miércoles, 24 de abril de 2019

El peronismo en la Resistencia: una mirada de Cooke


El primer peronismo supuso una convergencia de clases sociales alrededor del eje clase obrera /burguesía nacional. Pero en la primera mitad de la década de 1950 esa alianza comenzó a erosionarse, facilitando el golpe oligárquico de 1955. El golpe de Estado y la política posterior tuvieron un contenido netamente burgués, pues la elite tradicional logró arrastrar a la burguesía nacional detrás de sí. Tal situación es lo que permitió a militantes políticos de la época hablar de la “traición de la burguesía industrial” (Esteban Rey). Es también la etapa de un peronismo clarísimamente obrerista, pues los asalariados, fortalecidos en el período anterior, resistieron el embate patronal recreando la identidad peronista con un sesgo más clasista. Aun así, el proceso de luchas populares conocido como la Resistencia Peronista no fue únicamente un enfrentamiento entre la clase obrera y las clases poseedoras, pues la política oligárquica tuvo como objetivo acabar con todo el peronismo. Asimismo la realidad del peronismo no será exactamente igual en el área metropolitana que en las regiones interiores del país. Ni tampoco todo el peronismo será “resistente”; esta es la etapa de la aparición de los neoperonismos y expresiones más o menos disidentes con respecto al ideal del retorno incondicional del Líder.
El contexto de emergencia y despliegue de la Resistencia Peronista es la dictadura militar conocida como “Revolución Libertadora”. Después de un breve período de tiempo, en 1955, bajo el gobierno de facto de Lonardi, en el cual la política oficial consideró posible eliminar la influencia de Juan Perón en la Argentina y convivir con un “peronismo” apaciguado, la oligarquía radicalizó su posición antiperonista. Desplazado Lonardi del gobierno, con el tándem Aramburu /Rojas se despliega inclemente la represión sobre los vencidos y sobre aquellos que cuestionaran a la Revolución Libertadora. En la instrumentación de la política de “desperonización” del país convergieron el entramado de intereses tradicionales oligárquicos, con su configuración cultural señorial aún dominante en la Argentina, y la reorientación de la burguesía industrial en pos de la racionalización de la producción (incremento de la sobreexplotación de la fuerza de trabajo, en realidad) que ya se avizoraba desde el Congreso de la Productividad. Allí está el centro de gravedad hacia el que se orientaron las Fuerzas Armadas y parte de las clases medias De allí también que el peronismo de la segunda mitad de la década de 1950 apareciera casi como excluyentemente obrero, aunque su composición siguiera siendo más compleja. Gran parte del activismo de los “comandos”, de los intelectuales de la Resistencia, y de los militares que intentaron insurreccionarse, pueden ser caracterizados como “clase media” en los cánones socioculturales de la época.
La ofensiva oligárquica /burguesa desde el Estado incluyó medidas de persecución política y proscripción del peronismo como: la disolución del Partido Peronista y la inhabilitación de sus dirigentes (también la proscripción del Partido Socialista de la Revolución Nacional, aliado de izquierda del peronismo); el famoso Decreto 4161, que prohibía nombrar a Perón, cantar la Marcha Peronista, hacer propaganda a favor del peronismo, etc. Un asunto de la máxima importancia fue la anulación por decreto, en 1956, de la Constitución Nacional reformada en 1949; luego se convocará a Convención Constituyente con el peronismo proscripto en el año siguiente. En el plano de la política antiobrera se instrumentó la intervención de la CGT, así como medidas para imponer la racionalización del trabajo y el incremento de la productividad. Esto último es fundamental para entender la dinámica del conflicto de clases, y terminará por cuajar en el período frondicista, como señala Daniel James (Resistencia e integración) entre otros estudiosos del movimiento obrero. Pero sin duda la cara más gravosa de la política oligárquica es la represión abierta: encarcelamientos arbitrarios, torturas a detenidos, ejecución de prisioneros políticos.
El proceso de luchas sociales y oposición política (pasiva y activa) a esa ofensiva oligárquica fue conocido como la Resistencia Peronista. Se trató de un fenómeno multifácetico y complejo, carente de unidad u homogeneidad, y en el que pueden advertirse diferentes vertientes, como aclara el investigador Ernesto Salas (La Resistencia Peronista: la toma del frigorífico Lisandro de la Torre). Por esa colusión que señalábamos más arriba de restauración oligárquica y contrarrevolución burguesa, es claro que la vertiente más importante en términos de su impacto en la política de aquello años y por la cantidad de personas involucradas, es la resistencia obrera. Sin embargo, dejaron larga huella también en el imaginario del peronismo las prácticas de resistencia “cultural” desplegadas por cientos o miles de activistas anónimos (pintadas callejeras, volantes artesanales, etc.). Y por cierto, la vertiente más específicamente ideológica que se manifestó en diversas publicaciones periódicas y en los escritos de intelectuales nacionales como Arturo Jauretche, Raúl Scalabrini Ortiz, Rodolfo Puiggrós y otros.
Es aquí que debe ubicarse el extraordinario intercambio político-intelectual que construyeron John William Cooke y Juan Perón en su Correspondencia. Ese intercambio epistolar por supuesto no fue conocido en la época, pero no dejó de tener incidencia práctica en la medida en que se delinearon tácticas y se plantearon directivas de acción entre el Líder exiliado y quien entonces era su Delegado ante el movimiento. Allí se dibujará una mirada de Cooke sobre el peronismo en la resistencia, y como transformarlo en una opción revolucionaria de poder.
Cooke procurará darle organicidad y dirección a una de las vertientes más notorias de la Resistencia: la de los “comandos”. El intento resultará infructuoso al menos por dos motivos. El primero y más importante es la propia realidad heterogénea del movimiento de los comandos. Se trataba de pequeños grupos, a veces un puñado de personas, que surgieron en forma relativamente espontánea siguiendo líneas de vinculación familiar o personal, o dentro de organizaciones de base preexistentes. Entre las personas que los integraron podía haber activistas o dirigentes de segunda línea con actuación en los años previos, también otros con escasos antecedentes o muy jóvenes. Es necesario tener en cuenta que muchos dirigentes estaban encarcelados (empezando por el propio John William Cooke hasta su legendaria fuga junto a otros referentes del peronismo). Esto acentuó la participación de nuevas camadas de activistas, como se manifestaría también en la resistencia sindical. A su turno, muchos de estos activistas fueron presa de la represión dictatorial y cayeron detenidos.
Los comandos eran organizaciones clandestinas, pero sin la estructura compleja que alcanzarían las organizaciones revolucionarias de la década de 1970, y sin un cuerpo de ideas que fuera más allá del nacionalismo popular del peronismo conocido hasta entonces. En todo caso, se acentuaba en ellas el contenido antioligárquico y obrerista del peronismo, y una serie de virtudes como la militancia y la lealtad. Estos núcleos activistas se orientaron hacia la acción directa, aunque muchos grupos no alcanzaron gran operatividad. Por cierto, que las prácticas de resistencia cultural estuvieron muy presentes, contribuyendo a mantener la convicción necesaria para seguir adelante en un marco de represión y frente a un Estado hostil, y también a alimentar la mitología del movimiento, que pervivió largamente a ese período. Pero es la acción directa, especialmente el sabotaje a pequeña escala, la práctica fundamental de los comandos. Ello incluyó la utilización de explosivos de fabricación casera, los famosos “caños”, cuyo recuerdo también se integró a la memoria militante del peronismo. En esa segunda mitad de la década de 1950, la actividad de los comandos no decayó, llegando a plantearse atentados de mayor magnitud y acciones de apoyo (sabotaje industrial) o articulación con la protesta específicamente laboral.
Pero también se manifestaron debilidades o contradicciones en el movimiento de los comandos, que incidieron en la aludida dificultad que halló John William Cooke para coordinar sus esfuerzos. No existió una sólida conexión entre los grupos de activistas dispersos por el territorio nacional; mucho menos conformaron una organización reconocida por todos. Las comunicaciones no podían dejar de ser precarias y esporádicas en el marco de la época, así como el acceso deficiente a informaciones importantes o a directivas que efectivamente provinieran del Líder. La propia actitud de desconfianza frente a los intentos centralizadores era el corolario difícilmente evitable de una situación real.
El segundo motivo del escaso éxito en la tarea de coordinación y dirección política emprendida por Cooke era que su propia figura no resultaba universalmente aceptada. Hasta el propio Perón fue objeto de algunos cuestionamientos (del Padre Hernán Benítez por ejemplo) y era imposible controlar la lucha facciosa en un momento de crisis del movimiento o asentar la autoridad de un dirigente radicalizado como Cooke, pese a la bendición dispensada por el máximo Líder. Por otra parte, no había modo alguno en que Cooke, fugado y perseguido, pudiera moverse libremente para articular con los distintos grupos y aceitar las conexiones. La misiva “salvadora” del General podía y era leída en distinto modo por los diversos actores, ambigüedad que no era ajena en ocasiones a la propia voluntad de Perón. El consejo del Líder a Cooke era “bendecir” a todos y colocarse por encima de la disputa facciosa; algo muy difícil de cumplir, no solo por el temperamento e ideas del Delegado, sino porque a duras penas podría alcanzarlo el mismo Perón. El liderazgo no resultaba transferible.
La misma realidad cambiante añadía mayores complicaciones porque imponía virajes de trabajosa asimilación para un activismo sumamente desconfiado y con dificultades para acceder a información precisa. Ello llevará a que, frente al desafío de qué hacer ante el crecimiento de la figura política de Arturo Frondizi y un eventual triunfo electoral de este último en el año 1958, se diera la paradoja de que algunos comandos eminentes, entre ellos César Marcos (viejo mentor de Cooke), acusara al Delegado de abandonar la intransigencia y poco menos que “traicionar” a la revolución (Ernesto Salas, “Cuando John William Cooke fue acusado de traicionar a la revolución”).  
Aun con estas dificultades, asoma una mirada de conjunto de Cooke sobre la Resistencia. Es en esa etapa primigenia en la cual Cooke comienza a delinear su estrategia insurreccional. De manera ineludible, la Correspondencia es el documento fundamental. Al aludir al movimiento resistente en su intercambio epistolar, Cooke y Perón coinciden en que no se trata de algo homogéneo, y se deplora la desorganización e improvisación generalizadas. La línea del retorno incondicional de Perón divide las aguas en la mirada de ambos, para distinguir leales de traidores, pero el cómo lograr el objetivo sugería diferencias importantes. Cooke plantea organizar la Resistencia en forma coherente con una línea insurreccional de masas, en la cual los comandos serían la vanguardia. En esa idea de vanguardia estaba claro el influjo del modelo leninista, referencia casi omnipresente desde hacía décadas en el arco anticolonial de Asia, África y América Latina. De hecho, el voluntarismo que esboza el Delegado, resultaba perfectamente compatible con ese espíritu. Por eso Cooke argumenta la necesidad de actuar y crear las condiciones de una insurrección popular, puesto que no alcanza con el previsible deterioro de la Revolución Libertadora. Así dirá: “no podemos, contando con tan abrumadora mayoría en el pueblo, quedarnos esperando el hecho fortuito y desencadenante. Debemos crear el estallido, fomentarlo y luego canalizarlo”.  La conformación de una vanguardia revolucionaria resultaba para ello absolutamente imprescindible. En esta mirada de Cooke no se manifiesta aún una perspectiva pro socialista, sino que no parece ir más allá de la reivindicación principista del potencial antioligárquico de peronismo. Se trata de una apelación instrumental al modelo de la vanguardia revolucionaria, como herramienta para suscitar un proceso insurreccional.
Un documento representativo de estas preocupaciones es el Plan de Acción que Cooke adjunta a su misiva al Líder del 28 de agosto de 1957. En dicho documento caracteriza al peronismo en forma consistente con la mirada del nacionalismo popular de la época: “El Frente Nacional ya existe: es el peronismo, que por su composición social y su ideología constituye una síntesis de las corrientes progresistas argentinas”. Resulta relevante tomar nota de su ubicación del peronismo como fuerza en la senda del progreso histórico, en tanto que sus antagonistas representaban la restauración de etapas ya superadas. Sin embargo, Cooke esboza allí mismo una crítica al determinismo histórico: “No confiamos en que la Historia será nuestra partera infalible, sino que nuestro regreso será producto de la voluntad popular aplicada a una condicionalidad histórica en que somos una presencia imperiosa”.
Aunque no desdeña la posibilidad de que el peronismo, orientado por una política intransigente, ocupe y aproveche cualquier espacio de legalidad o semilegalidad que se presente, Cooke se interesa preferentemente en el análisis de la adecuación del aparato combatiente o revolucionario a los fines de la perspectiva insurreccional. Claro que se trata de una insurrección concebida como proceso de masas y no como golpe de mano afortunado de un pequeño grupo. En aquel período, y posteriormente (cuando ya Cooke esté firmemente vinculado a la experiencia revolucionaria cubana), el Delegado no deja de señalar que la participación y organización creciente de las masas populares es la condición sine qua non de la política revolucionaria. El espíritu leninista asoma en la “apreciación” de la situación revolucionaria, y en la necesaria ponderación del grado de conciencia insurreccional del pueblo, así como del nivel de descomposición en las filas de los enemigos de la revolución.
Aunque es optimista en lo referente al cumplimiento de las potencialidades revolucionarias del peronismo, Cooke no deja de advertir la posibilidad de superación por otras fuerzas: “El Peronismo solo puede ser desalojado por la supresión de las causas que lo determinan como movimiento Revolucionario; ya sea por un régimen que supere los problemas que él plantea y que ha resuelto en su oportunidad, ya sea porque pierda su carácter de representativo de las fuerzas populares que pugnan por reconquistar el poder perdido”.
La primacía concedida a la perspectiva de una política insurreccional, no inhibe en Cooke su valoración de la necesidad de combinar distintos cursos de acción política, más moderados en apariencia, así como la necesidad de leer e interpretar los condicionamientos impuestos por la realidad en cada momento. Por ello, participará con Perón en la aceptación de un acuerdo con Frondizi (el famoso “Pacto”). La nueva coyuntura que se abre con la elección que lleva a Arturo Frondizi a la Presidencia de la República, es también la del ocaso de Cooke como potencial dirigente del conjunto del movimiento. Resultará trascendente empero su mirada sobre la Resistencia, y con ella, desplegada en una escritura pasionalmente elaborada, Cooke quedará asociado a la Resistencia y anunciará los futuros avatares del peronismo revolucionario.

Germán Ibañez

sábado, 6 de abril de 2019

Trotsky y el movimiento nacional


Es recurrente en nuestro país que el posicionamiento de la mayoría de las corrientes denominadas trotskistas frente al peronismo y a los movimientos nacionales sea de una oposición frontal. La caracterización más frecuente que hacen estas corrientes de los movimientos nacionales es que éstos constituyen una variante singularmente perniciosa de la política burguesa, pues poseen la curiosa habilidad de engañar a las masas. Como los enconos generan reciprocidades, cualquier posición sectaria o presumiblemente maximalista es catalogada como “troska” desde el movimiento nacional, y allí queda la cosa: en el intercambio de invectivas que ayuda a pasar el rato pero contribuye poco a la educación política.
Frente a ello puede resultar útil relevar las opiniones del propio León Trotsky sobre la bullente realidad de los movimientos de masas latinoamericanos, que el revolucionario ruso tuvo la posibilidad de entrever en su residencia en México. Tales opiniones no son del todo desconocidas, pues en la Argentina circularon en los años 1940 en libros como Trotsky ante la revolución nacional latinoamericana, y contribuyeron a suscitar la vertiente de la izquierda nacional, cuya figura paradigmática durante mucho tiempo fue Jorge Abelardo Ramos.
Expulsado del movimiento comunista internacional, León Trotsky, tanto antes como luego de su arribo a su asilo mexicano, se preocupó por presentarse como el genuino continuador de la línea de pensamiento leninista sobre la cuestión nacional. En primer término, remarcando la divisoria mundial en países imperialistas y regiones coloniales y semicoloniales. En ésta últimas la cuestión nacional se presentaba aún como un asunto revolucionario de la máxima importancia, vinculado a la movilización de las masas, en tanto en las metrópolis la nación era ya la “máscara” de la expansión capitalista. En segundo término, con la tesis del desarrollo desigual y combinado: en el mundo colonial y semicolonial se presentaba una amalgama de distintas “épocas” históricas, todo ello en el seno de una misma formación social. De allí se desprendía el principio de la revolución permanente: “Esto es lo que determina la política del proletariado de los países atrasados: ésta obligada a combinar la lucha por las tareas más elementales de la independencia nacional y la democracia burguesa, con la lucha socialista contra el imperialismo mundial. Las reivindicaciones democráticas, las reivindicaciones transitorias y las tareas de la revolución socialista no están separadas en la lucha por etapas históricas sino que surgen inmediatamente las unas de las otras”.
Con todo ello, quedaba claro que no podía condenarse la afirmación nacional de las periferias simplemente colgándoles el sambenito de “burguesa”, ni por tanto desechar el nacionalismo de los pueblos coloniales. También que las tareas más elementales o las reivindicaciones reformistas en apariencia, eran parte del movimiento que iba en dirección a la revolución y no un enojoso callejón sin salida o el resultado de la manipulación demagógica. Por cierto, Trotsky concebía cierta inmediatez del tránsito entre tareas nacionales y tareas socialistas, producto seguramente de la experiencia de la revolución rusa de 1917 (“de febrero a octubre”) y de la etapa de conmoción mundial que coincidía con su exilio en México: las consecuencias de la crisis mundial de 1929-30, el ascenso del fascismo en Europa, los primeros tramos de la revolución china, la guerra civil española. Todo ello lo inducía a pensar en la precariedad de cualquier salida estabilizadora para el capitalismo mundial y en el ascenso próximo de nuevas tormentas revolucionarias. Una mirada alternativa hubiera sido pensar la experiencia rusa no desde el acelerado curso de los acontecimientos entre los meses de febrero a octubre (viejo calendario zarista) de 1917, sino en el más vasto ciclo comprendido entre las revoluciones de 1905 y 1917.
En todo caso, Trotsky se ocupó de dejar claro que el vasto tembladeral revolucionario comprendía mayormente el mundo colonial. Sin desestimar la posibilidad de un ciclo revolucionario metropolitano (nunca perdió las esperanzas en la clase obrera europea), explicitó que la estabilidad de los principales países capitalista, e incluso la condición de posibilidad de su democracia, se sustentaba en la explotación imperialista. Esta cuestión de la democracia y sus implicancias opuestas en las metrópolis y en las periferias, reviste la máxima importancia para la inquietud que nos ocupa: la caracterización de los movimientos nacionales.
No cabe duda que es la experiencia mexicana, la del gobierno nacional-popular de Lázaro Cárdenas, la que ofrece al revolucionario ruso el insumo viviente para sus reflexiones sobre estas cuestiones. La campaña en torno a la nacionalización del petróleo mexicano le permitiría explayarse en torno a un postulado fundamental: no hay democracia si no se conquista la autodeterminación nacional. Así dirá: “El México semicolonial está luchando por su independencia nacional, política y económica. Tal es el significado básico de la revolución mexicana en esta etapa. Los magnates del petróleo no son capitalistas de masas, no son burgueses corrientes. Habiéndose apoderado de las mayores riquezas naturales de un país extranjero, sostenidos por sus billones y apoyados por las fuerzas militares y diplomáticas de sus metrópolis, hacen lo posible por establecer en el país subyugado un régimen de feudalismo imperialista, sometiendo la legislación, la jurisprudencia y la administración. Bajo estas condiciones, la expropiación es el único medio efectivo para salvaguardar la independencia nacional y las condiciones elementales de la democracia” (“México y el imperialismo británico”).
En los países dependientes la democracia es, en primer término, la autodeterminación nacional. Llegado a este punto, Trotsky no deja de señalar la íntima relación entre la afirmación nacional mexicana y lo que sucede en el resto del continente. Enfrentar al imperialismo es una tarea de toda América Latina, que no debe estar descoordinada. Así plantea la tesis de una revolución latinoamericana que conducirá a la unificación de sus Estados. El eje estratégico de su mirada está basado en el rol hegemónico que pueda jugar la clase obrera, articulando en derredor de sí a las masas explotadas del continente. Esta vía de reflexión abre paso a interesantes corolarios.
El primero de ellos es la afirmación de la cuestión nacional latinoamericana como la lucha por la unidad de la región, por el “derecho a la unión”. Hay aquí una convergencia, una afinidad, con la tradición bolivariana, que solo puede resultar sorprendente a condición de considerar a Trotsky un distraído visitante en México, y no una inteligencia disciplinada, aplicada al conocimiento de la dinámica revolucionaria. El segundo corolario es el problema de las clases dirigentes y auxiliares de la revolución; y quién es el enemigo principal. El pensamiento de Trotsky acerca de las burguesías coloniales muestra ciertos matices. Las burguesías coloniales tienen contradicciones con el capital extranjero, que las desplaza del mercado. Y, en ciertas condiciones, eso puede impulsarlas hacia una política de oposición al imperialismo. Para sostener esa política deben recostarse necesariamente en las masas populares, haciendo concesiones de tipo social. Esto genera un equilibrio precario, pues esas burguesías no pueden dejar atrás su temor al ascenso popular ni liberarse del todo de su enfeudación cultural al capitalismo imperialista, con lo cual no pueden liderar la revolución democrática “hasta el final”.
Aquí nace su teoría del bonapartismo, para expresar ciertas experiencias del nacionalismo latinoamericano, como el cardenismo: “En los países industrialmente atrasados el capital extranjero juega un rol decisivo. De ahí la relativa debilidad de la burguesía nacional en relación al proletariado nacional. Esto crea condiciones especiales de poder estatal. El gobierno oscila entre el capital extranjero y el nacional, entre la relativamente débil burguesía nacional y el relativamente poderoso proletariado. Esto le da al gobierno un carácter bonapartista sui generis, de índole particular. Se eleva, por así decirlo, por encima de las clases. En realidad, puede gobernar o bien convirtiéndose en instrumento el capital extranjero y sometiendo al proletariado con las cadenas de una dictadura policial, o bien maniobrando con el proletariado, llegando incluso a hacerle concesiones, ganando de este modo la posibilidad de disponer de cierta libertad en relación a los capitalistas extranjeros” (“La industria nacionalizada y la administración obrera”).
De este notable pasaje, puede colegirse que los movimientos nacionales de las periferias, aun cuando sean dirigidos por las burguesías, nacen de la resistencia al imperialismo. Y que esa resistencia incluye un grado variable pero siempre necesario de participación popular en base a la satisfacción de consignas sociales. Por cierto, esos planteos constituyen esbozos parciales de una vía de reflexión pronto tronchada por el trágico final de Trotsky en México. Pero nada más alejado de una superficial condena del movimiento nacional por “burgués”. En todo caso, la tarea que encomendaba el viejo revolucionario era velar por una política propia de la clase obrera, a fin de alcanzar su autonomía como sujeto histórico y generar las condiciones para su consolidación como clase dirigente. Es decir, que la lucha revolucionaria es por alcanzar la hegemonía en el movimiento nacional; nunca oponiéndose a él.
En el escaso tiempo que le fue dado vivir en América Latina, León Trotsky vio mucho y escribió mucho. No pudo llegar a apreciar ciertas cosas fundamentales, como la división en las clases poseedoras latinoamericanas entre “oligarquías” y aquellos sectores que podían ser llamado burguesía nacional. Quizás por eso le concedía gran capacidad a la burguesía nacional para instrumentar a las masas u optar por la subordinación colonial. Eso se derivaba del hecho de que México era su mirador privilegiado y principal; allí la revolución iniciada en 1910 había “desplazado” a la vieja oligarquía porfirista y podía hablarse de una verdadera burguesía nacional. Otra cuestión que no sopesó con claridad es el rol protagónico (y no subordinado a la clase obrera) de los campesinos. Allí jugó la matriz obrerista de la socialdemocracia (menchevique y bolchevique) rusa. Pero aun así, abrió paso a una reflexión original sobre las relaciones entre nación y revolución, entre movimiento nacional e izquierda, que no deben quedar comprimidas en fórmulas estereotipadas, y que pueden ser repensadas a la luz de los desafíos de hoy.

Germán Ibañez

miércoles, 13 de marzo de 2019

El primer peronismo y la Argentina industrial


La política oligárquica en curso arrasa literalmente la producción industrial argentina; según publica Página /12 en su web el día 12 de marzo, basándose en datos del propio INDEC, la capacidad ociosa de las instalaciones industriales alcanza prácticamente al 50% del total. Cabe preguntarse hasta dónde no es el suicidio de una parte del empresariado local, divorciado del movimiento nacional. No sería la primera vez. Como en otras desdichadas etapas de nuestra historia, se revela que las fuerzas desatadas de la alta burguesía, cuando logran una instrumentación total del Estado, imponen una orientación que es antagónica con el desarrollo productivo del país. Por el contrario, ha sido en los momentos de despliegue del movimiento nacional-popular en Argentina cuando se manifestaron más profundamente las tendencias a una expansión industrial del país. Sin embargo, también esas etapas de desarrollo industrial nacional estuvieron atravesadas por intensas contradicciones, que no dejaron de repercutir en la suerte política del movimiento nacional. Si no tomáramos nota de esas contradicciones, la historia se volvería un relato rosa que de poco serviría para prepararse frente a los desafíos por venir. En las líneas que siguen, nos ocuparemos de la etapa del primer peronismo, cuya emergencia estuvo indisolublemente ligada a la transformación industrial del país y a las tensiones políticas y sociales que ello generó.
Es un lugar común, aunque por cierto nada arbitrario, señalar que el peronismo es hijo de la Argentina industrial. Desde mediados de la década de 1930 se advierte un crecimiento sostenido de la dotación industrial del país, con una expansión de las ramas más básicas, pero también, en menor medida, de ramas complejas como la metal-mecánica. Especialmente notorio es el impacto de esta expansión productiva en la ocupación industrial, que crece de manera importante hasta situar, a principios de la década de 1940, a la clase obrera como el principal actor social emergente, aunque aún su organización gremial fuera bastante a la zaga (es a mediados de la década, y bajo el influjo peronista, que crece rápidamente la tasa de sindicalización y la complejidad de la organización gremial).
Cuando se alude a estos temas, aparece asociado a ellos la cuestión de las migraciones internas en la conformación de la nueva clase obrera, en el crecimiento del sindicalismo, y en la formación misma del peronismo. Por supuesto que esto es de la máxima relevancia, aunque hace tiempo ya que las investigaciones históricas han cuestionado la imagen de una fractura profunda entre los trabajadores industriales de vieja data y los nuevos migrantes del interior de la provincia de Buenos Aires o de otras provincias. Lo que sí es cierto, es que esos trabajadores venían corridos por la parálisis de la actividad agropecuaria, lo que ya para esos años nos marca los estrechos límites de una Argentina excluyentemente agro-pastoril.
Es esa clase obrera en bloque, de viejos residentes y nuevos migrantes, la que adhiere al liderazgo que comienza a perfilarse con la figura de Juan Perón. Con ciertas y comprensibles reticencias, también la mayoría de las direcciones sindicales de la época termina anudando su suerte a la del nuevo Líder. Este acercamiento de las dirigentes gremiales es fundamental y, como demuestra Juan Carlos Torre (Ensayos sobre movimiento obrero y peronismo), su rol en el 17 de octubre resultó más medular que lo que a priori se estableció en el imaginario del movimiento nacional a propósito del carácter “espontáneo” de dicha jornada popular. La experiencia social de trabajadores y dirigentes sindicales bajo los duros y largos años de régimen oligárquico es clave para entender la importancia que podía suponer la alianza con quienes propugnaran un rol mediador del Estado en la puja capital /trabajo, como es el caso de la orientación que Perón impone en el Departamento Nacional de Trabajo, luego Secretaría. Incluso los años inmediatamente previos, de expansión de la ocupación industrial, exhibían pocos logros palpables en la lucha sindical por mejoras concretas (eran un poco más consistentes en el plano de la organización gremial).
Aunque el perfil obrerista del ascendente peronismo es dominante, marcado a fuego por las jornadas genesíacas de octubre de 1945, lo cierto es su caracterización (y su auto percepción) como movimiento nacional nos advierte ya de una composición policlasista compleja. Como resulta fácilmente comprensible, la otra cara del crecimiento de una clase obrera con gran capacidad de movilización y organización en los años 1930 y 1940, es el simultáneo desarrollo de la así llamada burguesía nacional. Nos referimos especialmente a una capa de pequeños y medianos industriales orientados al mercado interno. Sin embargo, la expresión “burguesía nacional” no deja de portar ambigüedades y equívocos varios. Por una parte, es difusa y móvil su frontera sociológica con otras fracciones más encumbradas de la burguesía industrial. Por otra parte, tampoco es un campo libre de controversias sus vínculos y posicionamientos con la oligarquía tradicional (comercial y terrateniente) y las empresas extranjeras. El problema se ha discutido tanto en la sociología e historiografía académicas como en la ensayística política y militante. No es un tema privativo de la Argentina y durante décadas se encaró, desde distintos ángulos políticos y académicos, el tema de las burguesías periféricas y su rol en la transformación capitalista. Aquí solo consignaremos la expansión en nuestro país de ese sector de empresarios mercado internistas, en un escenario dominado de antemano por grandes industriales y por filiales de empresas extranjeras.
La identificación de ese sector social con el naciente movimiento nacional es, cuanto menos, fría. La hostilidad hacia la figura de Perón, que dimanaba desde la cúspide de la elite oligárquica, atravesó a otras capas burguesas, pese a que el Líder personalista intentó desde el inicio contener en su proyecto a las clases propietarias. Es recordado su discurso en la Bolsa, antes de que su figura quedara soldada a la clase obrera en octubre de 1945; allí Perón intentó convencer a las clases propietarias de la importancia de una política social progresista, en función del conjunto. Como no puede adjudicarse a Perón falta de elocuencia y dotes persuasorias, es forzoso concluir que la gélida actitud burguesa en la hora, expresaba la conciencia de clase de lo más encumbrado de la oligarquía argentina, atenta a atajar cualquier deriva democratizante, incluso aquella que se ofrecía bajo la fórmula de un compromiso histórico.
Por lo dicho hasta aquí, puede afirmarse que la convergencia clase obrera /burguesía nacional constituyó de hecho la articulación fundamental del movimiento nacional en sus primeros tramos. Articulación asegurada por el liderazgo personalista y por la política social y económica instrumentada desde el Estado, pero no por una “persuasión” (hegemonía) parejamente distribuida, ni por un imaginario sólidamente compartido por las distintas clases sociales. En el plano ideológico y político, el primer peronismo fue plebeyo y obrerista pese a la vocación policlasista del Líder. Aquí se delinea la contradicción interna principal del primer peronismo, que impulsó una política económica orientada a favorecer el crecimiento conjunto del conglomerado productivo nacional, pero cuyas virtudes fueron muy desigualmente valoradas por trabajadores y empresarios. A pesar de que el horizonte industrialista y mercado internista favorecía a los empresarios nacionales, estos fueron retaceando su apoyo y terminaron por otorgar primacía a los conflictos con los sindicatos y el mundo del trabajo. Aunque dichos conflictos son connaturales a la economía capitalista, fueron internalizados por los empresarios como abusos desproporcionados de sindicalistas y trabajadores, respaldados por un gobierno demagogo. La piel sensible de la burguesía nacional expresaba a su modo el complejo señorial de la oligarquía argentina, forjado en una época que lo desconocía todo de la negociación colectiva y cifraba el orden social en el palo y el látigo.
El poder social de la clase trabajadora se expresaría en su faz más visible, la organización gremial, que crecería de manera importante a partir de 1946 hasta cristalizar en una relación bastante verticalizada con el gobierno desde comienzos de la década siguiente. Pero también se manifestará, y de modo muy irritativo para el empresariado, en un poderoso entramado de comisiones internas y cuerpos de delegados en el interior del universo fabril. Es esa red activista una de las facetas más preocupantes de la crisis de deferencia que enconará a la oligarquía y a todo el complejo de clases que continuó bajo su égida. Por lo cual constituye otro plano de la contradicción interna que mencionábamos. El peso de la clase obrera resultará clave no solo en la sustentación del régimen peronista, sino en su orientación práctica, a despecho probablemente de las orientaciones oficiales sustentadas formalmente en un ideal de armonía de clases. Esa orientación no estaba plenísimamente sistematizada en el discurso y la ideología, pero tampoco era algo completamente ausente en ese plano.
El Estado, en el discurso oficial, procuraba situarse por encima de los intereses particulares, no solo de aquellos que agitaban al movimiento nacional, sino proyectarse idealmente a la sociedad toda. La idea un Estado mediador o árbitro es temprana en las expresiones de Perón y en sus acciones públicas antes de acceder a la presidencia. Fue uno de los terrenos de la convergencia con las direcciones sindicales en los años 1944-45. También, como señalamos, fue parte del contenido herético rechazado por las elites empresariales; rechazo tanto a lo que se denunciaba como demagogia o impostura del Líder como a su cristalización perdurable como política de Estado, más allá de la figura de Perón. Con lo cual, ese rol mediador y equidistante nunca alcanzó a cuajar, y en los hechos, como también en gran parte de las “palabras”, el liderazgo de Perón y la orientación estatal se inclinó decididamente a favor de la clase obrera. Este es un tercer plano de la contradicción interna principal del primer peronismo. La acción del propio Perón resumió en su persona, con un estilo de arbitraje a menudo pendular, el complejo dilema mencionamos. Es lo que Norberto Galasso ha llamado la “conducción pendular”, que sobrevivió en la etapa del exilio, y alcanzaría supremo desarrollo como manejo virtuoso del Líder. 
Por supuesto, el carácter policlasista del primer peronismo aunque expresaba primordialmente el despliegue concreto de la Argentina industrial de aquellos años, congregaba también a otros sectores. Una parte de las clases medias acompañó dicha experiencia, así como las investigaciones recientes han relevado el variopinto apoyo cosechado por el peronismo en el interior del país. En sus primeros tramos, el apoyo de los camaradas de armas a Perón, así como más discretamente la Iglesia, fueron relevantes. Una vez más, el rol del Estado, el liderazgo político y la expansión de la economía fueron el cemento primordial. El movimiento nacional se articula alrededor de un centro de gravedad concreto, material e ideal, con capacidad de gestión del Estado y de orientación del proceso económico. Tal la condición de posibilidad de la “alianza de clases”. La alianza de clases es una cuestión de poder, no un acuerdo de “caballeros” alrededor de una plataforma igualmente compartida por todos. 
Resulta fundamental entonces precisar los trazos más gruesos del proyecto nacional que se despliega con el primer peronismo, pues es en relación a su sustentabilidad concreta como puede replicarse en el tiempo la coalición policlasista. Como ha señalado Horacio Chitarroni Maceyra (El ciclo peronista) el movimiento nacional de aquella etapa encaró una doble tarea: a) profundizar el proceso de industrialización (que tiene su arranque en la década de 1930); b) redistribuir en sentido progresivo la riqueza, integrando socialmente a la clase obrera. La magnitud de cada tarea, si las concibiéramos por separado, debería darnos la medida del enorme desafío, susceptible de ser caracterizado como revolución, que supuso encararlos de manera simultánea. En la experiencia histórica del siglo XIX, la transformación industrial de las metrópolis no solo supuso la consolidación de la dimensión colonialista del sistema capitalista mundial, sino también un considerable sufrimiento para el proletariado metropolitano. La expansión del industrialismo a otras regiones del mundo durante el siglo XX, incluso en las experiencias socialistas, no pudo sortear tampoco su cuota de sacrificio a cuenta de los trabajadores.
En la Argentina del primer peronismo pudo armonizarse durante un tiempo la expansión industrial con una fuerte política de bienestar social; es decir, avanzar en el camino del desarrollo sin sobreexplotación laboral. Eso fue posible por una serie de circunstancias internas y externas que el peronismo supo aprovechar, al menos hasta que el contexto manifestó síntomas de empeoramiento. Las apreciaciones fáciles acerca de la oportunidad “desaprovechada” no resisten el análisis de cualquier estudio comparativo. La experiencia peronista se desplegó entre 1946 y 1955, quedando trunca por la contrarrevolución oligárquica; en tan solo nueve años ningún país “alcanzó” el desarrollo. Los países que pudieron avanzar en la senda de la industrialización no pudieron asegurar tempranamente el bienestar para sus poblaciones; hay que recordar que el Estado de Bienestar no coincidió con el ascenso capitalista del siglo XIX, sino con la segunda posguerra en pleno siglo XX. La propia industrialización soviética distó de ser un “lecho de rosas” para los trabajadores de aquellas regiones. Estas someras consideraciones permiten sopesar la relevancia de la experiencia del bienestar peronista, a menos que no se considere a la justicia social un valor deseable sino una enojosa complicación en la acumulación privada. Esto no significa ni un menoscabo a las experiencias de los pueblos de otras regiones, ni que la política del primer peronismo no contuviera asimismo también inconsistencias y contradicciones.
La base en que pudo apoyarse inicialmente la política de crecimiento industrial con justicia social fue la tradicional dotación del país para la producción agropecuaria exportable. Una importante y diferencial renta agraria era el recurso nacional que, captado en parte y reorientado por el Estado, permitía financiar la expansión industrial y sortear el peligro de la sobreexplotación laboral, que hubiera sido letal para un movimiento obrerista como el peronismo. Se puso en marcha una serie de herramientas, caracterizadas por su sentido nacionalista, algunas de las cuales venían de poco antes, a partir de 1943-44. La expansión del crédito industrial, los controles de cambio, la protección arancelaria a la producción manufacturera fueron algunas de esas herramientas. Indudablemente la herramienta primordial fue la creación del IAPI y el cuasi monopolio del comercio exterior por parte del Estado. Eso es lo que permitió capturar una parte del excedente agropecuario y derivarlo a la industria.
Todo ello redundo en un crecimiento de la importancia directa del Estado en la economía, lo que por otra parte iba en la dirección de las cosas en gran parte del mundo. Una cuestión medular fue la nacionalización de servicios públicos, como los ferrocarriles o los teléfonos, que junto con las empresas productivas del Estado como YPF, AFNE o Fabricaciones Militares conformaron el perfil de un Estado “empresario”. Puede hablarse prácticamente de una economía “mixta”, con fuerte presencia del capital nacional, público y privado. Sin embargo, no debe descuidarse el importante peso económico que conservó la oligarquía tradicional, así como las ganancias obtenidas en el período tanto por las fracciones industriales más encumbradas como por las filiales de las empresas de capital extranjero. Esto último no debería motivar excesivas sorpresas ni llevar a cargar las tintas contra la economía política del primer peronismo. Lo que revela más bien, son las extraordinarias dificultades que encuentran los países periféricos para superar las condiciones de atraso, y la fuerza del sistema capitalista mundial para “torcer” nuevamente las cosas y recapturar a las periferias que amenazan con escapar a su sujeción. De hecho, en una fase siguiente de la sustitución de importaciones, ya derrocado el peronismo y bajo la égida del frondicismo, el capital estadounidense avanzó en la cooptación del mercado argentino “desde adentro”.
Estas cuestiones nos revelan una contradicción que no es peculiarmente argentina sino mundial, pero que no puede dejar de gravitar decisivamente en la esfera nacional. Es la contradicción entre la tendencia inmanente a la expansión del sistema capitalista mundial de subordinar a las regiones periféricas a la lógica del interés metropolitano, y las resistencias de los pueblos frente a las desastrosas consecuencias económicas, sociales y culturales de los colonialismos. En el lenguaje político de la segunda mitad del siglo XX: liberación o dependencia. El contexto internacional favorable fue fundamental en la inmediata posguerra para el avance nacional y la cohesión de la coalición popular que lo sostenía. El deterioro de dicho contexto en la primera mitad de la década de 1950, tanto en términos económicos como políticos por los prolegómenos de la Guerra Fría, incidió negativamente en las opciones del movimiento nacional popular argentino.
En la etapa ascendente de la segunda mitad de la década de 1940, el país pudo contar con importantes saldos comerciales favorables, sostenidos en la alta demanda y buenos precios obtenidos por nuestros productos de exportación. Esta fue una condición económica esencial. Pero en el plano político también hubo un escenario favorable por la crisis del despliegue imperialista al finalizar la Segunda Guerra Mundial. Estados Unidos estaba concentrado en la reconstrucción europea y en la preparación de fuerzas militares, políticas y culturales para cercar a la Unión Soviética. La derrota del fascismo abría paso a los movimientos obreros europeos y sus izquierdas (pronto contenidas), en tanto que la crisis del viejo modo de colonialismo, agotado por la guerra, favorecía el movimiento hacia la descolonización en amplias zonas de Asia y África.
Las condiciones económicas eran más susceptibles de ser aprovechadas, y en efecto lo fueron, que esas condiciones políticas creadas por el avance de la descolonización. Aún faltaba tiempo para la conformación del movimiento de no alineados y el ascenso de una conciencia “tercermundista”. De todas formas, el primer peronismo no careció de una mirada sofisticada sobre lo regional y lo global. De lo más significativo fueron los intentos de avance en una agenda de integración regional: el famoso ABC, siglas por Argentina, Brasil y Chile. La relación de Perón con Ibañez en Chile y sobre todo con Vargas en Brasil constituyen prácticamente una ruptura con toda la tradición anterior. La reacción oligárquica en Brasil y la muerte de Vargas, condenan al fracaso a una incipiente tentativa de acercar a las dos más importantes economías de Sudamérica. El proyecto ATLAS, de conformación de una central sindical latinoamericana, aunque fenecido con la caída del peronismo fue otra audaz tentativa de enlazar, esta vez “por abajo” a nuestros países.
En el terreno económico, las nacionalizaciones así como el desendeudamiento, fueron posibles utilizando los saldos comerciales acumulados y los recursos movilizados por el IAPI. Pero con el correr de los años, y con el progresivo deterioro del contexto internacional, comenzó a conformarse un cuello de botella para el desarrollo industrial nacional. En la medida en que gran parte de la expansión industrial local corrió a cargo de la producción de bienes de consumo final (la llamada “industria liviana”) que aprovechaba un mercado interno preexistente ya de cierta relevancia, pero en todo caso fuertemente estimulado por la política distribucionista del peronismo, las necesidades de incrementar la dotación energética así como el acceso a bienes de capital, presionaban cada vez más sobre la balanza comercial. La producción local de un mayor volumen de energía, así como de tecnología, máquinas-herramienta y bienes de capital, no era imposible pero requería de un cuantioso flujo de inversión y de bastante tiempo para madurar.
Elementos circunstanciales pero de gran incidencia, como las sequías de la primera mitad de la década de 1950 que afectaron negativamente a la producción agropecuaria, y otros estructurales como la caída de los precios internacionales de nuestros productos exportables, comprometieron la sustentabilidad del rumbo seguido hasta entonces. Con lo cual, amenazaban uno de los pilares de la convergencia nacional-popular, abriendo espacio para la incidencia de fuerzas centrífugas. Al ralentizarse el crecimiento, la distribución del ingreso comenzó a estancarse, así como cayó la inversión privada y la capacidad del Estado de equilibrar los gastos productivos con los improductivos.
Más allá de medidas relativamente ortodoxas aplicadas desde 1952, que fueron contingentes y como señaló John William Cooke, cumplieron su limitadísimo objetivo para capear lo peor del deterioro del ciclo económico, lo cierto es que el dilema y el qué hacer no parecían de fácil discernimiento. Esto es así porque no se trataba solo de medidas económicas, sino sobre todo de decisiones políticas que no podrían sino remodelar dramáticamente la coalición nacional-popular. Ese es el dilema político que Cooke entiende que estaba ya planteado en 1952, y que al no ser resuelto, devenían ociosas las especulaciones acerca de cómo debería el peronismo haber resistido el golpe oligárquico en 1955. Varios contemporáneos vislumbraron las derivas peligrosas que se abrían en la primera mitad de los años 1950, a poco andar del apogeo del proyecto y la economía peronista en el año 1949. Se señalaba la necesidad de transitar en la senda de la industria pesada. Es interesante un volumen de curioso título (Ensayo sobre el justicialismo a la luz del materialismo histórico) escrito por Eduardo Astesano, en el cual se advierte la influencia del comunismo chino. Allí se propone avanzar a “marcha forzada” y a costa de “sacrificios” en el camino de la industria pesada (a “la soviética”, por así decirlo). Pero resulta difícil imaginar cómo sería posible congeniar eso con la conformación real del frente peronista, así como armonizar el sacrificio con la política de bienestar popular del primer peronismo en la cual estaba cifrado su prestigio.
De todas formas, que la salida no estaba escrita en ningún determinismo sino latente en la política, lo demuestra que comenzaron a moverse piezas para responder a los desafíos de una economía nacional más compleja, de una base social exigente y de un contexto internacional complicado. Son las perspectivas que se trazan en el Segundo Plan Quinquenal, para privilegiar a las industrias básicas como la siderurgia y la química; también en la búsqueda de avanzar al autoabastecimiento energético aún a costa de buscar acuerdos con empresas extranjeras y aunque eso agraviara al intransigente sentimiento nacionalista de la primera etapa.
Efectivamente el Estado comenzó a dar pasos en esa dirección, lo cual vuelve a remitirnos a una de las cuestiones que comentamos al principio de estas líneas: ¿cuál era el rol y el peso real de la burguesía nacional? Pueden discutirse las virtudes y los defectos formales de los planes del segundo (y trunco) gobierno de Perón, pero lo cierto es que el dilema real estaba en el efectivo margen de maniobra que podía alcanzar el Estado nacional y en la cohesión o no de convergencia nacional-popular.
Episodios como el Congreso de la Productividad, que no parecía destinado a alcanzar objetivos sustanciales, adquieren a la luz de lo anterior todo su dramatismo. Se imponía la redefinición del movimiento nacional y su alianza de clases. Para avanzar en una fase más compleja del proceso de industrialización y superar el cuello de botella generado por el déficit de inversión privada y la necesidad creciente de renovar equipos y bienes de capital hacía falta discriminar a quién pagaría los costos de esos desafíos. ¿Podían incrementarse las exportaciones tradicionales o incluso capturar compulsivamente una fracción más abultada de la renta agropecuaria? ¿Era necesario liquidar el compromiso histórico del primer peronismo e imponer a la clase obrera la racionalización del trabajo y mayores tasas de explotación?
La indefinición sobre estas cuestiones no preanunciaba per se un desenlace fatal. Y de hecho, para 1954, las mayores tribulaciones económicas habían sido conjuradas. Puede aventurarse que, en la medida en que la organización gremial de los trabajadores era totalmente refractaria a la imposición de los esquemas de racionalización; que la clase obrera continuaba siendo el principal pilar del régimen; y que la ideología y el discurso formal del gobierno peronista también rechazaban la sobreexplotación laboral, es difícil imaginarse una liquidación conservadora del movimiento nacional “desde adentro”. Lo que si estaba facilitado por el tormentoso momento era la factibilidad de un contragolpe oligárquico. Pero éste hubiera encontrado mayores dificultades para prosperar de no cooptar y atraer a su centro de gravedad a la burguesía nacional. Por eso señalábamos que el movimiento nacional es una cuestión de poder. No se trata de la capacidad de persuadir de las bondades inherentes a la justicia social, sino de la fortaleza de un poder democrático fuerte y popular, y de la capacidad de gestión del horizonte económico. La deriva de la burguesía nacional hacia otro polo de poder en esas coordenadas históricas selló el destino del movimiento nacional por muchos años.

Germán Ibañez

sábado, 23 de febrero de 2019

La guerra civil latinoamericana


Hablar de una situación de guerra, sin un conflicto bélico declarado entre Estados o un enfrentamiento armado prolongado que involucre a la mayor parte de la sociedad en un territorio determinado, puede parecer un exceso. Sin embargo, el más somero relevamiento a escala mundial da cuenta de conflictos armados catastróficos en distintos países, que tienen un común denominador: la intervención directa o indirecta de Estados Unidos y sus socios europeos. En todos los casos, la soberanía de los territorios involucrados queda gravemente comprometida, la infraestructura económica de esos países es arrasada, y el número de víctimas fatales, heridos y personas desplazadas o refugiadas alcanza cotas incompatibles con el ideal civilizatorio pregonado por los monopolios de la comunicación audiovisual que pretenden orientar a la opinión pública global. Las fronteras formales entre países son a menudo irrelevantes, pues regiones enteras son “contagiadas” por conflictos que desbordan los espacios nacionales. Desde otro ángulo, puede advertirse que el negocio de los señores de la guerra prospera sin problemas, y que el discurso belicista es una herramienta afortunada siempre a mano para la dirigencia política de los países metropolitanos. La disputa por recursos estratégicos y territorios apenas puede ser disimulada la mayor parte de las veces. Si esto es así, entonces no resulta inapropiado caracterizar el escenario general como una guerra neocolonial contra los pueblos.
Aunque la intervención imperial adquiere la máxima importancia, no es menor la generación o agravamiento de conflictos “internos” a las sociedades involucradas, así como el desarrollo de tensiones regionales que pueden involucrar a dos o más países. No es una situación nueva, y puede verificarse en toda la larga y negra historia de los colonialismos. Disputas étnicas, religiosas, o el fracaso de las clases dirigentes para asegurar una mínima distribución del excedente o la estabilidad de los Estados, son diferentes variantes de las contradicciones que pueden ser aprovechadas por las potencias imperialistas. Esas contradicciones a veces tienen un arraigo prolongado y eventualmente antagónico en las sociedades locales, o son suscitados por el mismo intervencionismo colonial, aunque es difícil que algo pueda ser creado totalmente de la nada. ¿Puede trasladarse una situación así a América Latina?
Hace algunos años, los procesos de integración y unión regional, con la gestación de instituciones como la UNASUR y la CELAC, parecían aventar los peores temores. Y consideramos que efectivamente ese es uno de los caminos para consolidar un horizonte latinoamericano de estabilidad, crecimiento, distribución de la riqueza y democracia. Sin embargo, eso no significa que cesen mágicamente las seculares contradicciones que agitan a la región (primordialmente de clase), ni que Estados Unidos y sus aliados renuncien al objetivo de recolonizar integralmente el continente. El triunfo oligárquico en Brasil y Argentina, las principales economías sudamericanas, comprometió gravemente el proyecto autonomista y permitió una redoblada presión imperialista sobre los gobiernos populares que siguen en pie, especialmente el venezolano. Ahora bien, ni el proyecto neoliberal de las derechas locales ni el crecimiento del influjo estadounidense en la región pueden asegurar hoy una etapa sostenida y estable de dominación oligárquica. El estancamiento económico y la pauperización general de la población alimentan las tensiones sociales y el conflicto interno. Estados Unidos, embarcado en el neoproteccionismo y en árida disputa con Rusia y China, no puede garantizar para esta región una “edad de oro” oligárquica. Al contrario, el estímulo al agudizamiento de las contradicciones internas de las sociedades latinoamericanas y a la generalización de conflictos violentos que puedan justificar su intervención directa, es hoy su política principal. Y, en realidad, la única que pueden desplegar. Es un coctel explosivo: unas oligarquías rapaces que no pueden asegurar el crecimiento económico ni una mínima distribución de la riqueza, y una potencia imperial que debe apostar al conflicto violento y permanente para prevalecer.
En este marco, persiguiendo una gobernabilidad que se les esfuma, las derechas sudamericanas adoptan aceleradamente una configuración cultural guerrerista, arte no del todo nuevo en la región y en el cual los señores de la guerra colombianos son supremos maestros. Estamos frente a una acción criminal, que augura lo peor. El cerco golpista al gobierno de la República Bolivariana de Venezuela es una acción de guerra. La miríada de acontecimientos que se desplegaron en las últimas semanas no son desconocidos para los especialistas en la guerra de baja intensidad, pero asombran por su virulencia. El involucramiento directo en el golpismo del actual presidente de Colombia, demuestra que la deriva del conflicto es regional y no se detiene en tal o cual frontera interestatal. La magnitud de asesinatos de dirigentes sociales en Colombia y el freno criminal al proceso de Paz con las organizaciones insurgentes es otra cara de la misma moneda. Señala algo que ya debería ser evidente: que, una vez más, los muertos los pondremos nosotros. Estados Unidos apuesta decididamente a la guerra civil latinoamericana. Las oligarquías locales se orientan insensiblemente en la misma dirección. Por ese camino no habrá utopía neoliberal ni paraíso de la economía de mercado; solo sangre y dolor. Los movimientos nacionales y los líderes populares como Evo, Lula, Dilma, Maduro, López Obrador, Correa y Cristina son los baluartes de la paz. Cuidémoslos.

Germán Ibañez

jueves, 21 de febrero de 2019

Raúl Scalabrini Ortiz y el nacionalismo popular


En un mundo en el cual el despliegue inclemente del imperialismo es constante, y genera resistencias nacionales en los países dependientes o sufrimientos interminables en sus pueblos en la ausencia de tales resistencias; en un mundo en el cual la disputa entre las principales economías se acrecienta con su corolario de proteccionismos renovados; en un mundo tal pues, parece obvio que la cuestión del nacionalismo (o mejor, los nacionalismos) constituye algo medular. Sin embargo, la obviedad se relativiza si consideramos que la ideología dominante a nivel global, el neoliberalismo, desde hace décadas postula de manera monolítica la caducidad de la nación y el nacionalismo. Aunque por supuesto, ese discurso siempre ha sido una mercancía para vender en los países periféricos, y de difícil colocación en un “Primer Mundo” con clases dirigentes plenamente conscientes de lo que está en juego. Por otra parte, en la Argentina la elite oligárquica ha renunciado al limitadísimo nacionalismo cultural heredado de la etapa de los intelectuales orgánicos del siglo XIX (Mitre, Sarmiento, Alberdi) y propone un presente permanente, sin historia y con un futuro cuya visión se dibuja con las mismas herramientas que el marketing instrumenta para engañar consumidores y vender cualquier cosa. Lo que queda disimulado tras las columnas de humo neoliberales, o sacrificado sin piedad en las guerras neocoloniales contra los pueblos, es la relación íntima entre nación y autodeterminación. Para pensar esa relación, resulta fundamental revisitar a las figuras clave del nacionalismo popular argentino, como Raúl Scalabrini Ortiz.
El nacionalismo de Scalabrini Ortiz alcanza su madurez en las décadas de 1930-40, cuando ya son firmes las manifestaciones políticas e intelectuales del antiimperialismo latinoamericano. Recordemos la temprana configuración antimperialista en el área de Caribe (a fines del siglo XIX) con José Martí, el influjo de la Revolución Mexicana con su larga estela de nacionalismo popular y agrarista, la querella intelectual andina de los años ‘20 con figuras de la talla de José Carlos Mariátegui y Víctor Raúl Haya de la Torre, o la polémica de éste último con el cubano Julio Mella, sin olvidar la gesta de Sandino en Nicaragua. Y si no fuera suficiente con estos exponentes nacionales, también los había de “importación”, con León Trotsky pensando y escribiendo en el México de Lázaro Cárdenas.
En el arranque de los años 1930, la “década infame”, el doble impacto de la crisis económica mundial y la restauración conservadora en Argentina, se hace sentir en los espíritus inquietos. ¿Qué nación era posible bajo la dominación imperialista y oligárquica? Scalabrini Ortiz va virando desde una búsqueda identitaria de los rasgos de la nación, como la que se verifica en El hombre que está solo y espera, al estudio de los mecanismos económicos de la sujeción colonial del país. En ese tránsito, es muy importante su revalorización de la experiencia yrigoyenista (a la que, hasta entonces, no se había sentido particularmente ligado) y su contacto con los herederos antimperialistas del viejo Líder, como Arturo Jauretche y los forjistas. Con lo cual, puede decirse que el estímulo para la elaboración de un cuerpo de ideas alrededor del nacionalismo económico proviene de la política. Y no de cualquier política, sino de una identificada con la tradición democrático-popular, la cual había florecido de manera exuberante y no exenta de contradicciones en el viejo radicalismo. Son los forjistas quienes sistematizan ese contenido democrático-popular del yrigoyenismo en el plano intelectual y militante, incorporándole una dimensión antimperialista (aunque esto último se reveló tarea infructuosa al interior del partido radical).
En ese contexto, Raúl Scalabrini Ortiz propone con ellos la necesidad del estudio concreto de la realidad económica. Esta vocación consume los días de Scalabrini Ortiz, quien admite sacrificar otras inquietudes artísticas e intelectuales, para consagrarse a develar los mecanismos del colonialismo de la época. Al desarrollar este programa intelectual, Scalabrini Ortiz elabora una crítica al capitalismo, no de manera abstracta, sino a su funcionamiento “real” en la Argentina de las primeras décadas del siglo XX. En eso, su escritura contrasta con otras producciones de la época, de un antiimperialismo más bien doctrinario. Inversiones, endeudamiento, comercio, transporte, el predominio del capital británico, todo ello pasa por su lupa. El imperialismo debe ser estudiado en sus manifestaciones históricas y concretas, y de ese modo, aunque evidentemente aprovecha los planteos de Lenin sobre ésta cuestión, no da indicios de compartir para la Argentina los corolarios que el líder ruso postulaba para la Europa de la década de 1910.
Lo que sí elabora Scalabrini Ortiz es una agenda antagónica a la del liberalismo oligárquico. El eje medular de esa agenda es la nacionalización económica. Con el tiempo, y especialmente con el desarrollo de la experiencia peronista, va tomando cuerpo también una dimensión pro industrialista. En ese camino, Scalabrini Ortiz identifica a la nación con las potencialidades de autodeterminación política y económica del país. Ese es el eje de su nacionalismo.
Decimos política y economía, pues debemos recordar una vez más el impulso inicial de su interés por los estudios económicos: el ideal democrático y el movimiento popular. Scalabrini Ortiz se acerca a esa dimensión, la del activismo y la vocación manifiestamente política, con cautela y reivindicando un espacio como intelectual. Pero no reclamando un fuero específico o privilegios particulares para los “hombres de ideas”; sino que entiende que le es necesaria cierta autonomía para observar y pensar. Para elevarse por sobre la disputa del momento o la decisión que sí o sí debe ponderarse en cada circunstancia, y analizar el despliegue del proceso nacional popular desde una perspectiva de largo aliento. Scalabrini Ortiz señalará la distancia que media entre la prédica y la realización, la autonomía relativa de ambas dimensiones de la transformación política y social. Sin embargo, la autonomía frente a las jefaturas políticas inmediatas y las inevitables disputas partidarias, no lo es frente al movimiento nacional y los objetivos permanentes de la liberación económica. Y así, aunque adhiere al peronismo del mismo modo que reivindica retrospectivamente al yrigoyenismo, se constituye en intelectual orgánico no del peronismo sino del movimiento nacional en su despliegue histórico. Por cierto, era lo suficientemente realista como para comprender que las disputas concretas no pueden esquivarse y exigen definiciones en el momento, allí está el sentido de su conocida referencia a la necesidad de elegir entre Perón y Pinedo; entre el liderazgo que expresa, con aciertos y errores, las aspiraciones de un movimiento popular realmente existente, y los personeros de la oligarquía (que también, qué duda cabe, es “realmente existente”). Por eso, en su búsqueda intelectual, Scalabrini Ortiz quiere alejarse de todo doctrinarismo a priori. No reniega de la necesidad de las ideologías, pero sí de su uso apriorístico.
Como le interesa la política y la economía “en movimiento”, no puede menos que ocuparse de la historia. Scalabrini Ortiz deja al respecto páginas imprescindibles, como aquellas dedicadas al estudio de la concertación del empréstito con la casa Baring Brothers, o a la fragmentación de la cuenca del Plata con la escisión del Uruguay. De la máxima relevancia es su identificación del hilo conductor de los antagonismos argentinos; es lo que sintetiza en la fórmula “las dos líneas de Mayo”. Por un lado, la línea nacional, popular, revolucionaria, cuya raíz se encuentra en la figura y el pensamiento del liberalismo jacobino de Mariano Moreno. Por el otro lado, la línea colonial, elitista y autoritaria que encuentra su temprana figura paradigmática en Bernardino Rivadavia. Como lo señalara también Arturo Jauretche, no hay un solo liberalismo en la Argentina del siglo XIX. Del mismo modo, no habrá un solo nacionalismo en el siglo XX.
El nacionalismo que le interesa a Scalabrini Ortiz es democrático y es popular. Por ello, reivindica desde temprano a la multitud. Eso es perceptible incluso en la etapa del Hombre que está solo y espera. La nación es el proyecto de autodeterminación, y es también su sujeto histórico: el pueblo. El temor a la multitud, a las masas, es denunciado como inherente al pensamiento conservador, que encuentra en la participación popular la fuente de toda anarquía y desorden social. Para Scalabrini Ortiz, la participación popular es la clave de la estabilidad política y de viabilidad del proyecto nacional. Hay una mirada de reconocimiento de la pluralidad, de la diversidad étnica y cultural del pueblo en Scalabrini Ortiz. Su emblemática descripción del 17 de octubre de 1945 es la prueba palmaria de ello. El pueblo es fuerte en su diversidad y es el agente de las transformaciones emancipatorias. Por ello, Scalabrini Ortiz no reconoce la viabilidad de un nacionalismo que no sea democrático y popular. No es difícil advertir que la oligarquía y su dominación representa la antítesis del libre despliegue del movimiento nacional y popular. Pueblo y oligarquía (como en el libro del mismo título de Rodolfo Puiggrós) son los términos políticos de la contradicción.
En ese terreno, Scalabrini Ortiz no se engaña: hay que liquidar el Estado oligárquico. Advirtiendo la secreta relación entre desnacionalización y déficit democrático, Scalabrini Ortiz plantea la simultanea nacionalización de la sociedad civil y la democratización de la sociedad política. Para ello, hay varias tareas. Una es la reforma cultural; Scalabrini la concibe anclada al principio inexcusable de “volver a la realidad”. Es decir, el conocimiento pormenorizado de la realidad material, de las posibilidades y condicionamientos objetivos que traza la economía. Es una crítica al espiritualismo abstracto y a cualquier identificación de la nación con tal o cual rasgo idiosincrático. La nación está en las materialidades de su economía, en el movimiento que apunta a la autodeterminación o encadena a la dependencia. El primer paso de la reforma cultural, es volcar la inteligencia argentina al estudio de esa realidad. Otra tarea es la reforma constitucional y de las leyes. Por eso, Scalabrini será entusiasta panegirista en la reforma constitucional de 1949. Para Scalabrini Ortiz, la Constitución tiene que estar al servicio del desarrollo nacional y de la distribución de la riqueza. Reprocha al texto constitucional de 1853 y al pensamiento de Alberdi, su limitada promoción del crecimiento económico. Sin discriminar si ese crecimiento económico favorece la autodeterminación nacional o solo garantiza los negocios de los más poderosos y del capital extranjero, no es posible establecer un horizonte constitucional adecuado. De allí la irrealidad de las leyes, irrealidad para las necesidades de desarrollo nacional, aunque, claro, máxima operatividad para los negocios extranjeros. Scalabrini era consciente de la necesidad de establecer escrupulosa y detalladamente aquellos principios, garantías y ejes jurídicos que permitieran sustentar la liberación nacional. Pues de lo contrario, el mero “vacío legal” era aprovechado por la oligarquía y el capital extranjero. Por eso aquello de legislar explícitamente a favor de los más débiles, pues sino se legisla implícitamente a favor de los más fuertes.
Allí debía estar el concurso de la inteligencia nacional, que Scalabrini Ortiz juzgaba imprescindible para alcanzar la liberación nacional. Ese programa es al que se sujetó disciplinadamente, conducta que permitió a Juan José Hernández Arregui vislumbrar en la figura de Raúl Scalabrini Ortiz el arquetipo del intelectual nacional.

Germán Ibañez

miércoles, 13 de febrero de 2019

El núcleo duro de la convicción


La disputa por el sentido no se da solo en torno a la veracidad y calidad de la información, la versatilidad a la hora de argumentar, y la sistematicidad de las ideologías. Todo ello es muy importante, pero opera sobre el trasfondo de una historia cultural cuyo arraigo puede ser muy profundo. Esa historia cultural va conformando un imaginario social, que nunca es unívoco y expresa hondas contradicciones. En ese plano de la vida colectiva se consolidan o se erosionan convicciones, y se estimulan sensibilidades diversas. La dimensión de los sentimientos es muy fuerte, y se anuda a los valores que incorporamos y recreamos en la vida en común. Lo que se medita y pondera, de manera sistemática o no, va junto a lo que se siente “en las entrañas”, aquello que nos apasiona o nos deja fríos. Razón y prejuicio conviven, muchas veces sin beneficio de inventario.
Este plano puede conocerse y estudiarse, lo cual resulta muy necesario en la lucha política y social que hoy se vive en la Argentina. En el choque de argumentaciones, el “triunfo de la Razón” parece estar ausente y no se arriba a síntesis. En parte ello es así porque se desconoce o subestima la dimensión de los valores y convicciones. Nos seduce o persuade aquello que a priori parece coincidir con los valores que se sustenta. Aquí no nos referimos a esos discursos superficiales que a veces de manera ingenua y otras veces de modo malicioso, apelan a los “altos valores” que supuestamente nos comprometen a todos. Hablamos de aquello que nos coloca en un lado de la trinchera. Estamos con la igualdad o no. Nos moviliza la reivindicación colectiva o nos convence la superioridad de unos y la inferioridad de otros. En la vida política eventualmente hay que generar consensos, articular diferencias, convocar a moros y a cristianos. Pero en la lucha ideológica no vale la pena engañarse: la fractura es muy profunda y el antagonismo es estimulado cotidianamente por la ideología de la dominación.
Allí se encuentra una raíz del éxito de las argumentaciones banales que se reproducen día a día a través de los monopolios de la comunicación audiovisual y del discurso oligárquico. Van derecho al lecho profundo de prejuicios y rechazo visceral al otro que conforma una cara del imaginario colectivo. Eso se percibe también cuando, en el intercambio con compatriotas que sostienen al gobierno de Cambiemos, retroceden ante argumentaciones que dan cuenta de la magnitud del desastre económico y social. Pero no entregan el núcleo íntimo de su convicción.
No es una fatalidad insalvable, pero sí un plano muy raizal de la disputa política actual. El sustrato del proyecto nacional-popular, la solvencia de las argumentaciones, la densidad de la propuesta ideológica, se sostienen también en convicciones, que habitan asimismo el imaginario colectivo en árida disputa con los prejuicios y los valores de la dominación. La soberanía y la igualdad no son de los menos importantes. Son valores irrenunciables, y si faltan o se debilitan, también pasa lo mismo con las construcciones políticas o ideológicas que quieran erigirse para contraponerlas a la hegemonía oligárquica. No se trata de un sectarismo ideológico, sino del basamento de una política. La apertura a las diferencias y la conducción de un conjunto no idéntico de intereses no nace del eclecticismo ni del escepticismo. Comprender las razones del otro e interpelarlo no suponen neutralidad ni equidistancia en la secular disputa entre igualdad y desigualdad, entre soberanía o dependencia. Para desarmar la trama de la dominación no alcanza con responder las mentiras que se vierten a repetición. Hay que ir a la raíz profunda de los sentimientos y las convicciones que nos unen o nos separan.

Germán Ibañez

martes, 12 de febrero de 2019

Manuel Ugarte, antiimperialismo y democracia


La actual avanzada imperialista sobre la República Bolivariana de Venezuela tiene como excusa la “democracia”. No es una novedad, pues la manipulación de la idea democrática es una habitual bandera del intervencionismo estadounidense, en varias regiones del globo. Lo cierto es que los regímenes políticos de los países que tienen la desgracia de caer bajo la mirada de los gobiernos de Estados Unidos son diversos. En el caso de la Venezuela de Maduro, no hay ningún índice objetivo que permita dudar de la calidad democrática del régimen imperante. Pero lógicamente, esto no es algo que pueda disuadir la intentona golpista, porque de manera subyacente se verifican las cuestiones que realmente interesan al imperio, y que se manifiestan recurrentemente en el largo historial de agresiones contra los pueblos.
Una de esas cuestiones, que Estados Unidos no siempre tiene la habilidad (o el deseo) de ocultar es la existencia en el territorio agredido de recursos económicos estratégicos. Es el caso del petróleo. Pero otro asunto fundamental es la independencia y autodeterminación del país en cuestión. El no alineamiento automático con los dictados del Norte, y la búsqueda de una estrategia autonómica de inserción y despliegue internacional; esa fue suprema herejía de la Revolución Bolivariana en los tiempos de Chávez. La lucha por la autodeterminación es el terreno primordial de la puja por construir un orden mundial más igualitario, y es también el escenario concreto de la democracia posible. De allí los ingentes esfuerzos para tergiversar esta problemática, para “secuestrar” la cuestión democrática y disociarla de la autodeterminación nacional. Cuando el paradigma imperialista de la democracia se impone, no importa cual partido gobierna un país ni la calidad institucional, pues las decisiones estratégicas, aquellas que deberían ser emanación de la soberanía popular, se toman realmente en el Norte, en ámbitos opacos y blindados a la voluntad de los pueblos.
Para reflexionar sobre esto, resulta de suma importancia el rescate del pensamiento de Manuel Ugarte, intelectual argentino que en las primeras décadas del siglo XX estableció con suma precisión la relación entre autodeterminación y democracia. Ugarte fue expresión de una tradición socialista y nacionalista latinoamericana, muy débil aún en los primeros tramos del siglo XX, que comienza a desmarcarse de una simple imitación del ideario socialista europeo en pos de una reflexión propia, asentada en el conocimiento de la historia y la realidad del continente. Ese camino original, como el que emprenderá también el peruano José Carlos Mariátegui, llevará a Ugarte a preocuparse por la raíz nacional de una política emancipadora. No bastaba con estar a tono con las ideas progresistas de su tiempo, sino que era necesario superar cualquier cosmopolitismo para integrar las enseñanzas que pudieran derivarse de la experiencia internacional con las necesidades concretas de los países latinoamericanos.
Ugarte representa una generación intelectual que transita una escenario internacional y de importante intercambio cultural, como fue la generación del 900, a la que supo rendir homenaje. Pero esa experiencia internacional aporta insumos para fortalecer una búsqueda que es profundamente nacional. Por esa vía se va destilando la aleación entre modernismo, socialismo, nacionalismo latinoamericano; y no resulta curioso que, siguiendo ese camino, Ugarte llegara a la reivindicación de Bolívar.
Especialmente relevante para lo que nos interesa es la concepción de patriotismo latinoamericanista que va construyendo Ugarte, su afirmación de la cuestión nacional. Esto lo llevará a chocar con sus camaradas del socialismo argentino, posicionados en un paradigma cosmopolita, y finalmente a abandonar el Partido Socialista. Se va afirmando en Ugarte una concepción nacionalista, sustentada en la centralidad de la autodeterminación nacional para cualquier política posible e imaginable en esas coordenadas históricas. El nacionalismo de Ugarte explícitamente abjuraba del nacionalismo expansionista de los países imperialistas. Y mantenía una vocación de reivindicación social al anudar la defensa de los países oprimidos con la defensa de los “débiles” y explotados al interior de la comunidad nacional. Del mismo modo, el campo de extensión de la construcción nacional se extendía al conjunto de Latinoamérica, trascendiendo las fronteras de los países.
Ugarte se posiciona como un intelectual moderno, y le presta toda su atención a las campañas ideológicas y a la disputa por la opinión pública del continente. En ese plan, desarrolla una gira latinoamericanista en 1910, y expone sus ideas en una serie de libros como El porvenir de la América Española, Mi campaña hispanoamericana, o El destino de un continente. Su pensamiento va desarrollando lo que, siguiendo a Jauretche, podríamos llamar una posición nacional. En ella se conjugan el ideal de un socialismo que debe ser nacional o no es tal, la reivindicación de un revisionismo histórico, la promoción del nacionalismo económico y la industrialización, la afirmación principista de la democracia y la soberanía popular.
El ideal latinoamericanista se afirmaba en una historia compartida, que Ugarte se ocupaba de resaltar, y en el protagonismo a lo largo del tiempo, de las masas populares. Así, Ugarte destacará el rol de los caudillos populares en el siglo XIX, y de manera perspicaz postulará un vínculo profundo entre el carácter emancipador de las luchas populares latinoamericanas y las causas progresistas en otras regiones del mundo. Así dirá de las montoneras: “Esos gauchos bravos habían nacido en momentos en que Europa ardía en la llama de la Revolución y a medio siglo de distancia, con las modificaciones fundamentales que imponía la atmósfera, sintetizaban de una manera confusa en el Mundo Nuevo el esfuerzo de los de abajo contra los de arriba. No eran instrumento de la barbarie. Eran producto de una democracia tumultuosa en pugna con los grupos directores”.  Este es un primer elemento fundamental: la democracia se vincula con “los de abajo”, la participación popular aún tumultuaria, el ideal de igualdad.
El otro elemento fundamental es la autodeterminación económica. Ugarte era firme partidario de la industrialización. En 1916 dirá: “La Argentina será industrial o no cumplirá sus destinos”. Pero el campo de la afirmación económica no se circunscribirá al interior de los países, sino que se concretará en la unidad del continente. Ugarte partía de la convicción de que la escala realmente viable del desarrollo económico era el conjunto del continente y no podía confinarse al interior del mercado de cada país. Y tenía plena conciencia de que una proyección de tal calibre, encontraría una enconada oposición en los intereses imperialistas de los Estados Unidos. De allí que no pudiera disociarse autodeterminación de antiimperialismo, ni tampoco democracia de movilización popular.
Ese es el paradigma latinoamericanista de la democracia, nacionalismo que no se encierra en sí mismo, sino que es solidario con todas las causas liberadoras del mundo. Resulta evidente que un ideal así rebasa el institucionalismo y cualquier concepción puramente procedimental de la democracia, y se desborda en una dimensión utópica. Ugarte no pensaba otra cosa: “La democracia es una fuerza activa, viviente, creadora, reformadora, revolucionaria, que hasta hoy estuvo helada en los textos y dormida en los comités. Esa fuerza hay que llevarla a las calles, a las leyes, a la realidad futura de la colectividad. Porque la función de la democracia no es ornamentar debates, ni reclutar tropas para salvar a la oligarquía, sino combatir el privilegio, forjando modalidades nuevas, para hacer, con hombres nuevos, una vida nueva”. Que así sea.

Germán Ibañez