miércoles, 13 de marzo de 2019

El primer peronismo y la Argentina industrial


La política oligárquica en curso arrasa literalmente la producción industrial argentina; según publica Página /12 en su web el día 12 de marzo, basándose en datos del propio INDEC, la capacidad ociosa de las instalaciones industriales alcanza prácticamente al 50% del total. Cabe preguntarse hasta dónde no es el suicidio de una parte del empresariado local, divorciado del movimiento nacional. No sería la primera vez. Como en otras desdichadas etapas de nuestra historia, se revela que las fuerzas desatadas de la alta burguesía, cuando logran una instrumentación total del Estado, imponen una orientación que es antagónica con el desarrollo productivo del país. Por el contrario, ha sido en los momentos de despliegue del movimiento nacional-popular en Argentina cuando se manifestaron más profundamente las tendencias a una expansión industrial del país. Sin embargo, también esas etapas de desarrollo industrial nacional estuvieron atravesadas por intensas contradicciones, que no dejaron de repercutir en la suerte política del movimiento nacional. Si no tomáramos nota de esas contradicciones, la historia se volvería un relato rosa que de poco serviría para prepararse frente a los desafíos por venir. En las líneas que siguen, nos ocuparemos de la etapa del primer peronismo, cuya emergencia estuvo indisolublemente ligada a la transformación industrial del país y a las tensiones políticas y sociales que ello generó.
Es un lugar común, aunque por cierto nada arbitrario, señalar que el peronismo es hijo de la Argentina industrial. Desde mediados de la década de 1930 se advierte un crecimiento sostenido de la dotación industrial del país, con una expansión de las ramas más básicas, pero también, en menor medida, de ramas complejas como la metal-mecánica. Especialmente notorio es el impacto de esta expansión productiva en la ocupación industrial, que crece de manera importante hasta situar, a principios de la década de 1940, a la clase obrera como el principal actor social emergente, aunque aún su organización gremial fuera bastante a la zaga (es a mediados de la década, y bajo el influjo peronista, que crece rápidamente la tasa de sindicalización y la complejidad de la organización gremial).
Cuando se alude a estos temas, aparece asociado a ellos la cuestión de las migraciones internas en la conformación de la nueva clase obrera, en el crecimiento del sindicalismo, y en la formación misma del peronismo. Por supuesto que esto es de la máxima relevancia, aunque hace tiempo ya que las investigaciones históricas han cuestionado la imagen de una fractura profunda entre los trabajadores industriales de vieja data y los nuevos migrantes del interior de la provincia de Buenos Aires o de otras provincias. Lo que sí es cierto, es que esos trabajadores venían corridos por la parálisis de la actividad agropecuaria, lo que ya para esos años nos marca los estrechos límites de una Argentina excluyentemente agro-pastoril.
Es esa clase obrera en bloque, de viejos residentes y nuevos migrantes, la que adhiere al liderazgo que comienza a perfilarse con la figura de Juan Perón. Con ciertas y comprensibles reticencias, también la mayoría de las direcciones sindicales de la época termina anudando su suerte a la del nuevo Líder. Este acercamiento de las dirigentes gremiales es fundamental y, como demuestra Juan Carlos Torre (Ensayos sobre movimiento obrero y peronismo), su rol en el 17 de octubre resultó más medular que lo que a priori se estableció en el imaginario del movimiento nacional a propósito del carácter “espontáneo” de dicha jornada popular. La experiencia social de trabajadores y dirigentes sindicales bajo los duros y largos años de régimen oligárquico es clave para entender la importancia que podía suponer la alianza con quienes propugnaran un rol mediador del Estado en la puja capital /trabajo, como es el caso de la orientación que Perón impone en el Departamento Nacional de Trabajo, luego Secretaría. Incluso los años inmediatamente previos, de expansión de la ocupación industrial, exhibían pocos logros palpables en la lucha sindical por mejoras concretas (eran un poco más consistentes en el plano de la organización gremial).
Aunque el perfil obrerista del ascendente peronismo es dominante, marcado a fuego por las jornadas genesíacas de octubre de 1945, lo cierto es su caracterización (y su auto percepción) como movimiento nacional nos advierte ya de una composición policlasista compleja. Como resulta fácilmente comprensible, la otra cara del crecimiento de una clase obrera con gran capacidad de movilización y organización en los años 1930 y 1940, es el simultáneo desarrollo de la así llamada burguesía nacional. Nos referimos especialmente a una capa de pequeños y medianos industriales orientados al mercado interno. Sin embargo, la expresión “burguesía nacional” no deja de portar ambigüedades y equívocos varios. Por una parte, es difusa y móvil su frontera sociológica con otras fracciones más encumbradas de la burguesía industrial. Por otra parte, tampoco es un campo libre de controversias sus vínculos y posicionamientos con la oligarquía tradicional (comercial y terrateniente) y las empresas extranjeras. El problema se ha discutido tanto en la sociología e historiografía académicas como en la ensayística política y militante. No es un tema privativo de la Argentina y durante décadas se encaró, desde distintos ángulos políticos y académicos, el tema de las burguesías periféricas y su rol en la transformación capitalista. Aquí solo consignaremos la expansión en nuestro país de ese sector de empresarios mercado internistas, en un escenario dominado de antemano por grandes industriales y por filiales de empresas extranjeras.
La identificación de ese sector social con el naciente movimiento nacional es, cuanto menos, fría. La hostilidad hacia la figura de Perón, que dimanaba desde la cúspide de la elite oligárquica, atravesó a otras capas burguesas, pese a que el Líder personalista intentó desde el inicio contener en su proyecto a las clases propietarias. Es recordado su discurso en la Bolsa, antes de que su figura quedara soldada a la clase obrera en octubre de 1945; allí Perón intentó convencer a las clases propietarias de la importancia de una política social progresista, en función del conjunto. Como no puede adjudicarse a Perón falta de elocuencia y dotes persuasorias, es forzoso concluir que la gélida actitud burguesa en la hora, expresaba la conciencia de clase de lo más encumbrado de la oligarquía argentina, atenta a atajar cualquier deriva democratizante, incluso aquella que se ofrecía bajo la fórmula de un compromiso histórico.
Por lo dicho hasta aquí, puede afirmarse que la convergencia clase obrera /burguesía nacional constituyó de hecho la articulación fundamental del movimiento nacional en sus primeros tramos. Articulación asegurada por el liderazgo personalista y por la política social y económica instrumentada desde el Estado, pero no por una “persuasión” (hegemonía) parejamente distribuida, ni por un imaginario sólidamente compartido por las distintas clases sociales. En el plano ideológico y político, el primer peronismo fue plebeyo y obrerista pese a la vocación policlasista del Líder. Aquí se delinea la contradicción interna principal del primer peronismo, que impulsó una política económica orientada a favorecer el crecimiento conjunto del conglomerado productivo nacional, pero cuyas virtudes fueron muy desigualmente valoradas por trabajadores y empresarios. A pesar de que el horizonte industrialista y mercado internista favorecía a los empresarios nacionales, estos fueron retaceando su apoyo y terminaron por otorgar primacía a los conflictos con los sindicatos y el mundo del trabajo. Aunque dichos conflictos son connaturales a la economía capitalista, fueron internalizados por los empresarios como abusos desproporcionados de sindicalistas y trabajadores, respaldados por un gobierno demagogo. La piel sensible de la burguesía nacional expresaba a su modo el complejo señorial de la oligarquía argentina, forjado en una época que lo desconocía todo de la negociación colectiva y cifraba el orden social en el palo y el látigo.
El poder social de la clase trabajadora se expresaría en su faz más visible, la organización gremial, que crecería de manera importante a partir de 1946 hasta cristalizar en una relación bastante verticalizada con el gobierno desde comienzos de la década siguiente. Pero también se manifestará, y de modo muy irritativo para el empresariado, en un poderoso entramado de comisiones internas y cuerpos de delegados en el interior del universo fabril. Es esa red activista una de las facetas más preocupantes de la crisis de deferencia que enconará a la oligarquía y a todo el complejo de clases que continuó bajo su égida. Por lo cual constituye otro plano de la contradicción interna que mencionábamos. El peso de la clase obrera resultará clave no solo en la sustentación del régimen peronista, sino en su orientación práctica, a despecho probablemente de las orientaciones oficiales sustentadas formalmente en un ideal de armonía de clases. Esa orientación no estaba plenísimamente sistematizada en el discurso y la ideología, pero tampoco era algo completamente ausente en ese plano.
El Estado, en el discurso oficial, procuraba situarse por encima de los intereses particulares, no solo de aquellos que agitaban al movimiento nacional, sino proyectarse idealmente a la sociedad toda. La idea un Estado mediador o árbitro es temprana en las expresiones de Perón y en sus acciones públicas antes de acceder a la presidencia. Fue uno de los terrenos de la convergencia con las direcciones sindicales en los años 1944-45. También, como señalamos, fue parte del contenido herético rechazado por las elites empresariales; rechazo tanto a lo que se denunciaba como demagogia o impostura del Líder como a su cristalización perdurable como política de Estado, más allá de la figura de Perón. Con lo cual, ese rol mediador y equidistante nunca alcanzó a cuajar, y en los hechos, como también en gran parte de las “palabras”, el liderazgo de Perón y la orientación estatal se inclinó decididamente a favor de la clase obrera. Este es un tercer plano de la contradicción interna principal del primer peronismo. La acción del propio Perón resumió en su persona, con un estilo de arbitraje a menudo pendular, el complejo dilema mencionamos. Es lo que Norberto Galasso ha llamado la “conducción pendular”, que sobrevivió en la etapa del exilio, y alcanzaría supremo desarrollo como manejo virtuoso del Líder. 
Por supuesto, el carácter policlasista del primer peronismo aunque expresaba primordialmente el despliegue concreto de la Argentina industrial de aquellos años, congregaba también a otros sectores. Una parte de las clases medias acompañó dicha experiencia, así como las investigaciones recientes han relevado el variopinto apoyo cosechado por el peronismo en el interior del país. En sus primeros tramos, el apoyo de los camaradas de armas a Perón, así como más discretamente la Iglesia, fueron relevantes. Una vez más, el rol del Estado, el liderazgo político y la expansión de la economía fueron el cemento primordial. El movimiento nacional se articula alrededor de un centro de gravedad concreto, material e ideal, con capacidad de gestión del Estado y de orientación del proceso económico. Tal la condición de posibilidad de la “alianza de clases”. La alianza de clases es una cuestión de poder, no un acuerdo de “caballeros” alrededor de una plataforma igualmente compartida por todos. 
Resulta fundamental entonces precisar los trazos más gruesos del proyecto nacional que se despliega con el primer peronismo, pues es en relación a su sustentabilidad concreta como puede replicarse en el tiempo la coalición policlasista. Como ha señalado Horacio Chitarroni Maceyra (El ciclo peronista) el movimiento nacional de aquella etapa encaró una doble tarea: a) profundizar el proceso de industrialización (que tiene su arranque en la década de 1930); b) redistribuir en sentido progresivo la riqueza, integrando socialmente a la clase obrera. La magnitud de cada tarea, si las concibiéramos por separado, debería darnos la medida del enorme desafío, susceptible de ser caracterizado como revolución, que supuso encararlos de manera simultánea. En la experiencia histórica del siglo XIX, la transformación industrial de las metrópolis no solo supuso la consolidación de la dimensión colonialista del sistema capitalista mundial, sino también un considerable sufrimiento para el proletariado metropolitano. La expansión del industrialismo a otras regiones del mundo durante el siglo XX, incluso en las experiencias socialistas, no pudo sortear tampoco su cuota de sacrificio a cuenta de los trabajadores.
En la Argentina del primer peronismo pudo armonizarse durante un tiempo la expansión industrial con una fuerte política de bienestar social; es decir, avanzar en el camino del desarrollo sin sobreexplotación laboral. Eso fue posible por una serie de circunstancias internas y externas que el peronismo supo aprovechar, al menos hasta que el contexto manifestó síntomas de empeoramiento. Las apreciaciones fáciles acerca de la oportunidad “desaprovechada” no resisten el análisis de cualquier estudio comparativo. La experiencia peronista se desplegó entre 1946 y 1955, quedando trunca por la contrarrevolución oligárquica; en tan solo nueve años ningún país “alcanzó” el desarrollo. Los países que pudieron avanzar en la senda de la industrialización no pudieron asegurar tempranamente el bienestar para sus poblaciones; hay que recordar que el Estado de Bienestar no coincidió con el ascenso capitalista del siglo XIX, sino con la segunda posguerra en pleno siglo XX. La propia industrialización soviética distó de ser un “lecho de rosas” para los trabajadores de aquellas regiones. Estas someras consideraciones permiten sopesar la relevancia de la experiencia del bienestar peronista, a menos que no se considere a la justicia social un valor deseable sino una enojosa complicación en la acumulación privada. Esto no significa ni un menoscabo a las experiencias de los pueblos de otras regiones, ni que la política del primer peronismo no contuviera asimismo también inconsistencias y contradicciones.
La base en que pudo apoyarse inicialmente la política de crecimiento industrial con justicia social fue la tradicional dotación del país para la producción agropecuaria exportable. Una importante y diferencial renta agraria era el recurso nacional que, captado en parte y reorientado por el Estado, permitía financiar la expansión industrial y sortear el peligro de la sobreexplotación laboral, que hubiera sido letal para un movimiento obrerista como el peronismo. Se puso en marcha una serie de herramientas, caracterizadas por su sentido nacionalista, algunas de las cuales venían de poco antes, a partir de 1943-44. La expansión del crédito industrial, los controles de cambio, la protección arancelaria a la producción manufacturera fueron algunas de esas herramientas. Indudablemente la herramienta primordial fue la creación del IAPI y el cuasi monopolio del comercio exterior por parte del Estado. Eso es lo que permitió capturar una parte del excedente agropecuario y derivarlo a la industria.
Todo ello redundo en un crecimiento de la importancia directa del Estado en la economía, lo que por otra parte iba en la dirección de las cosas en gran parte del mundo. Una cuestión medular fue la nacionalización de servicios públicos, como los ferrocarriles o los teléfonos, que junto con las empresas productivas del Estado como YPF, AFNE o Fabricaciones Militares conformaron el perfil de un Estado “empresario”. Puede hablarse prácticamente de una economía “mixta”, con fuerte presencia del capital nacional, público y privado. Sin embargo, no debe descuidarse el importante peso económico que conservó la oligarquía tradicional, así como las ganancias obtenidas en el período tanto por las fracciones industriales más encumbradas como por las filiales de las empresas de capital extranjero. Esto último no debería motivar excesivas sorpresas ni llevar a cargar las tintas contra la economía política del primer peronismo. Lo que revela más bien, son las extraordinarias dificultades que encuentran los países periféricos para superar las condiciones de atraso, y la fuerza del sistema capitalista mundial para “torcer” nuevamente las cosas y recapturar a las periferias que amenazan con escapar a su sujeción. De hecho, en una fase siguiente de la sustitución de importaciones, ya derrocado el peronismo y bajo la égida del frondicismo, el capital estadounidense avanzó en la cooptación del mercado argentino “desde adentro”.
Estas cuestiones nos revelan una contradicción que no es peculiarmente argentina sino mundial, pero que no puede dejar de gravitar decisivamente en la esfera nacional. Es la contradicción entre la tendencia inmanente a la expansión del sistema capitalista mundial de subordinar a las regiones periféricas a la lógica del interés metropolitano, y las resistencias de los pueblos frente a las desastrosas consecuencias económicas, sociales y culturales de los colonialismos. En el lenguaje político de la segunda mitad del siglo XX: liberación o dependencia. El contexto internacional favorable fue fundamental en la inmediata posguerra para el avance nacional y la cohesión de la coalición popular que lo sostenía. El deterioro de dicho contexto en la primera mitad de la década de 1950, tanto en términos económicos como políticos por los prolegómenos de la Guerra Fría, incidió negativamente en las opciones del movimiento nacional popular argentino.
En la etapa ascendente de la segunda mitad de la década de 1940, el país pudo contar con importantes saldos comerciales favorables, sostenidos en la alta demanda y buenos precios obtenidos por nuestros productos de exportación. Esta fue una condición económica esencial. Pero en el plano político también hubo un escenario favorable por la crisis del despliegue imperialista al finalizar la Segunda Guerra Mundial. Estados Unidos estaba concentrado en la reconstrucción europea y en la preparación de fuerzas militares, políticas y culturales para cercar a la Unión Soviética. La derrota del fascismo abría paso a los movimientos obreros europeos y sus izquierdas (pronto contenidas), en tanto que la crisis del viejo modo de colonialismo, agotado por la guerra, favorecía el movimiento hacia la descolonización en amplias zonas de Asia y África.
Las condiciones económicas eran más susceptibles de ser aprovechadas, y en efecto lo fueron, que esas condiciones políticas creadas por el avance de la descolonización. Aún faltaba tiempo para la conformación del movimiento de no alineados y el ascenso de una conciencia “tercermundista”. De todas formas, el primer peronismo no careció de una mirada sofisticada sobre lo regional y lo global. De lo más significativo fueron los intentos de avance en una agenda de integración regional: el famoso ABC, siglas por Argentina, Brasil y Chile. La relación de Perón con Ibañez en Chile y sobre todo con Vargas en Brasil constituyen prácticamente una ruptura con toda la tradición anterior. La reacción oligárquica en Brasil y la muerte de Vargas, condenan al fracaso a una incipiente tentativa de acercar a las dos más importantes economías de Sudamérica. El proyecto ATLAS, de conformación de una central sindical latinoamericana, aunque fenecido con la caída del peronismo fue otra audaz tentativa de enlazar, esta vez “por abajo” a nuestros países.
En el terreno económico, las nacionalizaciones así como el desendeudamiento, fueron posibles utilizando los saldos comerciales acumulados y los recursos movilizados por el IAPI. Pero con el correr de los años, y con el progresivo deterioro del contexto internacional, comenzó a conformarse un cuello de botella para el desarrollo industrial nacional. En la medida en que gran parte de la expansión industrial local corrió a cargo de la producción de bienes de consumo final (la llamada “industria liviana”) que aprovechaba un mercado interno preexistente ya de cierta relevancia, pero en todo caso fuertemente estimulado por la política distribucionista del peronismo, las necesidades de incrementar la dotación energética así como el acceso a bienes de capital, presionaban cada vez más sobre la balanza comercial. La producción local de un mayor volumen de energía, así como de tecnología, máquinas-herramienta y bienes de capital, no era imposible pero requería de un cuantioso flujo de inversión y de bastante tiempo para madurar.
Elementos circunstanciales pero de gran incidencia, como las sequías de la primera mitad de la década de 1950 que afectaron negativamente a la producción agropecuaria, y otros estructurales como la caída de los precios internacionales de nuestros productos exportables, comprometieron la sustentabilidad del rumbo seguido hasta entonces. Con lo cual, amenazaban uno de los pilares de la convergencia nacional-popular, abriendo espacio para la incidencia de fuerzas centrífugas. Al ralentizarse el crecimiento, la distribución del ingreso comenzó a estancarse, así como cayó la inversión privada y la capacidad del Estado de equilibrar los gastos productivos con los improductivos.
Más allá de medidas relativamente ortodoxas aplicadas desde 1952, que fueron contingentes y como señaló John William Cooke, cumplieron su limitadísimo objetivo para capear lo peor del deterioro del ciclo económico, lo cierto es que el dilema y el qué hacer no parecían de fácil discernimiento. Esto es así porque no se trataba solo de medidas económicas, sino sobre todo de decisiones políticas que no podrían sino remodelar dramáticamente la coalición nacional-popular. Ese es el dilema político que Cooke entiende que estaba ya planteado en 1952, y que al no ser resuelto, devenían ociosas las especulaciones acerca de cómo debería el peronismo haber resistido el golpe oligárquico en 1955. Varios contemporáneos vislumbraron las derivas peligrosas que se abrían en la primera mitad de los años 1950, a poco andar del apogeo del proyecto y la economía peronista en el año 1949. Se señalaba la necesidad de transitar en la senda de la industria pesada. Es interesante un volumen de curioso título (Ensayo sobre el justicialismo a la luz del materialismo histórico) escrito por Eduardo Astesano, en el cual se advierte la influencia del comunismo chino. Allí se propone avanzar a “marcha forzada” y a costa de “sacrificios” en el camino de la industria pesada (a “la soviética”, por así decirlo). Pero resulta difícil imaginar cómo sería posible congeniar eso con la conformación real del frente peronista, así como armonizar el sacrificio con la política de bienestar popular del primer peronismo en la cual estaba cifrado su prestigio.
De todas formas, que la salida no estaba escrita en ningún determinismo sino latente en la política, lo demuestra que comenzaron a moverse piezas para responder a los desafíos de una economía nacional más compleja, de una base social exigente y de un contexto internacional complicado. Son las perspectivas que se trazan en el Segundo Plan Quinquenal, para privilegiar a las industrias básicas como la siderurgia y la química; también en la búsqueda de avanzar al autoabastecimiento energético aún a costa de buscar acuerdos con empresas extranjeras y aunque eso agraviara al intransigente sentimiento nacionalista de la primera etapa.
Efectivamente el Estado comenzó a dar pasos en esa dirección, lo cual vuelve a remitirnos a una de las cuestiones que comentamos al principio de estas líneas: ¿cuál era el rol y el peso real de la burguesía nacional? Pueden discutirse las virtudes y los defectos formales de los planes del segundo (y trunco) gobierno de Perón, pero lo cierto es que el dilema real estaba en el efectivo margen de maniobra que podía alcanzar el Estado nacional y en la cohesión o no de convergencia nacional-popular.
Episodios como el Congreso de la Productividad, que no parecía destinado a alcanzar objetivos sustanciales, adquieren a la luz de lo anterior todo su dramatismo. Se imponía la redefinición del movimiento nacional y su alianza de clases. Para avanzar en una fase más compleja del proceso de industrialización y superar el cuello de botella generado por el déficit de inversión privada y la necesidad creciente de renovar equipos y bienes de capital hacía falta discriminar a quién pagaría los costos de esos desafíos. ¿Podían incrementarse las exportaciones tradicionales o incluso capturar compulsivamente una fracción más abultada de la renta agropecuaria? ¿Era necesario liquidar el compromiso histórico del primer peronismo e imponer a la clase obrera la racionalización del trabajo y mayores tasas de explotación?
La indefinición sobre estas cuestiones no preanunciaba per se un desenlace fatal. Y de hecho, para 1954, las mayores tribulaciones económicas habían sido conjuradas. Puede aventurarse que, en la medida en que la organización gremial de los trabajadores era totalmente refractaria a la imposición de los esquemas de racionalización; que la clase obrera continuaba siendo el principal pilar del régimen; y que la ideología y el discurso formal del gobierno peronista también rechazaban la sobreexplotación laboral, es difícil imaginarse una liquidación conservadora del movimiento nacional “desde adentro”. Lo que si estaba facilitado por el tormentoso momento era la factibilidad de un contragolpe oligárquico. Pero éste hubiera encontrado mayores dificultades para prosperar de no cooptar y atraer a su centro de gravedad a la burguesía nacional. Por eso señalábamos que el movimiento nacional es una cuestión de poder. No se trata de la capacidad de persuadir de las bondades inherentes a la justicia social, sino de la fortaleza de un poder democrático fuerte y popular, y de la capacidad de gestión del horizonte económico. La deriva de la burguesía nacional hacia otro polo de poder en esas coordenadas históricas selló el destino del movimiento nacional por muchos años.

Germán Ibañez