miércoles, 3 de abril de 2013

A un año de la muerte de Eduardo Luis Duhalde

El intelectual militante




El ex secretario de Derechos Humanos es recordado en estas páginas por Rodolfo Mattarollo, quien trabajó con él. También se reproduce un texto inédito de Duhalde, uno de sus últimos escritos, redactado en colaboración con Guido Croxatto como “declaración de principios” del Centro de Estudios Enrique Marí.

Por Eduardo L. Duhalde y Guido L. Croxatto

La memoria es el derecho
“Más allá del foso no hay nada. Se sabe porque hay que decirlo. Arena negra extendida. Allí pueden caber millones. Errantes e inmóviles. Sin verse ni oírse jamás. Sin tocarse jamás. Es todo lo que se sabe. Profundidad del foso. Ver desde el borde todos los cuerpos colocados al fondo. Los millones que aún permanecen allí.” Beckett

¿Qué pasaría si el día de mañana las potencias se pusieran de acuerdo en derogar o en desconocer –por cualquier argumento retórico– la Declaración Universal de los Derechos Humanos?, ¿acaso dejarían de existir estos derechos?
Vivimos un cambio. Este es un cambio global de paradigma (en filosofía, y en teoría política) que se produjo en los últimos 50 años. No antes. Esto es lo que Ferrajoli llama “derecho sobre el derecho”: la rigidez de las constituciones. Los límites sustanciales –y no ya sólo formales– a la omnipotencia política del legislador: ya no se puede legislar sobre cualquier cosa. (Ni de cualquier manera.) Entramos en un ámbito esencial (el ámbito de los derechos humanos) que configura lo que Ferrajoli denomina “la esfera de lo indecidible” (ya no se puede decidir, por ejemplo, que los judíos no son personas, o que los extranjeros no tienen los mismos derechos o que los crímenes de lesa humanidad pueden y deben quedar impunes). Esto hiere a veces la susceptibilidad de los Estados. Y, sin embargo, es de entender que de esto depende el futuro de la democracia. Este es un nuevo límite. En efecto, los derechos humanos son esa esfera de lo “indecidible”: son algo sobre lo cual ni los Estados ni los pueblos ni nadie puede “decidir” u otorgar impunidad: ¿por qué? (y determinar ese por qué va a ser uno de los objetivos de este Centro Marí). Porque ya está decidido: deben ser respetados. Esto es lo que Rorty llama “la cultura histórica de los derechos humanos”.
El fundamento que emerge de su práctica. A esto se refiere Bobbio cuando habla –un poco confusamente– de un “tiempo de los derechos”. Este es ese tiempo. Un paso fundamental (como la abolición de la esclavitud o la abolición de la tortura, o los derechos de la mujer, etc.) en la historia de la humanidad. Estos pasos se advierten rara vez con el nacimiento de figuras jurídicas esenciales y propias como la de genocidio (que le debemos a Rafael Lempkin) y más aún, con la figura de la imprescriptibilidad. Hay ciertos delitos que ya no prescriben, los delitos de lesa humanidad se ligan, de manera fuerte, como vemos, con otro término esencial de la ecuación política actual, y que enriquece al derecho argentino: la memoria. No hay derechos humanos sin memoria. La memoria es parte de este cambio de paradigma en el derecho. La memoria viene a complementar y a enriquecer a la democracia liberal. El auge de los derechos humanos tiene mucho que ver con el respeto y la promoción (algunos dirán también con el abuso) de la memoria. Así como la impunidad tiene mucho que ver con la desaparición, el olvido, la muerte y el silencio, dar vuelta la página, como dice Günter Grass irónicamente, en El discurso de la pérdida, la memoria tiene que ver con la presencia, el derecho, la palabra, y la vida. Argentina está en ese camino.
El Centro Marí es una reflexión con un fin práctico. Como decía Adorno en Mínima moral, “lo único que le queda a la filosofía es responsabilizarse”. Esa es la única filosofía que según Adorno podemos hacer, no ya filosofía de los grandes sistemas (códigos y valores, ya que todos los sistemas terminaron o se hundieron en Auschwitz), sino hacer filosofía desde los fragmentos. Las ruinas. Los escombros. Y el dolor. Este era el dilema de la filosofía alemana. Pero también es el dilema de la filosofía argentina: responsabilizarse. Entre todos estamos pensando cómo entender esa responsabilidad. El tema de la responsabilidad del filósofo no es un tema nuevo: es un tema que preocupaba al mismo Platón, el problema de la responsabilidad es un problema que está en los orígenes mismos de la filosofía, para quien el descenso del filósofo, en la alegoría de la caverna, es un término ético esencial: debe liberar al otro de sus cadenas. Debe mostrar las cadenas que el otro no ve. Debe cooperar. Debe bajar de la nube. Debe ayudar. Debe actuar. Debe comprometerse. ¿Qué otra cosa sino ésa son los derechos humanos?
Decíamos que la desaparición responde a esta lógica de inhibir la denuncia en un plano que excede al Estado asesino. El Estado es consciente. Por eso es el típico crimen del siglo XXI. El desaparecido es una víctima que no puede hablar. Que carece del derecho más esencial de todos los derechos: la palabra. Su cuerpo mudo, muerto, es un testimonio. Pero se lo priva, incluso, de eso: de su muerte. Este es el extremo del horror. Pero en su lugar tenemos otra cosa: su desaparición (forzada) no prueba nada. Ya no basta con matar, ahora también hay que hacer desaparecer, porque ya no bastan las leyes de autoamnistía que el derecho internacional (caso Barrios Altos) tiene por inválidas. El poder soberano no se justifica a sí mismo. Teme. El poder teme y el poder que teme se vuelve peligroso, como advierte Eugenio Zaffaroni, porque se vuelve fácilmente asesino. Oculta y niega los cuerpos. Oculta y niega la verdad. Se vuelve impune.
Los derechos humanos no han tenido una historia fácil. Nosotros lo sabemos. Los jóvenes lo saben. El valor de los derechos no es un tema aislado. Es el único que le debe preocupar a una democracia. Hoy muchas democracias seleccionan. Dividen ciudadanos. Algunos tienen derechos. Otros no. Algunos discuten con otros argumentos la idea de que los derechos son universales. Este es en efecto un debate actual en Alemania, en Italia, en Francia. El pasado vuelve. Pensemos, por ejemplo, en las reacciones conservadores de Edmund Burke, Bonald o De Maistre a la Revolución Francesa. Para el obispo De Maistre, la sola idea de “derechos del hombre” universales era una idea “del diablo”, le parecía de una “injusticia extrema” que venía a alterar el “orden divino”. Le pareció absurdo y peligroso a Bonald que todos los hombres tuvieran derechos. Le parecía (nada menos que la propia idea de derechos) una “injusticia extrema” contra la tradición. De Maistre también hablaba o creía hablar desde la moral “correcta”. Desde “la verdad”. No son muy distintos de los argumentos que escuchamos ahora. Sólo que ahora es más difícil darse cuenta. Porque no se dice “que los hombres no tengan derechos”. Se usa un lenguaje diferente, se habla del “costo social”, del “mal necesario”, del “daño colateral”, de la “productividad”, de la eficiencia. El que va perdiendo espacio es el derecho. Por eso pensamos este centro como espacio abierto para elaborar entre todos una definición del Derecho. La memoria es el derecho.
Permítanme comentar, antes de seguir, una versión del argumento de la nueva página de la historia. Günter Grass se ha referido a él en su Discurso de la pérdida, y se refiere con ironía a esos alemanes que desde los medios incitaban a todos a “mirar sin vacilar para adelante, solo para adelante” (que a nadie se le ocurra mirar para atrás): en esta versión se sostiene que el pasado debe ser olvidado –incluso un pasado tan palpable y vivo y criminal como el genocidio nazi– rápidamente para que el futuro anhelado pueda empezar. O recomenzar de nuevo. Hay que “dejar paso” a lo nuevo. Esconder el cadáver. Barrer las heridas rápidamente. Como si el propio dolor no tuviera sus tiempos. Los artefactos obsoletos deben ser dese-chados y sustituidos por otros nuevos. No importa cuán encomiable sea en el campo de la tecnología, esta actitud (este simplismo, esta versión sesgada) está completamente fuera de lugar en relación con la historia de un país, como dice Agnes Heller, “que es tanto recordar y conservar el pasado cuanto proyectar el futuro”. Muchos dicen que nosotros defendemos “el pasado”. No es así. Nosotros defendemos vivamente el futuro. No se puede pasar la página sin catarsis y no hay catarsis si se barren los crímenes bajo la alfombra. Sigue el dolor. La idílica página nueva de la historia no estará limpia, después de todo. La decisión de no encausar a los agresores no produce el olvido del odio, el resentimiento y los agravios personales. Una democracia que otorga impunidad, que duerme con la impunidad, que camina y almuerza junto a la impunidad, que es ella impune, entonces niega un derecho. Y niega a la misma democracia. Defender los derechos humanos es la forma que encontramos nosotros para defender la democracia. Todavía hay un largo camino por hacer. Lo haremos nosotros y lo harán los jóvenes. Por eso pensamos este centro de reflexión sobre los derechos humanos Enrique Marí. Sobre el Derecho. Porque todavía hay una definición pendiente en la sociedad argentina. Una pregunta que no obtuvo respuesta.
La memoria trabaja con aquello que no ha sido. Nosotros también. Ese impedimento, eso que no ha llegado a ser, también tiene derechos. Voces. Sentidos. Palabra. Un nombre. Nosotros sabemos bien que no estamos acá porque nos interesa el pasado (lo que han rebautizado muchos como “el pasado”, está de moda decir “el pasado”). Estamos acá porque nos interesa el presente. Estamos acá porque nos interesa el futuro. Porque no podemos borrar. Porque no admitimos la impunidad.


Por Rodolfo Mattarollo *

Un hombre de magnitud incomparable

“Mientras los hombres aún respiren
y los ojos puedan ver el día.”
William Shakespeare, soneto 18.

Junto al desgarramiento, la sorpresa. Porque cuesta admitir la muerte de alguien tan entrado en la vida, tanto por la intensidad de su presencia como por su manera de volcarse hacia lo público. En el universo de los derechos humanos faltará durante mucho tiempo esa personalidad de magnitud incomparable.
La escena política argentina, en la que evoluciona el entonces joven Duhalde, se transforma en los años sesenta, sin los cuales, solía él decir, los hoy casi legendarios años setenta serían inexplicables.
Hay épocas de revolución y épocas de contrarrevolución. Aquélla era una época de revolución. Un tiempo de resistencia que llamaba a adoptar diversas formas de lucha ante la planificada destrucción, por la dictadura de Juan Carlos Onganía, de acendradas conquistas económicas y sociales, pero también políticas, educativas y culturales del pueblo argentino.
Bajo la dictadura de Lanusse, la Argentina vive el vértigo de vísperas indescifrables, para algunos anuncian el socialismo, para otros la vuelta del líder: insurrecciones parciales en grandes ciudades del interior preceden el accionar de las organizaciones político militares, surge un sindicalismo clasista y combativo –en el que se destaca la figura unitaria de Agustín Tosco y el sindicalismo antiburocrático de la CGT de los Argentinos–, aparecen los “curas del Tercer Mundo”, se practica el periodismo de investigación y se multiplican los movimientos sociales. Además, cobran un protagonismo que no abandonarán las organizaciones de derechos humanos e irrumpen como una fuerza de la naturaleza los familiares de los presos políticos y de los primeros desaparecidos, integrantes de comisiones que luchan, como se decía entonces, “contra la represión y la tortura”.
En ese panorama juegan un papel esencial, entre los nuevos actores, los periodistas y los abogados. Reuniendo ambas condiciones dos personalidades resumen las virtudes de inteligencia y audacia de toda una generación: Rodolfo Ortega Peña y Eduardo Luis Duhalde, recreados en los
inefables personajes Barrantes y Barroso de Megafón o la Guerra, la última novela de Leopoldo Marechal. Raro privilegio el de contar con semejante retratista.
Eduardo Luis buscó constantemente la síntesis entre el pensamiento nacional y popular y los enfoques clasistas en la interpretación de nuestra breve y cruel historia. Seguramente, el repaso de sus textos mostrará su vinculación con la lectura gramsciana del marxismo y su relación con “los nuevos movimientos sociales”.
Su estrecha vinculación ideológica con John William Cooke debería ocupar un sitio central en toda reflexión sobre su vida y su obra, como su fecunda colaboración intelectual y política con Rodolfo Ortega Peña.
En Argentina y en América latina no siempre es fácil ser contemporáneo del propio presente. El lo fue. En Néstor Kirchner descubrió, cuando pocos lo veían, un destino, el del hombre que transformaría un país. Se encontró lejos de correr la suerte de ese personaje de Stendhal que estuvo en la batalla de Waterloo sin saberlo, como parece ocurrirles hoy a ciertos compañeros de luchas pasadas.
Imposible sintetizar aquí cuarenta años de amistad inquebrantable, con picos de intensos períodos de militancia en común, incluidas esas decisivas etapas de la Comisión Argentina de Derechos Humanos (Cadhu) en el exterior y la de organización y puesta en marcha de la nueva Secretaría de Derechos Humanos en la Argentina a partir de 2003.
Eduardo Luis escribió tempranamente en el exilio el primer análisis integral de la violación de los derechos humanos por la dictadura militar de 1976 y su finalidad reordenadora, el establecimiento de una “pedagogía del terror”. El trabajo fue publicado en Madrid antes del Mundial del ’78 bajo el título Argentina, Proceso al Genocidio. En ese tiempo acuñó la caracterización de la última dictadura como “terrorismo de Estado” y polemizó con la encubridora interpretación de una Junta Militar dividida entre “moderados” y “pinochetistas”.
Su nombre, y el de algunos de nosotros, la primera línea de los que integrábamos la dirección de la Cadhu en el exterior, fueron incluidos en listas ampliamente difundidas por los medios masivos de máximos responsables de la llamada por la dictadura “campaña antiargentina en el exterior”, claro reconocimiento del papel que jugaba la Cadhu en la lucha democrática.
Eduardo Luis sintió que la suerte o un destino enteramente humano nos había otorgado ese don raro que es una segunda oportunidad en la vida, de la que hablaba con frecuencia.
En su caso fue la suerte excepcional de poder contribuir como secretario de Derechos Humanos de la Nación a modelar una política de Estado de derechos humanos en los períodos presidenciales de Néstor Carlos Kirchner, en el que lo acompañé como subsecretario, y de Cristina Fernández de Kirchner.
Cuando los grupos de tareas recorrían desenfrenados las calles de Buenos Aires, los primeros meses de la dictadura, cuando ya habían sido secuestrados nuestros compañeros, los abogados Mario Hernández, Roberto Sinigaglia y tantos otros, o el escritor Haroldo Conti, para citar sólo a algunos de entre los miles de detenidos-de-saparecidos del terrorismo de Estado, recién en septiembre de ese fatídico año de 1976, Eduardo Luis decide dejar el país.
Antes de que transcurriera un mes desde su muerte escribí un poema del que incluyo cuatro líneas con las que termino esta breve evocación de su memoria:
Y sin embargo quedan los recuerdos
Ese fuego sin fin de mil campañas
Que no se borrará de la memoria
Mientras los ojos puedan ver el día
* Embajador de la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur) en Haití.

Fuente: Página /12
3 de abril de 2013

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