jueves, 29 de agosto de 2019

Historiadores sin vocación ni honestidad intelectual


En momentos dramáticos para el país, el ministro Hernán Lacunza optó por hacer una curiosa referencia, sin dar demasiados detalles tampoco, a 91 años de historia. En su caprichosa interpretación, el rasgo destacable de esos 91 años sería el de gobiernos no peronistas que no culminan su mandato. Las dictaduras cívico-militares y las restauraciones oligárquicas no merecieron mención en sus escuetas reflexiones. Los desvaríos de Hernán Lacunza en materia de historia no constituyen empero una completa sorpresa, pues si siendo Ministro de Hacienda no pone empeño el resolver los problemas del pueblo, menos podemos esperar que se aplique al estudio del pasado nacional. Tal vez haya encontrado inspiración en el presidente Mauricio Macri, que tiempo atrás aludió a 70 años de debacle nacional, sin advertir en apariencia que ese período incluye también el del crecimiento exponencial de su grupo empresarial. Pero la honestidad intelectual ha brillado por su ausencia en estos años de gobierno oligárquico, tanto en la Casa Rosada como en el edificio de Hacienda.
De todas formas, no resulta ocioso detenerse en interpretar qué quisieron decir estos improvisados historiadores, pues sus escuetas y falaces afirmaciones son consistentes con una construcción de sentido de más largo aliento. Que Hernán Lacunza diga lo que dijo, así como “al pasar”, con inocultable desdén, no deja de ser expresivo. Lo que se quiere poner en el banquillo de los acusados es la experiencia histórica de los movimientos populares y democratizadores, que han “interferido” con los designios del “mercado”. En la cosmovisión burguesa, especialmente en su variante neoliberal, la democracia real (soberanía popular) en la medida se asocia a derechos sociales y garantías de autodeterminación, se constituye en un obstáculo a la maximización de la ganancia. La lógica desatada del mercado (los actores económicos más concentrados) no puede convivir con la organización popular. Lo que se “desvía” de la acumulación privatista de los más ricos para irrigar otras porciones de la sociedad es una aberración que es necesario erradicar y que, en todo caso, es explicación suficiente para el fracaso nacional. Claro que aquí debemos leer fracaso nacional como fracaso oligárquico.
En esa interpretación, el Estado amenazado por la marea populista es de naturaleza oligárquica. Es decir, un Estado patrimonialista, cooptado al 100 por ciento por los representantes del poder económico más concentrado. De modo tal que los fracasos que lamentan el Presidente y su ministro no son los de una modernidad frustrada, sino los de un régimen patrimonialista de raíz señorial que los movimientos políticos como el peronismo y el kirchnerismo impugnaron haciéndose eco de las demandas populares. La oligarquía argentina, experta golpista, no lamenta per se las interrupciones gubernamentales, lo que deplora es la “interferencia” popular en sus designios. Por ello, el reciente triunfo popular en las PASO es sindicado como causante de la inestabilidad económica. Las referencias al pasado y al presente del presidente Macri son inequívocas, más allá de su pobreza conceptual. Y lo formulado por el Ministro Lacunza es enteramente coherente con ese paradigma. El antagonismo entre democracia real (soberanía popular) y mercado (intereses financieros trasnacionales) es postulado por las derechas en todas partes. El matiz que ha querido añadirle el macrismo a este asunto, para no ser menos, es el ofuscamiento señorial del patrón de estancia ante los peones que se le plantan. Por eso, algunos personeros de tercera línea plantean comprar los votos de sus empleados, mientras suspiran por “los viejos buenos tiempos…”

Germán Ibañez

miércoles, 28 de agosto de 2019

La articulación nacional-popular


El escenario político actual muestra un gobierno en descomposición, pero con la voluntad de continuar en un plan de saqueo de la economía nacional. Ese rumbo solo puede aumentar un descalabro ya terminal, sin chances de reflotar la cohesión gubernamental o de favorecer las expectativas reeleccionistas de Macri. Por ello, el problema político más delicado no es la supervivencia del gobierno oligárquico, sino el reacomodamiento de las fuerzas sociales que lo sustentaron hasta aquí, especialmente los intereses vinculados al capital financiero internacional. Esos intereses intentan condicionar al próximo gobierno de signo nacional-popular, y para ello la amenaza cada vez más cercana de una debacle general “a lo 2001”, parece la herramienta principal. No cabe esperar piedad de los saqueadores. La anti utopía del macrismo se esfuma, y se queda, cara a cara, con los intereses orgánicos del imperialismo, representados en el FMI. El descrédito relativo del FMI, por su evidente corresponsabilidad en el derrumbe argentino, no debe llevarnos a subestimar su poder.
En tal cuadro de situación, parece claro que la posibilidad de éxito (más allá de lo electoral) del proyecto nacional-popular depende de la convergencia de una adecuada orientación política, muy atenta a la contingencia pero con mirada estratégica, y una amplia base social asentada en los intereses mercado internistas. Estos elementos son contrastantes con la situación política y social del pueblo argentino en el año 2001. Aun así, debe observarse el profundo daño que ha sufrido y seguirá sufriendo un tiempo más el conglomerado productivo nacional y los sectores populares. Por ello, el “castigo” se aplicará allí, al tiempo que continúa la campaña de demonización del kirchnerismo y el peronismo.
En un escenario así, la articulación entre la orientación política y la coalición social pasa a ser fundamental. Nos referimos a los hombres y mujeres concretos, a los militantes, referentes y dirigentes. Ese nexo es el que puede asegurar un enraizamiento profundo del proyecto nacional-popular, y de esa manera resistir la embestida dirigida a continuar disgregando el tejido social popular. Allí se encarna la memoria viva del movimiento nacional, en repertorios de organización y lucha, en experiencias de comunicación popular, en una cultura polemista que se afina cada vez más y desafía el discurso único del neoliberalismo. Ese patrimonio del pueblo argentino no estuvo ausente en el año 2001. Pero ahora tiene otra densidad, amasada en una década efectivamente ganada. Hay que hacerlo valer.

Germán Ibañez

lunes, 12 de agosto de 2019

Sigue siendo revolución y contrarrevolución…


La corrida cambiaria desatada tras el triunfo popular de la fórmula Alberto Fernández /Cristina Fernández de Kirchner pone sobre aviso acerca de las maniobras desestabilizadoras que aún nos esperan. El máximo responsable es el gobierno oligárquico de Mauricio Macri. Pero detrás de él se manifiesta un complejo conglomerado de intereses rentistas “nacionales” y del capital financiero internacional. Son los beneficiarios del saqueo a la economía argentina de los últimos tres años y medio, causantes de la caída del empleo y del ingreso de los trabajadores, del industricidio y del demencial endeudamiento externo. Se resistirán a perder sus privilegios, buscando, de mínima, concretar los últimos despojos a la riqueza nacional, pero eventualmente también obtener lo máximo posible del gobierno de Macri al que no dudarán en abandonar a su suerte, y especialmente condicionar a un próximo gobierno nacional-popular.
Una de las claves del triunfo del Frente de Todos, es su decisión de interpelar y representar al bloque de intereses del país productivo, de las pequeñas y medianas empresas, de los trabajadores y aquellos que dependen de un ingreso fijo, de los actores profesionales, intelectuales y académicos que se identifican con el desarrollo nacional, científico y cultural. La solidez de tal convergencia social es lo que fortalece una coalición político-electoral, dándole posibilidades de transformarse en opción de gobierno. Sobre todo, constituyendo la raíz social, económica y cultural del despliegue del proyecto nacional, sin la cual los acuerdos políticos no pueden ser sino circunstanciales.
De modo que se enfrentan, en un terreno que excede lo electoral, bloques de clases con articulaciones internacionales y proyecciones de alianzas divergentes y aún opuestas. El bloque “globalizante” conserva todavía sólidas posiciones (para empezar, está en el gobierno hasta diciembre), especialmente a la hora de desestabilizar las principales variables económicas. Pero también para incidir en la agenda política del día a día, construir sentidos, y escarbar en los más oscuros valores y creencias del imaginario social.  El bloque de los “productores nacionales” por su parte remonta una cuesta de deterioro económico y desencuentros políticos. Su fortaleza material se asienta en las reales condiciones para un autodesarrollo nacional, que se verifican cada vez que la orientación estatal acompaña esos intereses (Perón, Néstor, Cristina). Pero la economía “no lo es todo”. La riqueza y la vivacidad de las tradiciones políticas populares, las estrategias de resistencia y supervivencia “creativa” de los agredidos por el saqueo oligárquico, y el cúmulo de valores solidarios, igualitaristas y democráticos que son la mejor parte de nuestra tradición nacional, constituyen el activo más importante del despliegue del proyecto nacional. Tan importante es, que puede advertirse en la comunicación monopólico el modo en que constantemente tal tradición es devaluada o tergiversada. Y finalmente, hay que referirse la calidad de los liderazgos políticos. Sin liderazgo, sin acertar en política, no se termina de consolidad nunca un proyecto nacional, no termina de erigirse un poder político democrático fuerte. Cristina Fernández de Kirchner es altísima manifestación de tradición de liderazgos populares. La tenemos nosotros.
Si se mira la historia nacional, se verá que esta configuración del conflicto político, económico y cultural, no es completamente inédita. Avances y retrocesos, “revolución y contrarrevolución”, se han manifestado una y otra vez en nuestra historia. Hace muchos años, Jorge Abelardo Ramos le dio el título de Revolución y contrarrevolución en la Argentina a uno de sus trabajos emblemáticos. Mucha agua ha corrido bajo el puente, los contextos son diversos. También es relevante la necesidad de incorporar nuevas referencias intelectuales. Pero lo medular de ese movimiento entre el avance popular y la petrificación oligárquica tan bien captado en ese libro, sigue allí. Que sea Revolución.

Germán Ibañez