jueves, 20 de junio de 2019

Burguesía y movimiento nacional en la mirada de Jorge Abelardo Ramos


En el marco del mundo contemporáneo sigue siendo una cuestión fundamental la posibilidad de un desarrollo autónomo de los países y de un diseño propio de las estrategias de inserción internacional. Es decir, de una política de autodeterminación nacional. En las antípodas de esa discusión, se encuentra la ideología neoliberal que expresa los intereses del capital financiero mundializado y la vocación imperial de los Estados metropolitanos. Históricamente, una herramienta del neoliberalismo ha sido “velar” a los actores sociales concretos y a los intereses en juego, proponiendo la fantasmagoría de un mercado impersonal como fuerza motriz de la mundialización. Pero siempre tuvo en claro a los jugadores reales, llevando a cabo verdaderas guerras económicas, culturales (y de las tradicionales también) contra los emergentes de los procesos de desarrollo o liberación de los países periféricos.  En esa puja, se han dividido históricamente las clases poseedoras de las regiones dependientes, entre aquellas fracciones que se enlazaron a esquemas de asociación asimétrica y subordinada (las burguesías “compradoras”) con el capital extranjero, y los segmentos productivos y comerciales vinculados a los mercados internos y el consumo popular. Esa fractura no es estática, sino que cambia con los avatares de la economía nacional e internacional, con la presión de los Estados metropolitanos y sus estrategias de colonización. También con el mismo éxito de los procesos de desarrollo nacional que vuelven a repartir las cartas entre los jugadores locales y a veces generan el resultado, paradójico en apariencia, de un empresariado beneficiado por el marco nacional-popular que buscar romper lo que interpreta como un constreñimiento social a la maximización de sus ganancias y vira hacia estrategias de inserción en la mundialización imperialista.
Es esto, entre otras cosas, lo que ha dificultado históricamente sostener el compromiso nacional popular, y aún identificar una burguesía con “vocación” nacional. Por eso, el debate acerca de la “burguesía nacional” fue intenso en el nacionalismo popular y la izquierda nacional del siglo XX. Y por cierto, se trata aún de una discusión nada ociosa, aunque lógicamente no pueda ser llevada adelante exactamente en los mismos términos de décadas atrás. De allí que resulte útil la recuperación de parte de esas polémicas, para repensarlas en los nuevos escenarios en los que se busca nuevamente establecer un compromiso nacional-popular, para sacar al país del marasmo neoliberal. Nos referiremos concretamente a la posición sostenida por Jorge Abelardo Ramos en torno a la relación entre burguesía y movimiento nacional.
En la tradición de la izquierda nacional de los años 1940, de la cual Ramos se transformaría en el principal exponente, se tomaba nota de la división de las clases dominantes argentinas entre los sectores tradicionales vinculados a la así llamada “oligarquía” y la moderna burguesía industrial que se expresaría en el país peronista. Los paradigmas ideológicos librecambista y proteccionista corresponderían a esa fractura (“Bases económicas de la política burguesa argentina, Frente Obrero N° 1). Sin embargo, se sostiene que, pese a la divergencia de intereses entre los sectores vinculados al mercado mundial y aquellos dependientes del consumo popular, la mentalidad burguesa argentina estaba enfeudada en bloque al imperialismo y a los mitos del viejo país agropecuario. Lo cual ponía serios límites a una hegemonía capitalista nacional que impulsara el desarrollo industrial. Y, al mismo tiempo, que tal política solo era posible sobre la base de una audaz movilización de las masas populares, lo cual estimulaba los peores temores de la propia burguesía nacional. Allí estaba el dilema: una clase que era empujada al movimiento nacional por las propias contradicciones del autodesarrollo capitalista nacional frente a la subordinación unilateral al capital imperialista que le disputa el mercado interno, pero que retrocede ante el ascenso de los sectores populares sin cuyo concurso es imposible una política de autodeterminación nacional. En ese marco la burguesía industrial no podía constituirse en la clase dirigente de la liberación nacional.
Sobre la base de ese diagnóstico, Jorge Abelardo Ramos sustentará en sus escritos tempranos (América Latina: un país; 1949) una interpretación en la cual la potencialidad de la burguesía industrial argentina no estaba empero totalmente obturada. Son los años ascensionales del peronismo, y no estaban claras todavía las dificultades económicas que se revelarían en la primera mitad de la década de 1950. Sus camaradas de Frente Obrero le reprocharán de todas formas lo que entendían constituía una apología de la burguesía nacional. En los años posteriores, especialmente desde el derrocamiento de Perón, Ramos modificará esa lectura por otra más crítica de los límites del empresariado industrial como clase potencialmente hegemónica del movimiento nacional.
Lo que seguirá siendo un eje constante en el pensamiento de Ramos de todas formas será su interpretación del drama argentino como resultado del antagonismo insalvable entre la vieja Argentina agropecuaria (oligárquica) y el país industrial (burgués). En los años 1970 todavía dirá: “…la Argentina está a medio camino entre el capitalismo avanzado tal cual se dio en Europa y Estados Unidos y una estructura petrificada, puramente agraria, comercial y pastoril, típica de una semicolonia disfrazada con un barniz superficial de modernidad. La vieja oligarquía no deja avanzar hacia el capitalismo y la débil burguesía es incapaz de eliminar a la oligarquía” (Adiós al coronel, 1982). De acuerdo a lo anterior, interpretará que la política de la dictadura de 1976 será no solamente antiobrera, sino también antiburguesa.
Pero ese antagonismo no se expresaba “transparentemente” protagonizado por sendas fracciones de las clases propietarias. Podía resultar ocioso buscar, lámpara en mano, a la burguesía arrogante que, sin mediaciones, encabezara la lucha por la emancipación nacional. El terreno de la disputa era el movimiento nacional. Pasajes relevantes de la obra de Ramos a tal respecto pueden encontrarse en su polémica con la interpretación política e histórica de Milcíades Peña. En ese contexto dirá que las burguesías coloniales se forman al compás de las crisis del sistema imperialista mundial, que abren brechas en él. Pero no pueden emanciparse del todo de su gigantesco poder, y continúan reverenciando su sistema de valores. ¿Cómo se procesan entonces sus contradicciones con el capital imperialista? A través de los movimientos nacionales (“La cuestión nacional y el marxismo”, en La lucha por un partido revolucionario). Por eso no es dable esperar ver actuar a la burguesía nacional de modo “transparente” como un actor socio-político plenamente recortado y con total conciencia de sus intereses y fines. De allí que la retórica antiburguesa de intelectuales como Milcíades Peña escondiera su hostilidad concreta a los movimientos nacionales como el yrigoyenismo y el peronismo.
La suerte del desarrollo nacional y de la liberación se desplazan por tanto al campo de acción del movimiento nacional, no pueden escapar a su centro de gravedad. Y le daban al antagonismo entre imperialismo y liberación nacional el carácter de contradicción principal. En el decurso de ese formidable y secular conflicto no podía presumirse de una vez y para siempre el rol de la burguesía industrial: no es inmutable. Las inconsecuencias de esa clase no podían llevar a negar la existencia del nacionalismo burgués, como reprocha Ramos a Peña, posición cuyo corolario excéntrico era negar el aporte del peronismo al desarrollo industrial del país.
Tampoco podía agotarse la mirada sobre las potencialidades del autodesarrollo capitalista nacional en el seguimiento de los grandes intereses y las grandes empresas (nacionales y extranjeras). Había que prestar atención al inmenso y estadísticamente sub representado universo de pequeñas y medianas empresas, agentes de la transformación capitalista interna. Y también a la propiedad pública y al rol del Estado. En un país periférico, el Estado es el gran núcleo del desarrollo nacional.
Existía entonces una compleja y contradictoria relación entre burguesía y movimiento nacional. La primera no alcanzaba al alzarse al nivel de una clase hegemónica, y Ramos dirá que era una “burguesía en sí” más que una “clase para sí” (Historia de la Nación Latinoamericana, 1968). Pero el segundo no es solamente el vehículo de realización de una inconsistente burguesía: es también el ancho cauce en que se manifiesta la movilización popular. El antagonismo entre autodesarrollo nacional e imperialismo es la contradicción principal al nivel de la formación social, pero al interior del movimiento nacional se procesan otras contradicciones entre las clases que lo integran.
Mucha agua ha corrido bajo el puente, pero la relectura crítica y atenta de la tradición del pensamiento nacional, en este caso de la escritura de Jorge Abelardo Ramos, puede brindar más de una pista, en momentos en que se torna imperioso coaligar nuevamente distintos estamentos sociales, y retomar una senda de autodeterminación con democracia y justicia social.

Germán Ibañez