tienen que estar, como uno de los sujetos centrales del proyecto de transformaciones que encabeza la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, a partir de un eje político y cultural claro y preciso, el peronismo en sus distintos matices e instancias, siendo que a ninguna de ellas se la puede calificar de “cáscara vacía”, a menos que se admita la miopía intelectual como acto de virtud; la misma que entre las huestes gremiales levanta erupciones cuando por fuera del movimiento obrero se dice que liderazgos como los de Moyano sólo son consecuencias de la falta de democracia sindical. Dos apreciaciones erróneas que en nada aportan a la sociedad de los argentinos.
Lo afirmado en cuanto a la necesidad de negociar con madurez no impide que algunos puntos y diferencias deban ser enunciados; las palabras claras son principio para toda negociación.
Así se equivoca Facundo Moyano de la Juventud Sindical, cuando en su Twitter el domingo pasado dice que el sindicato que conduce el “Momo” Venegas no es responsable del trabajo informal que aún castiga a los trabajadores rurales; Venegas y sus socios de la patronal sojera y la oligarquía reformada son los principales hacedores de esa y otras tantas tropelías contra los obreros.
Así aciertan el vicegobernador de Buenos Aires, Gabriel Mariotto, y las nuevas generaciones incorporadas a la política bonaerense activa, entre ella los militantes y dirigentes de La Cámpora, cuando frenan, el lunes de la semana pasada y en forma contundente, la escalada de ciertas bandas policiales ostensiblemente protegidas desde “la seguridad” provincial, que a título “de prueba” se atrevieron a golpear a mansalva a un grupo de jóvenes que querían estar presentes en el acto de asunción de autoridades. La reacción de Mariotto fue la justa y ajustada a Derecho: condena e investigación de los hechos y expulsión de una policía poco confiable de las dependencias del Senado; una decisión histórica a la que antes de ayer se sumó la Cámara de Diputados.
Vuelvo a traer a cuento algo que escribí la semana pasada, sobre lo meritorio que resulta tanto debate sobre nuestra Historia. Pero ya que estamos, dice la expresión popular, por qué no aprendemos (y aprehendemos) algo de ella. Entonces, las organizaciones sindicales y sus dirigentes que se reconozcan parte del modelo que encarna en la conducción de Cristina, podrán discutir y plantar reivindicaciones justas para la clase obrera ante el poder político; actitud necesaria, por otra parte, para profundizar al propio modelo, sin tener que incurrir por ello en el despropósito de cuestionarle poder y representatividad a quien legítimamente cuenta con esos atributos, y no porque lo digamos quienes concientemente acompañamos a la presidenta, sino porque así lo proclamaron las urnas de octubre.
El peronismo triunfante entre el ’46 y el golpe de Estado del ’55, e incluso el de marzo del ’73, pese a las convulsiones de aquella etapa, y todas las experiencias transformadoras en sentido popular y democrático que se intentaron durante el siglo XX y en lo que va del presente, deberían ser ejemplos suficientes para entender de una vez por todas aquello en lo que sus líderes tanto insistieron: no es cuestión entonces desempolvar el peronómetro, como lo hizo Moyano en Huracán y en forma más cuidadosa Julio Piumato el lunes a la noche por TV, al justificar el paro que a esas horas anunciaban los judiciales, sino reparar en que el principio de unidad es estrategia para la causa de las grandes mayorías; desde la unidad los proyectos transformadores se consolidan y avanzan, sin ella las oligarquías recuperan posiciones y, lo que es peor, provocan retrocesos de las cuales siempre resulta difícil recuperarse.
Para finalizar, permítanme volver a los hechos en la Legislatura, el día de la asunción de Daniel Scioli para su segundo mandato, y a los posteriores, con el acuartelamiento de la Guardia de Infantería bonaerense; una operación idéntica a las sistematizadas por las academias de inteligencia, sobre todos las estadounidenses, que vienen trabajando sobre el tema con fina atención, impulsando espíritus supuestamente sindicales entre los institutos armados; todo un capítulo en los manuales para la guerra de baja intensidad.
Esas operaciones siempre requieren, al menos, dos vectores: un estado de descomposición facciosa en el cuerpo armado que desobedece o se revela, y una cuota de apoyo político e institucional, en lo posible oculta pero sensible. Aquel lunes, en La Plata, elementos de la Policía Bonaerense –otra vez la Bonaerense– quisieron mostrar sus garras, advertir. Por suerte, la respuesta fue contundente: que queden fuera del recinto donde se expresan los representantes del pueblo, y que los órganos competentes de la propia policía y la justicia investiguen; hasta las últimas consecuencias.
(*) Columna publicada hoy por Tiempo Argentino.
Fuente: Agepeba
http://www.agepeba.org/

martes, 20 de diciembre de 2011

Mariotto "con fuerza de ley" en la provincia

Mariotto “con fuerza de ley” en la provincia
La Corriente Justicia Social organiza un encuentro de participación popular en políticas públicas en La Plata, donde se realizará un acto de “bienvenida” al vicegobernador Gabriel Mariotto. “Queremos sumarnos propositivamente a esta construcción colectiva” aseguró la dirigente Martha Arriola quien conduce esta agrupación.
Martha Arriola, actual funcionaria del ministerio de Seguridad de Nación y ex subsecretaria de Participación Comunitaria de la provincia bajo la conducción del doctor León Arslanian, en declaraciones a AgePeBa, explicó que, “desde nuestra historia, la Corriente Justicia Social quiere hacer un aporte militante al imperativo de la hora que nos señaló la presidenta Cristina Fernández de Kirchner: ´organizar para profundizar´, organización popular, participación popular en las políticas públicas”. Y agregó: “ahora, con el compañero Mariotto en la vice gobernación de la Provincia, se profundiza este camino”.
La Corriente Nacional Justicia Social convoca a un “encuentro militante de participación popular en políticas públicas” el día jueves 22 de diciembre en el Club Reconquista de la ciudad de La Plata.
Está previsto que la jornada arranque a las 15.00 con la apertura de un panel de debate y trabajo en grupos, cuyos ejes centrales son: participación comunitaria en seguridad, comunicación popular, economía social y microcrédito. Según informaron desde la Corriente, los tres ejes se basan en experiencias de gestión concretas y en los marcos legales que posibilitaron su desarrollo: los Foros de participación comunitaria en Seguridad impulsados en la provincia durante la gestión de Arslanian en el marco de la Ley 12.154; la reciente ley de Servicios Audiovisuales; y el Banco Popular de la Buena Fe, experiencia que nació en La Plata al impulsó militante de agrupaciones de base para proyectarse luego a todo el país como Programa Nacional de Microcrédito.
“Queremos convocar con amplitud a todos los sectores que crean que la participación popular organizada es uno de los aportes significativos para la construcción de una Argentina ´más justa, equitativa y solidaria´”, señaló Arriola a esta agencia. Y concluyó: “queremos sumarnos propositivamente a esta construcción colectiva: la participación popular ´con fuerza de ley´ en la provincia”.
La puesta en común de las conclusiones de los grupos está prevista para las 19:30, en el marco de un acto de “bienvenida al compañero vice gobernador Gabriel Mariotto”, según informa un comunicado difundido por la Corriente.
El encuentro promete para las 20.30 un cierre de “fiesta popular”, con Ignacio Copani como invitado.
Fuente: Agepeba