jueves, 29 de agosto de 2019

Historiadores sin vocación ni honestidad intelectual


En momentos dramáticos para el país, el ministro Hernán Lacunza optó por hacer una curiosa referencia, sin dar demasiados detalles tampoco, a 91 años de historia. En su caprichosa interpretación, el rasgo destacable de esos 91 años sería el de gobiernos no peronistas que no culminan su mandato. Las dictaduras cívico-militares y las restauraciones oligárquicas no merecieron mención en sus escuetas reflexiones. Los desvaríos de Hernán Lacunza en materia de historia no constituyen empero una completa sorpresa, pues si siendo Ministro de Hacienda no pone empeño el resolver los problemas del pueblo, menos podemos esperar que se aplique al estudio del pasado nacional. Tal vez haya encontrado inspiración en el presidente Mauricio Macri, que tiempo atrás aludió a 70 años de debacle nacional, sin advertir en apariencia que ese período incluye también el del crecimiento exponencial de su grupo empresarial. Pero la honestidad intelectual ha brillado por su ausencia en estos años de gobierno oligárquico, tanto en la Casa Rosada como en el edificio de Hacienda.
De todas formas, no resulta ocioso detenerse en interpretar qué quisieron decir estos improvisados historiadores, pues sus escuetas y falaces afirmaciones son consistentes con una construcción de sentido de más largo aliento. Que Hernán Lacunza diga lo que dijo, así como “al pasar”, con inocultable desdén, no deja de ser expresivo. Lo que se quiere poner en el banquillo de los acusados es la experiencia histórica de los movimientos populares y democratizadores, que han “interferido” con los designios del “mercado”. En la cosmovisión burguesa, especialmente en su variante neoliberal, la democracia real (soberanía popular) en la medida se asocia a derechos sociales y garantías de autodeterminación, se constituye en un obstáculo a la maximización de la ganancia. La lógica desatada del mercado (los actores económicos más concentrados) no puede convivir con la organización popular. Lo que se “desvía” de la acumulación privatista de los más ricos para irrigar otras porciones de la sociedad es una aberración que es necesario erradicar y que, en todo caso, es explicación suficiente para el fracaso nacional. Claro que aquí debemos leer fracaso nacional como fracaso oligárquico.
En esa interpretación, el Estado amenazado por la marea populista es de naturaleza oligárquica. Es decir, un Estado patrimonialista, cooptado al 100 por ciento por los representantes del poder económico más concentrado. De modo tal que los fracasos que lamentan el Presidente y su ministro no son los de una modernidad frustrada, sino los de un régimen patrimonialista de raíz señorial que los movimientos políticos como el peronismo y el kirchnerismo impugnaron haciéndose eco de las demandas populares. La oligarquía argentina, experta golpista, no lamenta per se las interrupciones gubernamentales, lo que deplora es la “interferencia” popular en sus designios. Por ello, el reciente triunfo popular en las PASO es sindicado como causante de la inestabilidad económica. Las referencias al pasado y al presente del presidente Macri son inequívocas, más allá de su pobreza conceptual. Y lo formulado por el Ministro Lacunza es enteramente coherente con ese paradigma. El antagonismo entre democracia real (soberanía popular) y mercado (intereses financieros trasnacionales) es postulado por las derechas en todas partes. El matiz que ha querido añadirle el macrismo a este asunto, para no ser menos, es el ofuscamiento señorial del patrón de estancia ante los peones que se le plantan. Por eso, algunos personeros de tercera línea plantean comprar los votos de sus empleados, mientras suspiran por “los viejos buenos tiempos…”

Germán Ibañez

miércoles, 28 de agosto de 2019

La articulación nacional-popular


El escenario político actual muestra un gobierno en descomposición, pero con la voluntad de continuar en un plan de saqueo de la economía nacional. Ese rumbo solo puede aumentar un descalabro ya terminal, sin chances de reflotar la cohesión gubernamental o de favorecer las expectativas reeleccionistas de Macri. Por ello, el problema político más delicado no es la supervivencia del gobierno oligárquico, sino el reacomodamiento de las fuerzas sociales que lo sustentaron hasta aquí, especialmente los intereses vinculados al capital financiero internacional. Esos intereses intentan condicionar al próximo gobierno de signo nacional-popular, y para ello la amenaza cada vez más cercana de una debacle general “a lo 2001”, parece la herramienta principal. No cabe esperar piedad de los saqueadores. La anti utopía del macrismo se esfuma, y se queda, cara a cara, con los intereses orgánicos del imperialismo, representados en el FMI. El descrédito relativo del FMI, por su evidente corresponsabilidad en el derrumbe argentino, no debe llevarnos a subestimar su poder.
En tal cuadro de situación, parece claro que la posibilidad de éxito (más allá de lo electoral) del proyecto nacional-popular depende de la convergencia de una adecuada orientación política, muy atenta a la contingencia pero con mirada estratégica, y una amplia base social asentada en los intereses mercado internistas. Estos elementos son contrastantes con la situación política y social del pueblo argentino en el año 2001. Aun así, debe observarse el profundo daño que ha sufrido y seguirá sufriendo un tiempo más el conglomerado productivo nacional y los sectores populares. Por ello, el “castigo” se aplicará allí, al tiempo que continúa la campaña de demonización del kirchnerismo y el peronismo.
En un escenario así, la articulación entre la orientación política y la coalición social pasa a ser fundamental. Nos referimos a los hombres y mujeres concretos, a los militantes, referentes y dirigentes. Ese nexo es el que puede asegurar un enraizamiento profundo del proyecto nacional-popular, y de esa manera resistir la embestida dirigida a continuar disgregando el tejido social popular. Allí se encarna la memoria viva del movimiento nacional, en repertorios de organización y lucha, en experiencias de comunicación popular, en una cultura polemista que se afina cada vez más y desafía el discurso único del neoliberalismo. Ese patrimonio del pueblo argentino no estuvo ausente en el año 2001. Pero ahora tiene otra densidad, amasada en una década efectivamente ganada. Hay que hacerlo valer.

Germán Ibañez

lunes, 12 de agosto de 2019

Sigue siendo revolución y contrarrevolución…


La corrida cambiaria desatada tras el triunfo popular de la fórmula Alberto Fernández /Cristina Fernández de Kirchner pone sobre aviso acerca de las maniobras desestabilizadoras que aún nos esperan. El máximo responsable es el gobierno oligárquico de Mauricio Macri. Pero detrás de él se manifiesta un complejo conglomerado de intereses rentistas “nacionales” y del capital financiero internacional. Son los beneficiarios del saqueo a la economía argentina de los últimos tres años y medio, causantes de la caída del empleo y del ingreso de los trabajadores, del industricidio y del demencial endeudamiento externo. Se resistirán a perder sus privilegios, buscando, de mínima, concretar los últimos despojos a la riqueza nacional, pero eventualmente también obtener lo máximo posible del gobierno de Macri al que no dudarán en abandonar a su suerte, y especialmente condicionar a un próximo gobierno nacional-popular.
Una de las claves del triunfo del Frente de Todos, es su decisión de interpelar y representar al bloque de intereses del país productivo, de las pequeñas y medianas empresas, de los trabajadores y aquellos que dependen de un ingreso fijo, de los actores profesionales, intelectuales y académicos que se identifican con el desarrollo nacional, científico y cultural. La solidez de tal convergencia social es lo que fortalece una coalición político-electoral, dándole posibilidades de transformarse en opción de gobierno. Sobre todo, constituyendo la raíz social, económica y cultural del despliegue del proyecto nacional, sin la cual los acuerdos políticos no pueden ser sino circunstanciales.
De modo que se enfrentan, en un terreno que excede lo electoral, bloques de clases con articulaciones internacionales y proyecciones de alianzas divergentes y aún opuestas. El bloque “globalizante” conserva todavía sólidas posiciones (para empezar, está en el gobierno hasta diciembre), especialmente a la hora de desestabilizar las principales variables económicas. Pero también para incidir en la agenda política del día a día, construir sentidos, y escarbar en los más oscuros valores y creencias del imaginario social.  El bloque de los “productores nacionales” por su parte remonta una cuesta de deterioro económico y desencuentros políticos. Su fortaleza material se asienta en las reales condiciones para un autodesarrollo nacional, que se verifican cada vez que la orientación estatal acompaña esos intereses (Perón, Néstor, Cristina). Pero la economía “no lo es todo”. La riqueza y la vivacidad de las tradiciones políticas populares, las estrategias de resistencia y supervivencia “creativa” de los agredidos por el saqueo oligárquico, y el cúmulo de valores solidarios, igualitaristas y democráticos que son la mejor parte de nuestra tradición nacional, constituyen el activo más importante del despliegue del proyecto nacional. Tan importante es, que puede advertirse en la comunicación monopólico el modo en que constantemente tal tradición es devaluada o tergiversada. Y finalmente, hay que referirse la calidad de los liderazgos políticos. Sin liderazgo, sin acertar en política, no se termina de consolidad nunca un proyecto nacional, no termina de erigirse un poder político democrático fuerte. Cristina Fernández de Kirchner es altísima manifestación de tradición de liderazgos populares. La tenemos nosotros.
Si se mira la historia nacional, se verá que esta configuración del conflicto político, económico y cultural, no es completamente inédita. Avances y retrocesos, “revolución y contrarrevolución”, se han manifestado una y otra vez en nuestra historia. Hace muchos años, Jorge Abelardo Ramos le dio el título de Revolución y contrarrevolución en la Argentina a uno de sus trabajos emblemáticos. Mucha agua ha corrido bajo el puente, los contextos son diversos. También es relevante la necesidad de incorporar nuevas referencias intelectuales. Pero lo medular de ese movimiento entre el avance popular y la petrificación oligárquica tan bien captado en ese libro, sigue allí. Que sea Revolución.

Germán Ibañez

viernes, 26 de julio de 2019

Cristina y la burguesía nacional


De la reivindicación de Gelbard a “pindonga” y “cuchuflito”, pasando por la acusación al gobierno de Macri de ser “anticapitalista”, la ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner ensaya distintos abordajes acerca de la debacle económica actual y la necesidad de recomponer un horizonte de autodesarrollo nacional. Es realmente una cuestión menor si tal cual expresión en sus declaraciones es más lograda o menos lograda. La destrucción del entramado productivo, la pauperización colectiva, el endeudamiento del país, la pérdida de soberanía, el crecimiento de la desocupación, todas consecuencias gravosas de la política oligárquica enseñoreada actualmente en el Estado argentino revisten dramatismo suficiente como para concentrar toda nuestra atención. Resulta insólito atribularse por “pindonga” en un país donde se asesina por la espalda a jóvenes como Rafael Nahuel. El lenguaje polémico y combativo de la mejor tradición argentina tolera a “cuchuflito” y mucho más, porque tuvo que enfrentar a la verba siniestra de los secuestradores y torturadores y dar testimonio, como quiso Rodolfo Walsh.
El meollo de la cuestión es muy otro: el ataque concertado al bloque de productores nacionales, empresarios pequeños y medianos, cooperativas, trabajadores y emprendimientos productivos populares. También al sistema de Ciencia y Técnica, a las Universidades y a toda área del Estado que pueda incidir en el desarrollo de un capitalismo productivo nacional o en una eficiente fiscalización de la actividad económica de los más poderosos. Ese es el sentido profundo de la crítica al macrismo por “anticapitalista”: la política oligárquica impide el autodesarrollo nacional. En otros tiempos, Jorge Abelardo Ramos había expresado algo parecido, al señalar que la oligarquía argentina era capitalista, pero “antiburguesa”, incapaz de conducir un proceso de construcción nacional. La recordación de Gelbard en boca de Cristina es una apuesta azarosa sin duda, pero necesaria en lo que implica: la convergencia de distintos sectores sociales para relanzar un rumbo productivo e industrialista. Para ello es imperioso detener la destrucción de segmentos intermedios de la sociedad argentina, que son aquellos que pueden apuntalar inicialmente una recuperación productiva, con el auxilio de una política económica adecuada.
Esos segmentos intermedios pueden ser caracterizados sociológicamente de diversos modos, pero en el realineamiento de fuerzas sociales, políticas y culturales que promueve el movimiento nacional, son la burguesía nacional. Cristina apela a ellos, con conciencia histórica y sin perder el tiempo en frases de cortesía.
Germán Ibañez

jueves, 20 de junio de 2019

Burguesía y movimiento nacional en la mirada de Jorge Abelardo Ramos


En el marco del mundo contemporáneo sigue siendo una cuestión fundamental la posibilidad de un desarrollo autónomo de los países y de un diseño propio de las estrategias de inserción internacional. Es decir, de una política de autodeterminación nacional. En las antípodas de esa discusión, se encuentra la ideología neoliberal que expresa los intereses del capital financiero mundializado y la vocación imperial de los Estados metropolitanos. Históricamente, una herramienta del neoliberalismo ha sido “velar” a los actores sociales concretos y a los intereses en juego, proponiendo la fantasmagoría de un mercado impersonal como fuerza motriz de la mundialización. Pero siempre tuvo en claro a los jugadores reales, llevando a cabo verdaderas guerras económicas, culturales (y de las tradicionales también) contra los emergentes de los procesos de desarrollo o liberación de los países periféricos.  En esa puja, se han dividido históricamente las clases poseedoras de las regiones dependientes, entre aquellas fracciones que se enlazaron a esquemas de asociación asimétrica y subordinada (las burguesías “compradoras”) con el capital extranjero, y los segmentos productivos y comerciales vinculados a los mercados internos y el consumo popular. Esa fractura no es estática, sino que cambia con los avatares de la economía nacional e internacional, con la presión de los Estados metropolitanos y sus estrategias de colonización. También con el mismo éxito de los procesos de desarrollo nacional que vuelven a repartir las cartas entre los jugadores locales y a veces generan el resultado, paradójico en apariencia, de un empresariado beneficiado por el marco nacional-popular que buscar romper lo que interpreta como un constreñimiento social a la maximización de sus ganancias y vira hacia estrategias de inserción en la mundialización imperialista.
Es esto, entre otras cosas, lo que ha dificultado históricamente sostener el compromiso nacional popular, y aún identificar una burguesía con “vocación” nacional. Por eso, el debate acerca de la “burguesía nacional” fue intenso en el nacionalismo popular y la izquierda nacional del siglo XX. Y por cierto, se trata aún de una discusión nada ociosa, aunque lógicamente no pueda ser llevada adelante exactamente en los mismos términos de décadas atrás. De allí que resulte útil la recuperación de parte de esas polémicas, para repensarlas en los nuevos escenarios en los que se busca nuevamente establecer un compromiso nacional-popular, para sacar al país del marasmo neoliberal. Nos referiremos concretamente a la posición sostenida por Jorge Abelardo Ramos en torno a la relación entre burguesía y movimiento nacional.
En la tradición de la izquierda nacional de los años 1940, de la cual Ramos se transformaría en el principal exponente, se tomaba nota de la división de las clases dominantes argentinas entre los sectores tradicionales vinculados a la así llamada “oligarquía” y la moderna burguesía industrial que se expresaría en el país peronista. Los paradigmas ideológicos librecambista y proteccionista corresponderían a esa fractura (“Bases económicas de la política burguesa argentina, Frente Obrero N° 1). Sin embargo, se sostiene que, pese a la divergencia de intereses entre los sectores vinculados al mercado mundial y aquellos dependientes del consumo popular, la mentalidad burguesa argentina estaba enfeudada en bloque al imperialismo y a los mitos del viejo país agropecuario. Lo cual ponía serios límites a una hegemonía capitalista nacional que impulsara el desarrollo industrial. Y, al mismo tiempo, que tal política solo era posible sobre la base de una audaz movilización de las masas populares, lo cual estimulaba los peores temores de la propia burguesía nacional. Allí estaba el dilema: una clase que era empujada al movimiento nacional por las propias contradicciones del autodesarrollo capitalista nacional frente a la subordinación unilateral al capital imperialista que le disputa el mercado interno, pero que retrocede ante el ascenso de los sectores populares sin cuyo concurso es imposible una política de autodeterminación nacional. En ese marco la burguesía industrial no podía constituirse en la clase dirigente de la liberación nacional.
Sobre la base de ese diagnóstico, Jorge Abelardo Ramos sustentará en sus escritos tempranos (América Latina: un país; 1949) una interpretación en la cual la potencialidad de la burguesía industrial argentina no estaba empero totalmente obturada. Son los años ascensionales del peronismo, y no estaban claras todavía las dificultades económicas que se revelarían en la primera mitad de la década de 1950. Sus camaradas de Frente Obrero le reprocharán de todas formas lo que entendían constituía una apología de la burguesía nacional. En los años posteriores, especialmente desde el derrocamiento de Perón, Ramos modificará esa lectura por otra más crítica de los límites del empresariado industrial como clase potencialmente hegemónica del movimiento nacional.
Lo que seguirá siendo un eje constante en el pensamiento de Ramos de todas formas será su interpretación del drama argentino como resultado del antagonismo insalvable entre la vieja Argentina agropecuaria (oligárquica) y el país industrial (burgués). En los años 1970 todavía dirá: “…la Argentina está a medio camino entre el capitalismo avanzado tal cual se dio en Europa y Estados Unidos y una estructura petrificada, puramente agraria, comercial y pastoril, típica de una semicolonia disfrazada con un barniz superficial de modernidad. La vieja oligarquía no deja avanzar hacia el capitalismo y la débil burguesía es incapaz de eliminar a la oligarquía” (Adiós al coronel, 1982). De acuerdo a lo anterior, interpretará que la política de la dictadura de 1976 será no solamente antiobrera, sino también antiburguesa.
Pero ese antagonismo no se expresaba “transparentemente” protagonizado por sendas fracciones de las clases propietarias. Podía resultar ocioso buscar, lámpara en mano, a la burguesía arrogante que, sin mediaciones, encabezara la lucha por la emancipación nacional. El terreno de la disputa era el movimiento nacional. Pasajes relevantes de la obra de Ramos a tal respecto pueden encontrarse en su polémica con la interpretación política e histórica de Milcíades Peña. En ese contexto dirá que las burguesías coloniales se forman al compás de las crisis del sistema imperialista mundial, que abren brechas en él. Pero no pueden emanciparse del todo de su gigantesco poder, y continúan reverenciando su sistema de valores. ¿Cómo se procesan entonces sus contradicciones con el capital imperialista? A través de los movimientos nacionales (“La cuestión nacional y el marxismo”, en La lucha por un partido revolucionario). Por eso no es dable esperar ver actuar a la burguesía nacional de modo “transparente” como un actor socio-político plenamente recortado y con total conciencia de sus intereses y fines. De allí que la retórica antiburguesa de intelectuales como Milcíades Peña escondiera su hostilidad concreta a los movimientos nacionales como el yrigoyenismo y el peronismo.
La suerte del desarrollo nacional y de la liberación se desplazan por tanto al campo de acción del movimiento nacional, no pueden escapar a su centro de gravedad. Y le daban al antagonismo entre imperialismo y liberación nacional el carácter de contradicción principal. En el decurso de ese formidable y secular conflicto no podía presumirse de una vez y para siempre el rol de la burguesía industrial: no es inmutable. Las inconsecuencias de esa clase no podían llevar a negar la existencia del nacionalismo burgués, como reprocha Ramos a Peña, posición cuyo corolario excéntrico era negar el aporte del peronismo al desarrollo industrial del país.
Tampoco podía agotarse la mirada sobre las potencialidades del autodesarrollo capitalista nacional en el seguimiento de los grandes intereses y las grandes empresas (nacionales y extranjeras). Había que prestar atención al inmenso y estadísticamente sub representado universo de pequeñas y medianas empresas, agentes de la transformación capitalista interna. Y también a la propiedad pública y al rol del Estado. En un país periférico, el Estado es el gran núcleo del desarrollo nacional.
Existía entonces una compleja y contradictoria relación entre burguesía y movimiento nacional. La primera no alcanzaba al alzarse al nivel de una clase hegemónica, y Ramos dirá que era una “burguesía en sí” más que una “clase para sí” (Historia de la Nación Latinoamericana, 1968). Pero el segundo no es solamente el vehículo de realización de una inconsistente burguesía: es también el ancho cauce en que se manifiesta la movilización popular. El antagonismo entre autodesarrollo nacional e imperialismo es la contradicción principal al nivel de la formación social, pero al interior del movimiento nacional se procesan otras contradicciones entre las clases que lo integran.
Mucha agua ha corrido bajo el puente, pero la relectura crítica y atenta de la tradición del pensamiento nacional, en este caso de la escritura de Jorge Abelardo Ramos, puede brindar más de una pista, en momentos en que se torna imperioso coaligar nuevamente distintos estamentos sociales, y retomar una senda de autodeterminación con democracia y justicia social.

Germán Ibañez

lunes, 6 de mayo de 2019

Rodolfo Puiggrós y la integración latinoamericana


Rodolfo Puiggrós fue una de las más importantes figuras intelectuales del nacionalismo popular revolucionario. Los avatares de la vida política argentina y las persecuciones lo llevaron más de una vez a residir en México. Allí, en la década de 1960, brinda una serie de conferencias en la universidad, que fueron publicadas por la editorial Jorge Álvarez en un pequeño volumen con el título Integración de América Latina. Ese trabajo revela una fase de la evolución política-intelectual de Puiggrós, al tiempo que conserva una notable actualidad. Sin pretensiones de un análisis exhaustivo de sus páginas, aquí comentaremos solamente algunas ideas plasmadas por Puiggrós.
El horizonte de un proceso de integración latinoamericana es valorado como positivo por Rodolfo Puiggrós, pero aclara la necesidad de partir de la realidad concreta y no de la aplicación de “modelos idealizados”. Aquí el principal blanco de la crítica es el desarrollismo de la época y las diversas variantes de la teoría de la modernización, especialmente cuando se presentan en sus formas más bastas de recetas universalmente aplicables. Sin embargo, el desarrollismo no deja de ser una manifestación de la ideología burguesa dominante, y allí hay que buscar las raíces de la alienación de la inteligencia. Si los modelos apriorísticos de la ideología burguesa no pueden constituir una sólida base partida, entonces es la propia burguesía latinoamericana la que queda en entredicho como sujeto de los procesos integracionistas.
El actor eficiente no puede ser sino el pueblo, o mejor su plural: “La integración de América Latina será resultado de tendencias profundas, de transformaciones totales promovidas por la máxima acción democrática de los pueblos”. Es importante resaltar que aquí “máxima acción democrática” significa protagonismo popular, movilización, organización de masas, revolución nacional y social. Desde momentos tempranos de su trayecto intelectual Puiggrós apunta una crítica al Estado de matriz liberal y se pronuncia por un Estado revolucionario. Por lo cual, los modelos congelados de una democracia liberal (coartada por otra parte, cada vez que los pueblos amenazaban los privilegios de las clases poseedoras) no podían ofrecer el marco institucional lo suficientemente fuerte para sostener y consolidar en el tiempo los procesos de integración regional.
Si la ideología dominante no podía ir más allá de un modelo idealizado, una suerte de camino único, también era preciso evitar el espejismo de un camino único “desde abajo”. La diversidad regional, las historias particulares de los países, las peculiares configuraciones culturales de cada sociedad, tendrían su peso inevitablemente. Por eso dirá: “Se llega a la integración auténtica y natural cuando se parte de la diversidad también auténtica y natural de la vida de los hombres y de los pueblos”. No existía el atajo de un modelo revolucionario universal. Del mismo modo, las revoluciones populares latinoamericanas no podían constituirse en ínsulas incomunicadas, de una especificidad irreductible. La integración latinoamericana suponía el desafío de articular lo diverso, de engarzar tiempos y ritmos diversos, de superar contradicciones.
Un desafío de tal magnitud conmueve a la totalidad de la formación social, o queda trunco. Por eso Puiggrós insistirá en la crítica al economicismo de la ideología burguesa dominante, que hacía de la integración latinoamericana una proyección meramente económica, prolongación de los intereses de los grupos sociales más encumbrados. La idea de una economía dinámica y una política y una cultura estáticas traducía el miedo a la revolución, a cambios que fueran más allá de los intereses societarios predominantes. La integración desde los intereses de los pueblos no podía entonces replicar la concepción economicista: “Todo proyecto de integración debe comenzar por ser integral en sí mismo para corresponder a las necesidades reales de desarrollo y unidad de América. No es integral si solo propone cambios y acercamientos cuantitativos en determinados sectores de la economía y defiende la inmovilidad en otros, así como en la ideología y la política”.
Sin movilizar las enormes fuerzas creativas de los pueblos, sin renovar y repensar los marcos institucionales de la vida democrática, sin remover a fondo las aguas de los imaginarios sociales, sin desatar una revolución cultural en suma, no hay integración posible. Los intereses mercantiles dominantes se integran y se desintegran al compás de las torsiones impuestas por el sistema capitalista mundial, siendo los logros alcanzados perfectamente reversibles. Es un camino de abajo hacia arriba, “…en la coincidencia de los pueblos que se desenajenan de ideologías fetichizadas y de sistemas opresivos”.
En momentos en los cuales, los jalones trabajosamente erigidos en la integración regional latinoamericana parecen desmoronarse, resulta imprescindible el rescate de este pensamiento de Rodolfo Puiggrós, para imaginar y recrear las nuevas alternativas.

Germán Ibañez

miércoles, 24 de abril de 2019

El peronismo en la Resistencia: una mirada de Cooke


El primer peronismo supuso una convergencia de clases sociales alrededor del eje clase obrera /burguesía nacional. Pero en la primera mitad de la década de 1950 esa alianza comenzó a erosionarse, facilitando el golpe oligárquico de 1955. El golpe de Estado y la política posterior tuvieron un contenido netamente burgués, pues la elite tradicional logró arrastrar a la burguesía nacional detrás de sí. Tal situación es lo que permitió a militantes políticos de la época hablar de la “traición de la burguesía industrial” (Esteban Rey). Es también la etapa de un peronismo clarísimamente obrerista, pues los asalariados, fortalecidos en el período anterior, resistieron el embate patronal recreando la identidad peronista con un sesgo más clasista. Aun así, el proceso de luchas populares conocido como la Resistencia Peronista no fue únicamente un enfrentamiento entre la clase obrera y las clases poseedoras, pues la política oligárquica tuvo como objetivo acabar con todo el peronismo. Asimismo la realidad del peronismo no será exactamente igual en el área metropolitana que en las regiones interiores del país. Ni tampoco todo el peronismo será “resistente”; esta es la etapa de la aparición de los neoperonismos y expresiones más o menos disidentes con respecto al ideal del retorno incondicional del Líder.
El contexto de emergencia y despliegue de la Resistencia Peronista es la dictadura militar conocida como “Revolución Libertadora”. Después de un breve período de tiempo, en 1955, bajo el gobierno de facto de Lonardi, en el cual la política oficial consideró posible eliminar la influencia de Juan Perón en la Argentina y convivir con un “peronismo” apaciguado, la oligarquía radicalizó su posición antiperonista. Desplazado Lonardi del gobierno, con el tándem Aramburu /Rojas se despliega inclemente la represión sobre los vencidos y sobre aquellos que cuestionaran a la Revolución Libertadora. En la instrumentación de la política de “desperonización” del país convergieron el entramado de intereses tradicionales oligárquicos, con su configuración cultural señorial aún dominante en la Argentina, y la reorientación de la burguesía industrial en pos de la racionalización de la producción (incremento de la sobreexplotación de la fuerza de trabajo, en realidad) que ya se avizoraba desde el Congreso de la Productividad. Allí está el centro de gravedad hacia el que se orientaron las Fuerzas Armadas y parte de las clases medias De allí también que el peronismo de la segunda mitad de la década de 1950 apareciera casi como excluyentemente obrero, aunque su composición siguiera siendo más compleja. Gran parte del activismo de los “comandos”, de los intelectuales de la Resistencia, y de los militares que intentaron insurreccionarse, pueden ser caracterizados como “clase media” en los cánones socioculturales de la época.
La ofensiva oligárquica /burguesa desde el Estado incluyó medidas de persecución política y proscripción del peronismo como: la disolución del Partido Peronista y la inhabilitación de sus dirigentes (también la proscripción del Partido Socialista de la Revolución Nacional, aliado de izquierda del peronismo); el famoso Decreto 4161, que prohibía nombrar a Perón, cantar la Marcha Peronista, hacer propaganda a favor del peronismo, etc. Un asunto de la máxima importancia fue la anulación por decreto, en 1956, de la Constitución Nacional reformada en 1949; luego se convocará a Convención Constituyente con el peronismo proscripto en el año siguiente. En el plano de la política antiobrera se instrumentó la intervención de la CGT, así como medidas para imponer la racionalización del trabajo y el incremento de la productividad. Esto último es fundamental para entender la dinámica del conflicto de clases, y terminará por cuajar en el período frondicista, como señala Daniel James (Resistencia e integración) entre otros estudiosos del movimiento obrero. Pero sin duda la cara más gravosa de la política oligárquica es la represión abierta: encarcelamientos arbitrarios, torturas a detenidos, ejecución de prisioneros políticos.
El proceso de luchas sociales y oposición política (pasiva y activa) a esa ofensiva oligárquica fue conocido como la Resistencia Peronista. Se trató de un fenómeno multifácetico y complejo, carente de unidad u homogeneidad, y en el que pueden advertirse diferentes vertientes, como aclara el investigador Ernesto Salas (La Resistencia Peronista: la toma del frigorífico Lisandro de la Torre). Por esa colusión que señalábamos más arriba de restauración oligárquica y contrarrevolución burguesa, es claro que la vertiente más importante en términos de su impacto en la política de aquello años y por la cantidad de personas involucradas, es la resistencia obrera. Sin embargo, dejaron larga huella también en el imaginario del peronismo las prácticas de resistencia “cultural” desplegadas por cientos o miles de activistas anónimos (pintadas callejeras, volantes artesanales, etc.). Y por cierto, la vertiente más específicamente ideológica que se manifestó en diversas publicaciones periódicas y en los escritos de intelectuales nacionales como Arturo Jauretche, Raúl Scalabrini Ortiz, Rodolfo Puiggrós y otros.
Es aquí que debe ubicarse el extraordinario intercambio político-intelectual que construyeron John William Cooke y Juan Perón en su Correspondencia. Ese intercambio epistolar por supuesto no fue conocido en la época, pero no dejó de tener incidencia práctica en la medida en que se delinearon tácticas y se plantearon directivas de acción entre el Líder exiliado y quien entonces era su Delegado ante el movimiento. Allí se dibujará una mirada de Cooke sobre el peronismo en la resistencia, y como transformarlo en una opción revolucionaria de poder.
Cooke procurará darle organicidad y dirección a una de las vertientes más notorias de la Resistencia: la de los “comandos”. El intento resultará infructuoso al menos por dos motivos. El primero y más importante es la propia realidad heterogénea del movimiento de los comandos. Se trataba de pequeños grupos, a veces un puñado de personas, que surgieron en forma relativamente espontánea siguiendo líneas de vinculación familiar o personal, o dentro de organizaciones de base preexistentes. Entre las personas que los integraron podía haber activistas o dirigentes de segunda línea con actuación en los años previos, también otros con escasos antecedentes o muy jóvenes. Es necesario tener en cuenta que muchos dirigentes estaban encarcelados (empezando por el propio John William Cooke hasta su legendaria fuga junto a otros referentes del peronismo). Esto acentuó la participación de nuevas camadas de activistas, como se manifestaría también en la resistencia sindical. A su turno, muchos de estos activistas fueron presa de la represión dictatorial y cayeron detenidos.
Los comandos eran organizaciones clandestinas, pero sin la estructura compleja que alcanzarían las organizaciones revolucionarias de la década de 1970, y sin un cuerpo de ideas que fuera más allá del nacionalismo popular del peronismo conocido hasta entonces. En todo caso, se acentuaba en ellas el contenido antioligárquico y obrerista del peronismo, y una serie de virtudes como la militancia y la lealtad. Estos núcleos activistas se orientaron hacia la acción directa, aunque muchos grupos no alcanzaron gran operatividad. Por cierto, que las prácticas de resistencia cultural estuvieron muy presentes, contribuyendo a mantener la convicción necesaria para seguir adelante en un marco de represión y frente a un Estado hostil, y también a alimentar la mitología del movimiento, que pervivió largamente a ese período. Pero es la acción directa, especialmente el sabotaje a pequeña escala, la práctica fundamental de los comandos. Ello incluyó la utilización de explosivos de fabricación casera, los famosos “caños”, cuyo recuerdo también se integró a la memoria militante del peronismo. En esa segunda mitad de la década de 1950, la actividad de los comandos no decayó, llegando a plantearse atentados de mayor magnitud y acciones de apoyo (sabotaje industrial) o articulación con la protesta específicamente laboral.
Pero también se manifestaron debilidades o contradicciones en el movimiento de los comandos, que incidieron en la aludida dificultad que halló John William Cooke para coordinar sus esfuerzos. No existió una sólida conexión entre los grupos de activistas dispersos por el territorio nacional; mucho menos conformaron una organización reconocida por todos. Las comunicaciones no podían dejar de ser precarias y esporádicas en el marco de la época, así como el acceso deficiente a informaciones importantes o a directivas que efectivamente provinieran del Líder. La propia actitud de desconfianza frente a los intentos centralizadores era el corolario difícilmente evitable de una situación real.
El segundo motivo del escaso éxito en la tarea de coordinación y dirección política emprendida por Cooke era que su propia figura no resultaba universalmente aceptada. Hasta el propio Perón fue objeto de algunos cuestionamientos (del Padre Hernán Benítez por ejemplo) y era imposible controlar la lucha facciosa en un momento de crisis del movimiento o asentar la autoridad de un dirigente radicalizado como Cooke, pese a la bendición dispensada por el máximo Líder. Por otra parte, no había modo alguno en que Cooke, fugado y perseguido, pudiera moverse libremente para articular con los distintos grupos y aceitar las conexiones. La misiva “salvadora” del General podía y era leída en distinto modo por los diversos actores, ambigüedad que no era ajena en ocasiones a la propia voluntad de Perón. El consejo del Líder a Cooke era “bendecir” a todos y colocarse por encima de la disputa facciosa; algo muy difícil de cumplir, no solo por el temperamento e ideas del Delegado, sino porque a duras penas podría alcanzarlo el mismo Perón. El liderazgo no resultaba transferible.
La misma realidad cambiante añadía mayores complicaciones porque imponía virajes de trabajosa asimilación para un activismo sumamente desconfiado y con dificultades para acceder a información precisa. Ello llevará a que, frente al desafío de qué hacer ante el crecimiento de la figura política de Arturo Frondizi y un eventual triunfo electoral de este último en el año 1958, se diera la paradoja de que algunos comandos eminentes, entre ellos César Marcos (viejo mentor de Cooke), acusara al Delegado de abandonar la intransigencia y poco menos que “traicionar” a la revolución (Ernesto Salas, “Cuando John William Cooke fue acusado de traicionar a la revolución”).  
Aun con estas dificultades, asoma una mirada de conjunto de Cooke sobre la Resistencia. Es en esa etapa primigenia en la cual Cooke comienza a delinear su estrategia insurreccional. De manera ineludible, la Correspondencia es el documento fundamental. Al aludir al movimiento resistente en su intercambio epistolar, Cooke y Perón coinciden en que no se trata de algo homogéneo, y se deplora la desorganización e improvisación generalizadas. La línea del retorno incondicional de Perón divide las aguas en la mirada de ambos, para distinguir leales de traidores, pero el cómo lograr el objetivo sugería diferencias importantes. Cooke plantea organizar la Resistencia en forma coherente con una línea insurreccional de masas, en la cual los comandos serían la vanguardia. En esa idea de vanguardia estaba claro el influjo del modelo leninista, referencia casi omnipresente desde hacía décadas en el arco anticolonial de Asia, África y América Latina. De hecho, el voluntarismo que esboza el Delegado, resultaba perfectamente compatible con ese espíritu. Por eso Cooke argumenta la necesidad de actuar y crear las condiciones de una insurrección popular, puesto que no alcanza con el previsible deterioro de la Revolución Libertadora. Así dirá: “no podemos, contando con tan abrumadora mayoría en el pueblo, quedarnos esperando el hecho fortuito y desencadenante. Debemos crear el estallido, fomentarlo y luego canalizarlo”.  La conformación de una vanguardia revolucionaria resultaba para ello absolutamente imprescindible. En esta mirada de Cooke no se manifiesta aún una perspectiva pro socialista, sino que no parece ir más allá de la reivindicación principista del potencial antioligárquico de peronismo. Se trata de una apelación instrumental al modelo de la vanguardia revolucionaria, como herramienta para suscitar un proceso insurreccional.
Un documento representativo de estas preocupaciones es el Plan de Acción que Cooke adjunta a su misiva al Líder del 28 de agosto de 1957. En dicho documento caracteriza al peronismo en forma consistente con la mirada del nacionalismo popular de la época: “El Frente Nacional ya existe: es el peronismo, que por su composición social y su ideología constituye una síntesis de las corrientes progresistas argentinas”. Resulta relevante tomar nota de su ubicación del peronismo como fuerza en la senda del progreso histórico, en tanto que sus antagonistas representaban la restauración de etapas ya superadas. Sin embargo, Cooke esboza allí mismo una crítica al determinismo histórico: “No confiamos en que la Historia será nuestra partera infalible, sino que nuestro regreso será producto de la voluntad popular aplicada a una condicionalidad histórica en que somos una presencia imperiosa”.
Aunque no desdeña la posibilidad de que el peronismo, orientado por una política intransigente, ocupe y aproveche cualquier espacio de legalidad o semilegalidad que se presente, Cooke se interesa preferentemente en el análisis de la adecuación del aparato combatiente o revolucionario a los fines de la perspectiva insurreccional. Claro que se trata de una insurrección concebida como proceso de masas y no como golpe de mano afortunado de un pequeño grupo. En aquel período, y posteriormente (cuando ya Cooke esté firmemente vinculado a la experiencia revolucionaria cubana), el Delegado no deja de señalar que la participación y organización creciente de las masas populares es la condición sine qua non de la política revolucionaria. El espíritu leninista asoma en la “apreciación” de la situación revolucionaria, y en la necesaria ponderación del grado de conciencia insurreccional del pueblo, así como del nivel de descomposición en las filas de los enemigos de la revolución.
Aunque es optimista en lo referente al cumplimiento de las potencialidades revolucionarias del peronismo, Cooke no deja de advertir la posibilidad de superación por otras fuerzas: “El Peronismo solo puede ser desalojado por la supresión de las causas que lo determinan como movimiento Revolucionario; ya sea por un régimen que supere los problemas que él plantea y que ha resuelto en su oportunidad, ya sea porque pierda su carácter de representativo de las fuerzas populares que pugnan por reconquistar el poder perdido”.
La primacía concedida a la perspectiva de una política insurreccional, no inhibe en Cooke su valoración de la necesidad de combinar distintos cursos de acción política, más moderados en apariencia, así como la necesidad de leer e interpretar los condicionamientos impuestos por la realidad en cada momento. Por ello, participará con Perón en la aceptación de un acuerdo con Frondizi (el famoso “Pacto”). La nueva coyuntura que se abre con la elección que lleva a Arturo Frondizi a la Presidencia de la República, es también la del ocaso de Cooke como potencial dirigente del conjunto del movimiento. Resultará trascendente empero su mirada sobre la Resistencia, y con ella, desplegada en una escritura pasionalmente elaborada, Cooke quedará asociado a la Resistencia y anunciará los futuros avatares del peronismo revolucionario.

Germán Ibañez